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Memorias de un Equipo. Parte 3

The Radiant Twilight | Parte 3. Prehistoric Rage · por Aldex29 · 18 de septiembre de 2026

Los rayos del sol pasaban suavemente a través de las ventanas de un pequeño apartamento. En el interior, todo estaba en silencio, salvo por el tenue murmullo del aire acondicionado y el insistente tecleo del portátil. Mike se encontraba sentado en su escritorio, con los codos apoyados y las manos enredadas en su cabello. Frente a él, una montaña de notas, imágenes del mural, mapas de la expedición, fotos aéreas del terreno y ninguna respuesta. 

— Algo no encaja… —murmuró para sí, mordiéndose el labio inferior— 

Pasaba de una pestaña a otra, entre artículos sobre mutaciones, fósiles, genética teórica, y hasta foros conspiranoícos. Nada le resultaba suficiente desde que presenció a dos criaturas prehistóricas batallando bajo la noche selvática, una de ellas siendo su amigo. 

Sentía miedo. No podía negarlo. Pero más allá de eso, había una voz dentro suya que le repetía que tenía que entender, que tenía que ayudar… que si sus amigos estaban en peligro, él no podía simplemente sentarse y mirar desde la distancia. 

Y entonces, sin pedir permiso, su mente viajó atrás en el tiempo. 

Mike era el niño que en la escuela temblaba cada vez que tenía que leer en voz alta. El que, cuando le hablaban, tardaba unos segundos en responder porque su cabeza analizaba todas las formas posibles en que podía arruinarlo. Siempre ansioso, siempre torpe, siempre segundo en todo. Pero también era el niño que prestaba sus lápices sin dudar, que ayudaba a limpiar el salón sin que nadie se lo pidiera, que se preocupaba más por los demás que por sí mismo. 

Su madre le decía que tenía un corazón más grande que su cuerpo. Y aunque eso sonaba lindo, para Mike era también un peso. Porque le costaba imponerse, defenderse o destacar. Sus ideas eran buenas y sus pensamientos profundos pero su inseguridad siempre los ahogaba antes de salir. 

Desde muy joven, Mike sintió una fascinación inusual por los vestigios del pasado. Mientras otros niños jugaban con autos o videojuegos, él se perdía en libros de historia, soñando con civilizaciones antiguas, con templos enterrados y artefactos cubiertos de polvo. Pero su entusiasmo no bastaba para acercarlo a los demás. Por más que lo intentara, su actitud nerviosa y sus constantes dudas lo hacían blanco de burlas o, peor aún, del olvido. 

A lo largo de la primaria, secundaria y parte de la universidad, se convirtió en “el raro”, ese que balbuceaba cuando hablaba en público y que parecía más cómodo con mapas y teorías que con personas. Nadie se acercaba demasiado, y Mike terminó por convencerse de que estaba destinado a vivir en su mundo, siempre al margen. Sin embargo, no sabría que todo cambiaría cuando se juntó con una persona, Lucas Brown. 

Ambos fueron asignados juntos para un proyecto de investigación en su segundo año de universidad. Al principio, ninguno habló mucho. Pero con el paso de los días, comenzaron a descubrir similitudes: Lucas también era alguien callado, reservado, y sin muchos amigos. Lo que los unía no era solo su soledad, sino una compatibilidad silenciosa, una comprensión mutua que no requería demasiadas palabras. 

Ese proyecto fue solo el inicio. Desde entonces, se volvieron inseparables. Se apoyaban, se animaban, y se empujaban mutuamente a mejorar. Gracias a su trabajo en conjunto, ambos lograron ser aceptados como jóvenes arqueólogos en Eclipse Laboratories. Fue allí donde conocieron a Tyler, Rebecca y Theodore, completando el equipo. Por primera vez, Mike sintió que pertenecía a algo más grande, algo real. 

El recuerdo se desvaneció como una neblina y Mike regresó al presente, aún en su apartamento, con la mirada fija en la libreta. El zumbido del teléfono lo sacó de su ensimismamiento. Miró la pantalla. 

Theodore, él sabía que era raro que le llamase, dudó un segundo, pero contestó. 

— ¿Mike? —la voz de Theodore sonaba directa, algo impaciente— ¿Conseguiste algo de información? ¿Algo útil? 

— N-no… aún nada. —respondió Mike, tragando saliva— Pero… sigo investigando. T-te prometo que encontraré algo. Solo necesito un poco más de tiempo… 

—Ajá —respondió Theodore, seco—. Bueno. Avísame si tienes algo. Lo que sea. 

Y colgó sin más. En su apartamento, lejos de todos, Theodore miró el celular con desdén. Dejó escapar una risa sarcástica antes de murmurar. 

Inútil como siempre. Un torpe bueno para nada que llegó hasta aquí por pura suerte, no tengo de que preocuparme por él. 

Y luego, en silencio, volvió a sus propios planes.

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