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Moviendo Fichas. Parte 6

The Radiant Twilight | Parte 4. Echo Knight · por Aldex29 · 24 de septiembre de 2026

La tapa de la alcantarilla se levantó con un chirrido metálico, y Silver Slasher emergió lentamente, empapado y cubierto de manchas oscuras. La lluvia seguía cayendo con suavidad, disimulando las gotas de sudor que le corrían por la frente. 

El callejón donde había salido estaba desierto. A pocos metros, el viejo motel donde se hospedaba se alzaba silencioso, con neones parpadeando en tonos azules y rosados. Caminó hacia allí sin hacer ruido, evitando las cámaras y cubriendo su rostro con la capucha. 

Al entrar a su habitación, cerró la puerta con doble seguro y exhaló con cansancio. Se quitó el pasamontañas, dejando ver el rostro sudado y agotado, con una cicatriz que brillaba débilmente en su mejilla derecha. Encendió una lámpara de escritorio, y la luz amarillenta reveló los papeles que sacó de su chaqueta: los informes, las hojas arrugadas y, entre ellos, los documentos de adopción que había encontrado en el apartamento de Sam. 

Tomó el teléfono satelital del cajón y marcó un número corto, encriptado. 

— Cooper. —su voz sonó rasposa, cansada— 

Una voz profunda respondió al otro lado. 
— Habla. 

— Tengo los documentos que me pediste. —informó Silver Slasher, dejando caer los papeles sobre la mesa— No sé todavía si hay algo útil, pero parecen importantes. Algunos son de adopción, otros son reportes con información personal. Los revisaré a fondo antes de entregártelos. 

— Perfecto. —contestó Andrew con tono sereno pero cargado de autoridad— No dejes ningún cabo suelto. Cuando tengas algo claro, me lo entregas en persona. Y recuerda… no quiero errores esta vez. 

— Lo sé. —murmuró Silver, mirando el reflejo de sí mismo en el espejo frente a la cama, molestándose un poco por recordarle su fracaso— No los habrá. 

La llamada terminó. Durante los minutos siguientes, Silver se dedicó a revisar cada papel con meticulosidad. Los extendió sobre la mesa, marcando con lápiz lo que le parecía relevante. En los papeles de adopción, los nombres estaban deteriorados, casi ilegibles, pero algo en ellos le generaba una inquietud que no podía ignorar, como si fuera algo personal. 

Su respiración se aceleró apenas un poco. No sabía si era coincidencia, pero se sorprendió de que el joven al que persiguió fuera adoptado y eso era algo que lo llenaba de intriga. 

Frunció el ceño, volviendo a leer las líneas una y otra vez, intentando encontrar sentido a los datos incompletos y las fechas borradas. Cuanto más los observaba, más le temblaban las manos. Sentía un sudor frío recorrerle el cuello. 

— Vamos, vamos, vamos... —susurró innumerables veces mientras revisaba los papeles— 

El corazón le latía con fuerza, pero no tenía aún las piezas suficientes para encajar el rompecabezas. Guardó los documentos con cuidado, sabiendo que algo dentro de esos papeles podía cambiarlo todo. 

Por ahora, debía descansar. Pero mientras apagaba la lámpara y se dejaba caer en la cama, una sensación persistente lo atormentaba: la sospecha de que el chico al que había intentado capturar no era un simple objetivo. 

Y que esos papeles, maltratados y cubiertos de polvo, escondían una verdad que ni siquiera su propio jefe estaba preparado para afrontar. 

Pasaron varias horas antes de que Silver Slasher se permitiera volver a mirar los documentos. El amanecer apenas comenzaba a teñir de gris las cortinas del motel, y el cansancio había sido reemplazado por una tensión insoportable. Los nombres medio borrados de los padres biológicos de Sam se volvían más claros con cada revisión, y cuando al fin logró descifrarlos por completo, el aire pareció escapársele de los pulmones. 

Su respiración se volvió errática. Se dejó caer en la silla, los dedos aún aferrados a los bordes del papel como si sostuviera algo que pesara más que él mismo. Durante unos segundos, no dijo nada. Solo se quedó allí, mirando los nombres con una mezcla de asombro y temor. Finalmente, se recostó hacia atrás, soltando una risa nerviosa y amarga. 

— Samuel Williams… —susurró— Me agradas. 

Guardó los papeles con cuidado en una carpeta sellada y los metió dentro de una caja metálica. Luego, observó su traje dañado apoyado contra la pared: los bordes cortados, los mecanismos sucios de sangre y polvo. Se puso manos a la obra. 

Durante las siguientes horas, trabajó en silencio. Ajustó piezas, limpió los sistemas de cuchillas, soldó lo que estaba roto. El sonido del metal y el olor a aceite llenaron la habitación. Cuando terminó, encendió el comunicador una vez más y marcó el número de Andrew. 

— ¿Ya vienes? —preguntó la voz grave de la cabeza de Shadow of Babel al otro lado— 

— Cambio de planes. —respondió Silver con tono firme— No voy a poder ir por ahora. Tengo todo lo que necesitamos, pero no puedo moverme de aquí sin llamar la atención. Necesito que alguien venga por los documentos. 

Se hizo un breve silencio antes de la respuesta. 
— De acuerdo. Enviaré a alguien de confianza. —contestó Andrew con serenidad inquietante— Quédate donde estás y no hables con nadie. 

— Entendido. 

La llamada terminó. Silver Slasher se sentó en el borde de la cama, mirando por la ventana el amanecer grisáceo. Poco después, escuchó tres golpes secos en la puerta. No dijo una palabra; solo dejó la caja de metal junto a la entrada, y los pasos al otro lado se la llevaron sin pronunciar sonido alguno. 

Horas después, en la base de Shadow of Babel, Andrew Cooper se encontraba en su oficina. El ambiente era oscuro, iluminado solo por una lámpara dorada que reflejaba sobre los montones de papeles recién entregados. 

Tomó asiento, con una copa en la mano, y empezó a revisar cada documento con meticulosa lentitud. 

— Universidad... facturas... dirección... —murmuraba, hojeando los papeles uno a uno— Útil, pero nada fuera de lo común... 

Hasta que llegó a los documentos de adopción. Se detuvo. Los observó con atención, al principio confundido, luego intrigado, y finalmente, soltó una pequeña sonrisa que se convirtió en una carcajada profunda, fuerte y distorsionada que rompió el silencio de la habitación. 

La copa en su mano se hizo añicos al apretar con fuerza, esparciendo vino oscuro sobre la mesa y los papeles. 

— Ah... ja, ja, ja... ¡JA, JA, JA, JA!... —su risa fue subiendo de tono, resonando por las paredes del despacho— ¡SI, ESTO ES MARAVILLOSO! ¡EL JUEGO ES MÁS DIVERTIDO DE LO QUE ME IMAGINÉ! 

De un manotazo, tiró los documentos al suelo, dejando que los fragmentos del vaso se mezclaran con las hojas empapadas. La locura en su mirada crepitaba como una chispa viva. 

El rostro de Andrew se curvó en una sonrisa deformada por el deleite. 

— Así que... todo este tiempo... —murmuró con voz grave— El destino tiene un sentido del humor exquisito, ¡ME ENCANTA! 

Levantó las manos mientras daba vueltas por la habitación, su juego acababa de cambiar y él no tenía pensado perderlo.

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