En algún lugar del país, lejos de la calma nocturna que intentaba encontrar Sam, una base solitaria se ubicaba a las afueras de la ciudad. En su interior, el lujo y la oscuridad convivían: paredes tapizadas con mapas antiguos, estanterías llenas de documentos y un escritorio imponente dominaban la habitación donde un hombre de mirada fría y figura intimidante conversaba con su segundo al mando.
— Es fascinante. —dijo, sirviéndose lentamente un vaso de vino tinto, el líquido brillando bajo la tenue luz de una lámpara de mesa— El mundo en el que vivimos ha cambiado. Una vez fueron raras excepciones… ahora, los sobrehumanos emergen como si la tierra misma los pariera sin descanso. Cada año aparecen más. Y con ellos, más oportunidades.
—Su segundo, un hombre de su misma edad con facciones duras y una cicatriz en el rostro, asintió con respeto— Es como lo predijo, señor. Una nueva era está naciendo.
El líder iba a responder cuando la puerta de la oficina se abrió con un golpe seco. Dos hombres entraron con pasos apresurados, todavía con las marcas de una confrontación en sus ropas: uno llevaba un corte en la ceja, el otro aún respiraba con dificultad. Se inclinaron, nerviosos.
— Disculpe la interrupción, señor, —dijo el primero— pero debíamos informarle de inmediato. Tuvimos un encuentro con… alguien. Un sobrehumano, aunque no se parece en nada a lo que hemos visto hasta ahora.
—El líder dejó su copa en el escritorio con calma ensayada, aunque sus ojos se encendieron con interés— Adelante.
— No era fuerza bruta, ni fuego, ni nada que encaje con los patrones conocidos. —explicó el segundo, esforzándose por mantener la voz firme— Este chico… disparaba ondas. Ondas de sonido. No muy controladas, pero lo suficientemente poderosas como para derribarnos.
Por un instante, el silencio llenó la sala. El líder se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa. Sus ojos reflejaban un brillo peligroso, mezcla de sorpresa y cálculo.
—¿Ondas de sonido? —repitió en voz baja, casi como si hablara consigo mismo—
Los hombres asintieron con nerviosismo.
— ¿Cómo se veía? —preguntó, su tono ahora afilado como una hoja—
— Un chico joven, no más de veinte años. —dijo el primero— Cabello negro largo, parecía un estudiante.
El líder se quedó inmóvil unos segundos, y entonces apretó con fuerza el borde de la mesa. Su mirada se endureció, la decepción y la ira se mezclaban en sus facciones.
— Al parecer… él se fue antes de nuestro encuentro —susurró con desprecio contenido—
El silencio pesado en la sala se rompió con su voz autoritaria:
— Quiero cada detalle. El lugar exacto, la hora, la dirección de donde huyó. Quiero que hagáis un retrato de ese chico y enviadlo a todos nuestros contactos. Y lo más importante… —se levantó, imponente, su sombra proyectándose enorme contra la pared— Enviad un equipo completo a buscarlo. Lo quiero ante mí. Vivo.
Los dos hombres se inclinaron, asintiendo con rapidez antes de salir con la misma prisa con la que habían llegado.
El líder se quedó a solas, observando la copa de vino que aún descansaba sobre el escritorio. Con un suspiro lento y cargado de veneno, se dijo a sí mismo:
— Esta vez… no voy a fracasar.
El cristal resonó contra la madera cuando tomó un trago antes de tirar su copa al suelo en un acto de desquite, sellando la promesa en la penumbra.