El día en la universidad pasó sin sobresaltos, aunque para Sam no fue igual que los anteriores. La compañía de Audrey durante la mañana había roto algo en esa coraza de silencio de la que no esperaba salir. Por primera vez en mucho tiempo, había hablado con alguien de lo que le pesaba, y aunque seguía dudando de ella, no podía negar que lo había ayudado a sentir una ligera calma.
Cuando las clases terminaron, ambos salieron por el mismo camino. El sol se ocultaba lentamente en el horizonte, bañando las calles de tonos anaranjados y violetas. Sam llevaba las manos en los bolsillos, caminando con un ritmo relajado que no recordaba haber tenido desde hacía semanas.
— Debo admitirlo. —dijo, mirando hacia delante— No pensé que hablar contigo me haría sentir mejor.
—Audrey sonrió con un poco de orgullo— ¿Viste? No soy tan terrible como piensas.
—Sam asintió levemente— Supongo que no. Y sabes… creo que vas a ser una gran psicóloga algún día. Tienes esa forma de notar lo que otros esconden.
Audrey lo miró con sorpresa, como si esas palabras hubieran venido de alguien completamente distinto. No pudo evitar sonrojarse un poco, aunque lo disimuló girando el rostro hacia un costado.
— Bueno, alguien tiene que ver más allá de la fachada que todos muestran, ¿no?
El aire entre ellos parecía distinto, más ligero. Pero ese instante de calma se rompió en cuestión de segundos.
De pronto, un grupo de hombres salió desde un callejón estrecho, bloqueando el paso con movimientos coordinados. Llevaban ropa oscura, rostros parcialmente cubiertos, y había algo en su postura que transmitía amenaza. Sam y Audrey frenaron de golpe, tensándose.
— Ese es el chico. —dijo uno de ellos, señalando directamente a Sam—
Antes de que pudiera reaccionar, otro avanzó con rapidez. Audrey, sin pensarlo, se puso frente a Sam en un gesto instintivo, empujando a uno de los atacantes hacia atrás con todas sus fuerzas.
— ¡Hey! ¿Qué demonios queréis? —gritó ella, su voz cargada de rabia—
— Al objetivo. —ordenó uno de ellos, ignorándola—
El caos se desató. Sam trató de apartar a Audrey, pero los hombres no se detuvieron. Uno lanzó un golpe que alcanzó a Sam en el costado, haciéndolo retroceder. Audrey respondió pateando a otro en la espinilla, forcejeando como podía, aunque la diferencia de fuerza era evidente.
El corazón de Sam palpitaba con fuerza. No quería usar sus poderes, no delante de ella, no así. Pero la presión crecía. Otro de los hombres lo sujetó por el brazo y lo empujó contra la pared, mientras Audrey forcejeaba contra otro dos metros más allá.
La desesperación lo alcanzó. Sin pensarlo, Sam levantó la mano y un pulso invisible de energía estalló desde su palma. Una onda sonora lo sacudió todo: los atacantes que lo rodeaban fueron lanzados hacia atrás, y las ventanas de un negocio cercano vibraron con fuerza, algunas agrietándose.
Audrey se quedó paralizada, sus ojos abiertos como platos. Había visto claramente lo que había sucedido: Sam no se había defendido con fuerza física. Lo había hecho con algo más.
Él respiraba agitado, con la mano aún extendida y el eco de la onda retumbando en el aire. Se giró hacia Audrey, que lo miraba con una mezcla de asombro y confusión.
— Sam… ¿qué… qué fue eso? —preguntó, todavía incrédula—
Sam no tuvo tiempo de responder. Los hombres, aunque tambaleantes, ya se reincorporaban. Y lo que era peor: no parecía que fueran a detenerse hasta cumplir su misión.
El aire vibraba todavía con el eco de la onda que Sam había liberado. El pavimento bajo sus pies había retumbado como si un trueno hubiese caído justo allí, y los hombres vestidos de oscuro, aunque aturdidos, no parecían dispuestos a rendirse.
— ¡Sam! —gritó Audrey, retrocediendo para ponerse a su lado, aún con los ojos fijos en él— ¡Lo que sea que fue eso, hazlo otra vez!
Sam tragó saliva. No tenía tiempo de explicarle nada, ni siquiera de pensar. Dos de los atacantes se lanzaron sobre ellos a la vez. Audrey reaccionó primero: tomó la mochila que llevaba y la estrelló contra uno, desviando su embestida. El otro alcanzó a golpear a Sam en la mandíbula, haciéndolo trastabillar.
Con la adrenalina corriéndole por las venas, Sam levantó ambas manos y liberó otra onda. El agresor salió despedido contra la pared, golpeándose con fuerza antes de caer inconsciente.
— ¡Demonios! —murmuró Sam, jadeando—
Audrey forcejeaba con el primero, que trataba de inmovilizarla contra el suelo. Con un movimiento brusco, ella le clavó la rodilla en el estómago y lo empujó a un costado. Otros dos aparecieron desde el callejón, pero dudaron al ver el estado de sus compañeros. Uno de ellos sacó una navaja, avanzando con cautela.
— Atrás. —dijo Sam, interponiéndose entre Audrey y los atacantes—
El de la navaja se lanzó directo hacia él, y sin pensarlo, Sam extendió el brazo. La onda salió más violenta esta vez: el cuchillo salió volando de sus manos y ambos hombres cayeron de espaldas, retorciéndose por el impacto.
El último que quedaba consciente miró alrededor, calculando el resultado. Sus compañeros estaban en el suelo, heridos o inconscientes. No había oportunidad de victoria.
— ¡Retirada! —gritó, arrastrando a uno de los suyos mientras huían por el mismo callejón del que habían salido—
El silencio volvió de golpe. Sam y Audrey se quedaron de pie, respirando con dificultad, el corazón desbocado. Él tenía las manos temblorosas, todavía vibrando por la energía que había liberado. Ella lo miraba con los ojos bien abiertos, sin saber si debía asustarse o impresionarse.
—Sam bajó lentamente los brazos, dejando escapar un suspiro largo— Se fueron…
Audrey, con el cabello despeinado y la ropa arrugada por el forcejeo, soltó una risa nerviosa.
— ¿"Se fueron"? ¿Así de simple? ¡Nos acabamos de enfrentar a un maldito escuadrón y lo dices como si hubiéramos ganado una partida de ajedrez!
Ambos se miraron, exhaustos, sudorosos, con la adrenalina aún quemando en la sangre. Y aunque el miedo todavía se percibía en el aire, la sensación de haber sobrevivido juntos era imposible de ignorar.