17 de octubre de 2025. Sam no había pegado un ojo en toda la noche. El amanecer lo encontró sentado en el borde de su cama, con los papeles de adopción todavía esparcidos sobre el suelo. El silencio de la casa lo oprimía, vacío y pesado, recordándole que ya no había nadie al otro lado de la pared para llamarlo, para pedirle ayuda, para compartir una cena. Se levantó sin rumbo claro, pero no soportaba quedarse allí un minuto más.
La universidad era lo único que le quedaba en mente, aunque no tuviera ánimos de aprender. Tal vez, pensó, si se sumergía en la rutina podría engañarse un poco, olvidar por unas horas lo que lo devoraba por dentro. Así, con pasos arrastrados y los ojos enrojecidos, se dirigió al campus.
El aire fresco de la mañana no lo despejó. Su cabeza era un torbellino de pensamientos, todos volviendo al mismo punto: su padre, la revelación, la soledad. Cada paso parecía guiado por inercia, más que por voluntad.
En el camino, se cruzó inevitablemente con Audrey Green. Como siempre, ella estaba allí, caminando con su habitual seguridad. Sam apretó los labios y desvió la mirada, dispuesto a ignorarla como venía haciendo últimamente.
Pero esta vez, Audrey no abrió con una burla. Caminó a su lado en silencio durante unos segundos que a él le parecieron eternos. Hasta que, sin aviso, lo miró con una expresión menos afilada de lo habitual.
— Hey Sam, —dijo, casi con desgano— ¿Qué tal?
La pregunta lo tomó completamente fuera de lugar. Sam parpadeó, desconcertado, y apenas pudo responder.
— Bien. —murmuró, con voz seca—
No lo estaba, ni de cerca, pero esas fueron las únicas palabras que logró reunir. Lo último que quería era abrir su herida frente a ella, la misma persona que durante tanto tiempo lo había llamado “rarito” sin tregua.
Audrey frunció el ceño, como si no creyera ni por un segundo lo que había dicho. Lo observó un instante más, pero no insistió. Simplemente asintió con la cabeza y guardó silencio otra vez, caminando junto a él hasta que sus caminos se bifurcaron en la entrada de la universidad.
Sam respiró hondo, intentando convencerse de que había hecho lo correcto. Pero por dentro, la palabra “bien” retumbaba como un eco vacío que solo acentuaba su propio dolor. Sam pensaba que su respuesta habría bastado para que todo volviera al silencio habitual que escuchaba, pero ella no tardó en romperlo. Caminaba a su lado con los brazos cruzados, sin la chispa de burla en la mirada, sino con un dejo de seriedad que desentonaba con la Audrey que él conocía.
— Mira, —empezó ella, con un tono más bajo de lo normal— no soy tonta. No pasa nada si me dices lo que te ocurre.
Sam detuvo su andar por un instante, mirándola con incredulidad. Esa no era la frase que esperaba escuchar de ella.
— ¿Por qué tanto interés en mí de repente? —preguntó, con un dejo de dureza en la voz— Si lo único que haces es molestarme. Si tu intención es burlarte como siempre, de verdad… elige otro día para hacerlo.
Audrey suspiró, girando los ojos un segundo, pero sin perder la seriedad.
— Lo sé, siempre te molesto. —admitió, casi como si le costara soltarlo— Pero esto no es nada de eso. No me malinterpretes. Es que… cualquiera que te mire se daría cuenta de que no estás bien. Y no pienso reírme de eso.
Sam apretó el paso, incómodo. Su corazón le latía más fuerte de lo normal, como si aquella conversación fuera más peligrosa que cualquier cosa que había experimentado.
— ¿Y cómo se supone que puedo estar seguro de que no estás mintiendo? —preguntó, con desconfianza—
Audrey lo miró de reojo, y esta vez una sonrisa ladeada apareció, aunque no era burlona.
— Porque los dos estudiamos psicología, ¿recuerdas? Si tú sabes cuándo alguien está mintiendo, yo también. Y ahora, créeme… no lo estoy haciendo.
Sam se quedó callado, procesando esas palabras. Durante unos segundos, pensó en mantener la mentira del “bien”. Pero algo en la mirada de Audrey, firme y directa, lo empujó a soltar lo que llevaba en el pecho.
— Bien... mi padre… murió. —dijo al fin, su voz quebrándose apenas. Bajó la mirada, como si esas dos palabras pesaran toneladas— Y… me enteré de que soy adoptado.
El silencio que siguió fue diferente. Audrey, que por lo general siempre tenía un comentario rápido a mano, se detuvo de golpe, con los ojos abiertos por la sorpresa.
— …¿Qué? —susurró, incrédula. Luego bajó la mirada, un gesto inusual en ella— Dios, Sam… lo siento. No tenía idea. Es peor de lo que imaginé.
Él no respondió, solo siguió caminando con la vista clavada en el suelo.
—Audrey lo alcanzó, suavizando su tono— No tienes por qué guardártelo. Es normal sentirse como te sientes. Nadie podría pasar por eso y seguir igual.
Sam levantó apenas la vista y la observó de reojo. No sabía si fiarse completamente, pero había algo extraño en esas palabras: no sonaban como las de una enemiga, sino como las de alguien genuinamente interesado.
La caminata hasta la universidad continuó en medio de una conversación más ligera, con Audrey preguntando cosas sobre su padre, sobre cómo se llevaba con él, y Sam, a su propia sorpresa, respondiendo sin esa incomodidad habitual. Por un instante, el peso de la soledad parecía disminuir.
Aunque todavía dudaba de las intenciones de Audrey: la misma persona que tantas veces lo había humillado, no podía negar que su compañía en ese momento se sentía agradable. Un contraste extraño pero reconfortante en medio de la tormenta que atravesaba. Casi como si estuviera en una terapia personal.
Cuando llegaron a las puertas de la universidad, Audrey sonrió, esta vez de manera sincera.
— Oye, ¿qué te parece si hoy salimos juntos de aquí? Digo… no tienes por qué irte solo.
—Sam dudó unos segundos, pero asintió— Está bien.
Y aunque aún le costaba creerlo, por primera vez en mucho tiempo, sintió que alguien había decidido caminar a su lado sin querer dejarlo atrás.