Saltar al contenido
Explorar novelas

Comienza la Cacería. Parte 5

The Radiant Twilight | Parte 4. Echo Knight · por Aldex29 · 24 de septiembre de 2026

Silver Slasher yacía entre escombros, su traje metálico expulsando chispas y polvo. El golpe había sido brutal; cada junta de su traje crujía como si fuera a partirse en cualquier momento. Con esfuerzo, se incorporó. El jetpack estaba torcido, apenas mantenía encendido uno de sus propulsores. Los patines estaban deformados y sólo una cuchilla respondía a sus órdenes. 

Miró sus manos y luego el cielo donde Sam había desaparecido. Respiró con rabia, contenida bajo aquel casco metálico que amplificaba el eco de su frustración. 

— Ese mocoso… —murmuró— Es más fuerte de lo que parecía. 

Con pasos tambaleantes, se apartó del lugar. Su misión aún no había terminado, pero ahora comprendía algo: subestimó a su objetivo. Ese error no volvería a repetirse. Mientras se alejaba hacia la oscuridad, se prometió que la próxima vez no habría margen de error. No descansaría hasta capturar al chico de las ondas. 

En otro punto, Liam seguía las huellas del combate: fachadas agrietadas, vibraciones en el suelo y polvo aún suspendido en el aire. Audrey lo acompañaba, con la respiración agitada pero sin detenerse, la urgencia de encontrar a Sam dándole fuerzas. 

— Allí… —señaló Liam— 

En medio de un descampado, vieron a Sam tirado en el suelo, inconsciente, con la ropa hecha jirones y su cuerpo lleno de cortes y moretones. Audrey corrió hacia él, se arrodilló y lo tomó de la mano con desesperación. 

— ¡Sam! ¡Despierta! 

Liam se acercó, se agachó y apoyó dos dedos en su cuello. El alivio se reflejó en su rostro cuando sintió un pulso débil pero constante. 

— Está vivo. Pero no podemos dejarlo aquí. 

Entre los dos lo levantaron, Audrey sujetando su brazo con firmeza mientras Liam cargaba la mayor parte del peso. Juntos caminaron bajo la penumbra, alejándose del lugar de la batalla hasta llegar a un refugio apartado: una vieja construcción de piedra a las afueras de la ciudad, mitad almacén, mitad sala de entrenamiento. Era un sitio que Liam usaba en su juventud para fortalecer sus habilidades, y que ahora servía como santuario oculto. 

Allí lo recostaron en una cama improvisada. Audrey, con manos temblorosas, limpió las heridas de Sam mientras Liam buscaba vendas y alcohol. El olor a hierro y polvo impregnaba el aire. 

— ¿Quién… quién pudo hacerle esto? —preguntó Audrey con la voz rota, sin apartar la vista de Sam— 

Liam no respondió de inmediato. Mientras ajustaba las vendas alrededor del torso de Sam, recordó lo que el chico le contó: hombres persiguiéndolo, emboscadas, ataques en la oscuridad. No era coincidencia. 

— Ya me había advertido de ataques anteriores… —dijo por fin, con voz baja— No sé quién está detrás de esto, pero sea quien sea, no se detendrá. 

Audrey bajó la cabeza, mordiéndose los labios, conteniendo las lágrimas. Ver a Sam tan destrozado la golpeaba más de lo que habría imaginado. 

—Liam posó una mano firme en su hombro— Lo importante ahora es que se recupere. Y lo hará. 

Mientras Sam dormía profundamente, su respiración irregular llenaba el silencio del refugio. Audrey y Liam permanecieron cerca, uno con la culpa en el pecho y el otro con el peso de la responsabilidad, ambos conscientes de que la vida del chico había cruzado un umbral del que ya no había vuelta atrás. 

Mientras en otro lugar, un olor a desinfectante y a humo viejo se sentía en una habitación de un motel. Una lámpara con pantalla raída proyectaba una luz amarillenta sobre la mesa, donde un vaso con agua temblaba levemente. El hombre Silver Slasher no llevaba su armadura; ahora era sólo un tipo con las manos manchadas de aceite y la respiración todavía agitada por la pelea. Se sentó en el borde de la cama, apoyó el codo en la rodilla y sacó el teléfono del bolsillo. 

Marcó el número con tranquilidad mecánica. No necesitaba adornos ni teatralidades: lo que venía era puro trabajo. Al otro lado de la línea contestó la voz seca y precisa del jefe. Era una voz que no admitía excusas ni rodeos, la que acostumbraba a dar órdenes y a recibir resultados. 

— Informa. —dijo el jefe sin preámbulos— 
— El objetivo es más fuerte de lo que esperaba. —respondió Slasher, midiendo cada palabra— El chico controla las ondas con más precisión y resistencia de la que reflejaban los informes. Lo paralicé lo suficiente para que huyera, pero el equipo sufrió daños serios. Necesito tiempo para reparar y mejorar lo que llevo. 

Hubo un silencio breve y tenso. Del otro lado de la línea se escuchó el leve rasgueo de un cenicero, luego la voz del jefe, fría y directa: 
— Entonces fracasaste. 

— No es fracaso. —replicó Silver Slasher con firmeza— Es recalibración. Esto ahora es personal. Si me das margen, vuelvo con el equipo a punto y lo traigo. Y si quieres... —hizo una pausa, como sopesando— baja la recompensa al cincuenta por ciento. Al fin y al cabo, no cumplí por traer al chico como acordamos. 

—El jefe exhaló, con un sonido que podría haber sido un gesto de aprobación o simple cálculo— Si así lo quieres, bien. Pero escucha: yo no voy a quedarme de brazos cruzados para siempre. No quiero que ese chico tenga tiempo para fortalecerse ni para ocultarse mejor. Mientras tú te repones, yo me encargaré de mover ciertas piezas en la ciudad. 

— ¿Qué necesita que haga exactamente? —preguntó Slasher— 

— Si ya sabes dónde vive, úsalo. —contestó el jefe, y su tono se volvió más incisivo— Explora su entorno. Quiénes son sus amigos, sus rutinas, los lugares que frecuenta. Averigua qué protege y a quién podría perder. Si hay algo con lo que podamos presionarlo o manipularlo, quiero saberlo. No quiero sorpresas la próxima vez. 

—Slasher asintió, aunque el jefe no podía verlo— Lo haré. Recolectaré todo lo que pueda. Cuando reanime el equipo, volveré por él en persona. 

— Bien. —dijo la voz del jefe, terminando la instrucción— Prepárate bien. No quiero que esta fiesta dure mucho. 

La llamada terminó con la misma frialdad con la que había comenzado. Silver Slasher dejó el teléfono sobre la mesa, mirando su propio reflejo en el cristal empañado de la ventana. Sabía que tenía permiso y recursos, pero también la obligación de no fallar. Se obligó a levantarse; había trabajo por delante: piezas que reparar, mejoras que diseñar, y un objetivo que no pensaba soltar. 

En la penumbra del cuarto, con la ciudad distante y ajena, selló en silencio el acuerdo. La cacería continuaría, y ahora se volvía un asunto personal.

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a Aldex29 en el lector de Culto de Papel. Es gratis.

Otras novelas: Corazon de verano · Cuentos de amor de locura y de muerte · El caso extraño del Doctor Jekyll