La caminata terminó frente a la puerta de Sam. Audrey, con los brazos cruzados y un gesto decidido, insistía:
— No acepto un “no”. Tú me acompañaste la otra vez hasta mi casa, ahora me toca a mí.
—Sam sonrió levemente, resignado— Está bien, pero no era necesario…
—Claro que lo era. —respondió ella con tono seguro—
Ambos entraron al barrio hasta llegar a la puerta de Sam. El ambiente ya estaba oscuro, iluminado apenas por la luz de las farolas. Una vez frente a la casa, se detuvieron.
— Bueno… hasta aquí llego. —dijo Audrey, con una sonrisa suave—
Sam, un tanto inquieto, se rascó la nuca.
— ¿Segura que no quieres que te acompañe de vuelta?
Ella soltó una pequeña risa y negó con la cabeza.
— Deja de sentirte así. Sé cuidarme, ¿sabes? No necesito al nuevo héroe de la ciudad para escoltarme siempre. —Lo dijo en tono de broma, dándole un ligero empujón en el hombro—
Sam rió entre dientes, y con un intercambio final de miradas, se despidieron. Audrey puso rumbo a su casa, perdiéndose entre las sombras de la calle.
Dentro de su hogar, Sam dejó caer el peso de su cuerpo en el sofá del salón. El silencio lo envolvía, y con una calma casi extraña, alzó su mano frente a sus ojos. Poco a poco, comenzó a generar pequeñas ondas desde sus dedos, tanto en la yema como en la punta. Observaba fascinado la forma en que vibraban, orgulloso de estar logrando mayor control.
Por un instante, la sonrisa en su rostro se desdibujó. La imagen de su padre se coló en su mente, el vacío de su ausencia oprimiendo su pecho. Una lágrima solitaria resbaló por su mejilla.
Pero entonces recordó las palabras de Liam, firmes y esperanzadoras. Inspiró profundo, limpiándose la lágrima, y recuperó su sonrisa mientras fijaba la mirada en el techo.
El impulso lo llevó a tomar el teléfono y marcar el número de Audrey.
— ¿Hola? —contestó ella, con un tono despreocupado—
— Solo quería asegurarme de que todo vaya bien —dijo Sam, con una leve risa nerviosa—
— Tranquilo, ya voy de camino. No pasó nada.
Conversaron unos minutos, riendo suavemente al recordar el día que compartieron.
— La verdad… lo pasé bien hoy. —admitió Audrey desde el otro lado.
— Yo también. —respondió Sam, sincero—
Fue entonces, en medio de esa calma, cuando un estruendo repentino desgarró la noche.
El vidrio del ventanal del salón estalló en mil pedazos, lanzando fragmentos por toda la habitación. Una figura metálica irrumpió en el lugar con violencia, los reflectores de la calle apenas alcanzando a delinear su silueta: el brutal casco metálico, las protecciones blindadas, el jetpack reluciendo a su espalda y los patines de cuchillas extendidos en sus botas.
Silver Slasher había llegado mientras el teléfono aún seguía encendido en la mano de Sam.
— ¡¿Sam?! —la voz de Audrey retumbó desde el auricular, confundida por el estruendo— ¿Qué fue eso?
Sam, con el corazón en la garganta, no alcanzó a responder. El aire mismo en el salón parecía cargarse de peligro, y frente a él se encontraba el mercenario enviado para capturarlo. La calma había terminado.