El estruendo de cristales todavía resonaba cuando Silver Slasher descendió del edificio. Su jetpack soltó un chorro breve de aire caliente que lo estabilizó y lo dejó caer con un golpe seco frente a Sam. Sus cuchillas se retrajeron y volvieron a salir con un chasquido metálico.
— No lo repetiré más veces. —su tono era frío, definitivo— Entrégate.
Sam respiraba agitado, con el teléfono pegado a la oreja y la voz de Audrey todavía golpeándole el oído.
— ¡Sam, dime qué está pasando!
Pero él no podía detenerse a explicarle. Se giró de golpe y comenzó a correr, dejando atrás la zona iluminada y metiéndose en las calles más estrechas. El eco de sus pisadas era seguido por el chirrido metálico de las cuchillas del mercenario plateado rozando el asfalto mientras lo perseguía.
Sam no tardó en comprender que la huida sería difícil: cada vez que intentaba girar una esquina, el mercenario ya estaba ahí, obligándolo a desviarse hacia otro callejón. El frío de la noche y la presión en el pecho le recordaban que no podía huir para siempre.
En medio de la desesperación, recordó que Audrey seguía al otro lado de la llamada. Llevó el móvil a la boca, jadeando mientras trataba de ganar unos segundos de distancia.
— Audrey… escúchame bien… no hay tiempo. Ve a la iglesia, busca al padre Liam… dile que estoy en peligro… que lo necesito.
Del otro lado hubo silencio, como si ella no pudiera procesar lo que estaba escuchando.
— ¿La iglesia? ¿El cura? ¡Sam, no entiendo nada!
Él casi tropieza, pero se obligó a seguir, apretando los dientes mientras una de las cuchillas silbaba detrás de su hombro.
— ¡Hazlo ya! ¡Corre, Audrey! ¡Por favor!
La voz de ella tembló un instante, pero al final respondió.
— Está bien… confiaré en ti. —dijo colgando—
Sam se permitió un respiro de alivio antes de que el suelo a su lado temblara por el impacto de su cazador aterrizando. Silver Slasher salió de la penumbra con pasos firmes, levantando otra hoja que brillaba a la luz de la luna.
— Dejas demasiadas cosas atrás, chico. —dijo el mercenario con esa calma cruel— No llegarás a ninguna parte.
Sam apretó los puños, liberando pequeñas ondas sónicas desde sus dedos para armarse de valor. No podía huir para siempre. Tenía que resistir, al menos hasta que Liam llegara.
Sam corría sin mirar atrás. Sus ondas sónicas brotaban de las plantas de sus pies, estallando en impulsos que lo lanzaban hacia arriba, hasta los techos de los apartamentos. Los ladridos de perros y los quejidos metálicos de las antenas marcaban cada salto desesperado. Lograba mantenerse a distancia, pero sentía en el pecho el peso de que aquello no era suficiente: el cazador no se rendiría.
Debajo de él, Silver Slasher no se quedaba atrás. Activó su jetpack con un rugido de turbinas y se elevó lo suficiente como para seguirlo de cerca. Sus cuchillas extendidas destellaban a cada giro, reflejando la luna como si anunciaran la condena de Sam.
— Puedes correr todo lo que quieras, chico… —la voz de Silver Slasher resonaba amplificada por el casco metálico— pero yo siempre alcanzo a mi presa.
Sam apretó los dientes, impulsándose con otra ráfaga que lo lanzó por encima de una calle entera. Sintió los músculos tensarse al límite. No era solo la persecución: era la presión de saber que cada movimiento podría ser el último.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Audrey corría por las aceras desiertas con el corazón latiéndole en la garganta. Apenas se había detenido a respirar desde que colgó el teléfono. Al llegar a la iglesia, empujó las puertas pesadas de madera y entró con un grito desesperado:
— ¡Padre! ¡Soy amiga de Sam! ¡Está en peligro! ¡Necesita su ayuda ahora!
El sacerdote apareció desde la sacristía, el rostro serio al escuchar su voz. No necesitaba más explicaciones; la urgencia de Audrey hablaba por sí sola. Tomó su abrigo y se lo echó sobre los hombros.
— Llévame hasta donde lo viste por última vez. —dijo con firmeza, pero Audrey negó con la cabeza, agitada—
— No… no sé dónde está ahora. Solo me pidió que viniera por usted. Pero la última vez que lo vi estaba en su casa...
Liam cerró los ojos un instante, como si hiciera memoria de un lugar o una intuición que lo guiara. Luego los abrió con una determinación férrea.
— Lo encontraré. Confía en mí.
Audrey lo observó salir de la iglesia con pasos rápidos, sintiendo un escalofrío. Por primera vez entendía que Sam y este hombre compartían un secreto mayor de lo que imaginaba. Y como si de una llamada sobrenatural se tratara, ella siguió al padre.
De regreso en los tejados, Sam ya estaba exhausto. Cada salto se volvía más torpe, y el rugido del jetpack de Silver Slasher lo acosaba sin descanso. El mercenario giraba sobre sí mismo en el aire, dejando trazos de chispas cuando sus cuchillas rozaban el concreto.
— Se acabó el juego. —gruñó, lanzándose en picada hacia él—
Sam apretó los dientes, canalizando una onda más fuerte de lo que había intentado hasta ahora, lanzándose hacia el siguiente edificio con un estallido que marcó la superficie como todas las anteriores veces. Apenas logró aterrizar de pie, jadeando, consciente de que su resistencia estaba llegando al límite. Y, aun así, sabía que debía seguir resistiendo. Liam vendría. Tenía que hacerlo.