Sam se quedó petrificado. Su respiración se agitaba, el teléfono aún temblaba en su mano mientras Audrey, desde el otro lado de la línea, preguntaba desesperada:
— ¡¿Sam?! ¿Qué está pasando?! ¡Respóndeme!
Pero él no podía hablar. Su garganta estaba cerrada por el miedo. Frente a él, la figura metálica avanzó entre los restos de cristal, el ruido metálico de sus botas de cuchillas rozando el suelo erizándole la piel.
El desconocido inclinó apenas la cabeza, la frialdad de su casco sin rostro transmitiendo una amenaza silenciosa. Su voz surgió amortiguada, filtrada por el modulador del casco, tan gélida como burlona:
— Dime… ¿eres tú el chico de las ondas?
El silencio se hizo pesado, la tensión opresiva. Audrey volvió a alzar la voz al teléfono, su tono cargado de angustia.
— ¡Sam, dime algo!
Pero antes de que el mercenario pudiera obtener respuesta, Sam reaccionó. El miedo se transformó en instinto: estiró la palma y liberó una onda de sonido comprimida, un estallido que surcó el aire hacia su agresor.
El impacto resonó en la habitación, haciendo vibrar los muebles y sacudiendo las cortinas.
Sin embargo, el intruso no se inmutó. Con un movimiento preciso, desplegó desde su brazo derecho una cuchilla retráctil metálica, ancha y afilada, que interceptó el ataque con un estruendo metálico. La onda rebotó y se dispersó en el aire como si hubiese chocado contra un muro.
La hoja brilló con un reflejo siniestro, confirmando lo que buscaba.
— Así que si eres tú… —murmuró Silver Slasher con un tono satisfecho, casi divertido, como un depredador que encuentra a su presa—
Sam tragó saliva, retrocediendo un paso, sabiendo que ya no había duda: estaba marcado. Silver Slasher avanzó con calma, como si ya tuviera la situación controlada. El brillo frío de sus cuchillas metálicas iluminaba el salón apenas iluminado por la luna.
— No compliques las cosas, chico. —dijo con una voz seca, modulada y sin emoción— Mi misión es llevarte con vida. Ríndete y no saldrás lastimado.
Sam, con el teléfono aún abierto en la mano y los gritos angustiados de Audrey resonando en su oído, temblaba. Su corazón latía tan fuerte que sentía que iba a romperle el pecho.
— N-no… no voy a ir contigo…
De su palma salió otra onda sónica, seguida de otra más. Ambas impactaron en dirección al mercenario, pero este giró el torso con precisión quirúrgica, desviándose. Una de las ondas fue bloqueada con un chasquido metálico de su cuchilla, la otra pasó de largo y reventó un mueble al fondo del departamento.
Slasher inclinó la cabeza como si se divirtiera con la torpeza de su presa.
— Entonces, que empiece la fiesta.
Con un salto impulsado por sus patines de cuchillas, arremetió contra Sam. Las hojas silbaban cortando el aire, y en cuestión de segundos el apartamento se convirtió en un campo de destrucción: los sillones se abrieron en pedazos, la mesa se partió en dos, las paredes quedaron rasgadas con cortes limpios y profundos.
Sam esquivaba a duras penas, lanzando ondas para frenar los embates, pero cada choque lo arrinconaba más y más. Los vidrios del suelo crujían bajo sus zapatillas. Audrey gritaba en el auricular, desesperada:
— ¡Sam, dime algo! ¡¿Qué está pasando?!
Pero él no podía responder. Solo podía sobrevivir.
En el instante en que una de las cuchillas pasó rozando su brazo y abrió un tajo en la pared detrás de él, Sam tomó una decisión desesperada. Corrió hacia la ventana, levantó sus manos y liberó una fuerte onda hacia abajo justo cuando saltó al vacío.
El cristal estalló en mil fragmentos. Su cuerpo descendió rápido, pero las ondas emitidas desde sus palmas y plantas de los pies amortiguaron la caída, frenando lo suficiente para que no se rompiera los huesos contra el asfalto.
Aterrizó con torpeza, rodando sobre el suelo, jadeando y con las manos temblorosas. En el teléfono, aún en la línea, la voz de Audrey lo llenaba de desesperación:
— ¡Sam! ¡Sam, respóndeme!
Arriba, en la ventana rota del apartamento, Silver Slasher lo observaba como un ave de presa siguiendo a su objetivo. La cacería apenas comenzaba.