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Memorias de un Equipo. Parte 4

The Radiant Twilight | Parte 3. Prehistoric Rage · por Aldex29 · 18 de septiembre de 2026

El sol se colaba por las ventanas de un antiguo instituto prestigioso. En uno de sus pasillos principales, caminaba un joven de pasos firmes, mirada elevada y gesto seguro: Lucas, con su cabello ordenado, gafas bien puestas y la mochila colgada de un solo hombro, era conocido por todos aunque no precisamente por las mejores razones. 

Era brillante, eso nadie lo dudaba. Tenía una mente aguda, una memoria privilegiada y una ambición que lo mantenía siempre en la cima de cada clase, cada presentación, cada competencia interna. Sin embargo, no eran pocos los que murmuraban a sus espaldas, llamándolo engreído, prepotente, ególatra, arrogante. Y en parte, tenían razón. 

Lucas hablaba con orgullo sobre su familia, sobre sus raíces, sobre todo lo que representaba. Se sentía impulsado por la idea de superarse, de representar algo más grande que él mismo. Pero con ese orgullo venía también una actitud difícil de digerir para los demás. Siempre tenía la última palabra. Siempre quería ser el mejor. Siempre parecía pensar que nadie más estaba a su altura. 

A pesar de todo, la verdad es que Lucas no disfrutaba realmente de ese ambiente. Aunque hablaba con altivez de su escuela y de su estatus, en el fondo la veía como una jaula de exigencias y apariencias que jamás lo había hecho feliz. Se sentía solo entre los aplausos. Solo entre los reconocimientos. Ninguno de los “amigos” que lo rodeaban lo conocía realmente. Y aun así, continuaba. 

Porque, en su interior, Lucas tenía una meta clara: convertirse en un ejemplo. En alguien que inspirara a otros. Alguien que demostrara que, sin importar el entorno, uno podía forjar su propio camino. Esa ambición, más profunda y sincera, era lo que lo impulsaba a estudiar con determinación, a sacrificar tiempo, a soportar críticas y etiquetas. 

Pero en su intento por ser el mejor, había olvidado algo esencial, conectar con los demás. 

Los pasillos de la prestigiosa escuela estaban llenos de rostros que le temían y despreciaban, que lo admiraban a la distancia o que simplemente lo evitaban. La figura de Lucas era imponente hasta cierto nivel, pero solitaria. 

Y fue esa soledad, ese vacío entre tanta autoexigencia, lo que eventualmente lo llevaría a cruzar caminos con alguien que cambiaría su perspectiva por completo. Pero hasta entonces, su vida continuaría así hasta llegar a la universidad. 

Los pasillos de la universidad no eran tan brillantes ni elegantes como los de su escuela anterior, pero para Lucas, representaban algo diferente. Había llegado ahí decidido a superarse, pero el peso de los años anteriores. La presión, el orgullo, la constante competencia habían dejado una huella más profunda de lo que quería admitir. 

Con el tiempo, su carácter cambió. 

Se volvió más reservado, más serio, más arrogante aún. Había dejado atrás las palabras vacías de motivación y los discursos idealistas. Ya no hablaba de querer inspirar a otros, ni de representar algo más grande. Ahora solo se enfocaba en una cosa: avanzar. Superar. Ganar. Y si tenía que hacerlo solo, lo haría. 

La soledad volvió a acompañarlo como una sombra familiar. Pero todo cambiaría el día en que el profesor lo asignó en equipo con otro estudiante para un trabajo extenso de arqueología comparada. Se trataba de un chico más joven que él llamado Michael West, también llamado “Mike”. 

La primera impresión que tuvo de él no fue buena. Lo vio nervioso, dubitativo, incluso torpe. Pero a medida que avanzaban con el proyecto, Lucas notó algo que lo sorprendió: Mike no solo era trabajador y comprometido, también era genuino. No fingía seguridad ni trataba de impresionar a nadie. Era simplemente él y por alguna razón que no comprendía del todo, lo admiraba. 

Fue la primera vez en años que Lucas bajó la guardia. 

Entre horas de trabajo, cafés compartidos en la biblioteca y largas conversaciones sobre fósiles, excavaciones y teorías imposibles, nació algo que Lucas no había tenido en mucho tiempo: una amistad sincera. Mike no lo juzgaba por su pasado ni por su actitud. Solo lo escuchaba. Le hablaba de sus sueños, de lo que quería lograr. Y Lucas, por primera vez en mucho tiempo, se permitió hablar también de los suyos. 

Siempre he querido ser un ejemplo para los demás, ¿Sabes? —le dijo Lucas una noche, mientras repasaban su presentación final— Algún día tú y yo vamos a llegar a lo más alto. Tenlo asegurado. 

Y Mike con una sonrisa, le prometió que así sería. 

Tiempo después, esa promesa se cumpliría en parte, ambos serían aceptados como arqueólogos en Eclipse Laboratories. Ahí conocerían al resto del equipo con Rebecca, Tyler y Theodore, un grupo dispar, pero lleno de potencial. Por primera vez, Lucas se sintió parte de algo real. 

Sin embargo, el presente no se sentía igual. 

Sentado en su escritorio, mirando el atardecer filtrarse por la ventana de su apartamento, Lucas recordaba las palabras que Theodore había dicho en la base. Algo no encajaba. Esa historia que les dio, su actitud a la vuelta, incluso sus heridas todo parecía calculado, frío. 

Lucas no era ingenuo y nunca llegó a ser del todo cercano con Theodore. Había aprendido a ver más allá de las palabras, y su instinto no fallaba: Theodore ocultaba algo sí o sí, aunque no sabía con toda seguridad el qué. Frunció el ceño, pensativo mientras apretaba los puños. 

Tengo que hablar con los demás. —murmuró— Esto no puede quedarse así. 

Porque si algo había aprendido en todo ese tiempo es que la cima no vale nada si te rodeas de mentiras y engaños.

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