Sam se deslizó entre los tejados y callejones hasta dar con un rincón oscuro, encogido contra la pared con la respiración entrecortada. Sentía que cada músculo de su cuerpo ardía como fuego. Cerró los ojos un segundo, rogando recuperar fuerzas. El silencio le dio una falsa esperanza hasta que lo escuchó otra vez.
El zumbido metálico del jetpack. El golpeteo seco de cuchillas rozando el concreto. Silver Slasher había seguido su olor a miedo, su eco de poder, y lo encontró.
— ¿De verdad pensaste que podías esconderte de mí? —dijo con voz distorsionada por el casco, avanzando despacio como un depredador que juega con su presa—
Sam lanzó una onda con todas sus fuerzas, un estallido sónico que hizo vibrar las ventanas cercanas. Pero el mercenario alzó una de sus cuchillas metálicas, desviando la fuerza del impacto con un movimiento preciso. La onda se disipó contra el filo como si hubiera chocado contra una barrera.
— Que juguetes tan molestos… —murmuró Silver Slasher, inclinándose hacia adelante con un destello asesino en los ojos ocultos tras el visor— Creo que será mejor quitarte esos brazos inútiles.
En un latido, se lanzó sobre él. Las cuchillas descendieron como relámpagos, cortando el aire con un chillido metálico. Sam, aterrorizado pero instintivo, se echó a un lado, dejando que las hojas rebanaran la pared detrás de él. Una lluvia de polvo cayó sobre su rostro.
Intentó contraatacar con otra onda, pero el movimiento lo dejó expuesto. Silver Slasher giró con brutalidad, y las cuchillas alcanzaron su carne. El dolor fue inmediato, ardiente: un corte profundo en el brazo, otro rozando el costado, y uno más en la pierna que lo hizo tambalear. Sam apretó los dientes, negándose a caer.
La sangre caliente manaba, pero en sus ojos había algo más fuerte que el dolor: una voluntad desesperada de no rendirse. Con un grito, impulsó una onda en sus pies y escapó del rincón, lanzándose hacia adelante con tanta fuerza que casi perdió el equilibrio al aterrizar en medio de la calle. Silver Slasher sonrió tras el casco.
— Eso es, corre. Hazlo más interesante.
El rugido del jetpack volvió a llenar la noche. La segunda carrera había comenzado, más peligrosa y sangrienta que la primera.
Mientras tanto, Liam se movía por la ciudad con paso rápido, siguiendo el rastro inconfundible de Sam: las grietas en el pavimento, las fachadas con vidrios reventados, las huellas sónicas que parecían marcas de pequeños cráteres. Cada nueva señal confirmaba que el joven estaba vivo, pero al borde del colapso.
Audrey, unos metros detrás, luchaba por seguir el ritmo. Sus pulmones ardían, pero no pensaba detenerse. Cada calle destrozada que cruzaba aumentaba su miedo. En su mente resonaba la imagen de Sam riendo por primera vez con ella horas antes. No podía permitir que todo acabara así.
Y adelante, entre sombras y luces rotas, la cacería seguía. Silver Slasher tras Sam. Liam tras Silver Slasher. Audrey tras Liam. Un círculo de destino cada vez más estrecho.
Sam corría sin mirar atrás, jadeando, el corazón golpeándole como un tambor dentro del pecho. Sus pasos lo llevaron a un callejón angosto, sus muros altos lo encerraban como barrotes de una jaula. Cuando se dio cuenta de que no había salida, el frío del pánico le recorrió la espalda.
Detrás de él, el chillido de las sierras de los patines del asesino se hacía más fuerte. Silver Slasher se acercaba, veloz y letal, con las cuchillas listas para arrancarle hasta el último respiro.
— ¡Ya es suficiente! —dijo con tono metálico—
Sam tragó saliva. No tenía otra opción. Se agachó, apoyó las manos contra el suelo y al mismo tiempo descargó toda la energía acumulada en pies y palmas. El estallido sónico fue brutal. El aire se expandió como una explosión invisible, impulsándolo hacia arriba con violencia. El concreto del suelo se agrietó, y sus zapatos no resistieron la fuerza, destrozándose en pedazos.
El mundo se volvió vértigo y altura. Sam ascendía como una flecha, pero no estaba solo. Silver Slasher rugió tras él, activando el jetpack y trepando el aire con la precisión de una máquina de caza. En cuestión de segundos lo alcanzó, quedando frente a frente en medio del vacío.
— No tienes dónde correr ahora. —El brillo de las cuchillas iluminó la oscuridad— ¡Se acabó!
Sam, con el cuerpo hecho pedazos, sabía que ese momento era todo o nada. Apretó los dientes, alzó sus brazos temblorosos y reunió lo último de sus fuerzas. Sintió cómo la energía vibraba en sus manos, mucho más intensa que antes, tanto que dolía contenerla. Con un grito desgarrador, soltó la onda.
El impacto fue devastador: un estallido sónico que sacudió el aire y chocó de lleno contra Silver Slasher. El mercenario apenas tuvo tiempo de cubrirse con sus cuchillas antes de ser lanzado en picada hacia el suelo. El estruendo de su cuerpo metálico al estrellarse levantó polvo y fragmentos de concreto, y las chispas comenzaron a escupir desde los mecanismos dañados de su traje.
Sam apenas alcanzó a ver cómo su enemigo se estrellaba antes de que la misma fuerza de su ataque lo impulsara en dirección contraria. La energía lo sacudió y perdió el control de su caída. Su cuerpo descendió a toda velocidad hasta estrellarse en un descampado cercano.
Intentó amortiguar el golpe con una onda débil en sus manos, lo suficiente para no romperse en pedazos al tocar tierra. Cayó de lado, rodando unos metros entre el polvo y la hierba seca, hasta quedar quieto.
El dolor lo consumía, cada respiración era un tormento. Con los ojos entrecerrados, apenas logró ver el cielo nocturno por encima de él. Todo se volvió borroso.
Una lágrima de impotencia rodó por su rostro sucio mientras sus párpados pesaban como plomo. Con un último suspiro entrecortado, Sam cerró los ojos, rendido al cansancio y a las heridas. El silencio del descampado lo envolvió.
Por ahora, había ganado.