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Memorias de un Equipo. Parte 3

The Radiant Twilight | Parte 3. Prehistoric Rage · por Aldex29 · 18 de septiembre de 2026

Antes de los fósiles, Eclipse o de conocer a sus futuros compañeros o amigos. Rebecca solía despertar con el aroma del café tostado y el sonido constante del taller de bicicletas que su padre adoptivo tenía en el garaje. No era una casa grande ni moderna, pero tenía lo más importante: calor, risas, y la sensación firme de que siempre habría un lugar para ella. 

Había crecido en un pequeño vecindario de casas modestas, calles arboladas y vecinos que aún se saludaban por su nombre. Desde que tenía memoria, sabía que no compartía la sangre de sus padres. Nunca fue un secreto. Su madre adoptiva, Clara, se lo dijo con suavidad cuando Rebecca tenía apenas siete años, sentadas bajo el viejo limonero del patio trasero. 

No naciste de mí, Rebecca… pero eso no importa. Porque desde que te vi por primera vez, supe que eras mi hija —le dijo con una sonrisa llena de ternura— 

Rebecca lo aceptó sin lágrimas ni confusión. Sabía lo que era el amor, y eso le bastaba. 

Durante su niñez, ayudaba a su padre en el taller los fines de semana. Aprendió a cambiar cadenas, ajustar frenos y hasta armar bicicletas desde cero. Él decía que tenía manos fuertes y mente aguda, una combinación rara y poderosa. 

No importa de dónde vengas, Rebecca. Lo que importa es lo que construyas con tus propias manos —le repetía mientras limpiaba el aceite de sus dedos con un trapo 

Aun así, en el silencio de su cuarto, a veces se permitía preguntarse quiénes fueron sus verdaderos padres, por qué la dieron en adopción, si hubo una razón, una necesidad, una tragedia, un error. 

Esas preguntas la acompañaron como un eco lejano mientras crecía, sin opacar jamás la gratitud que sentía por la vida que le había tocado. Se esforzaba al máximo en la escuela, destacaba en ciencias, biología y demás. Siempre con una mirada curiosa y una mente despierta, decidida a entender el mundo y quizás también, a entenderse a sí misma. 

En su memoria, Rebecca veía su hogar y el taller donde ayudaba a su padre. Los días se deslizaban entre risas, tornillos, y charlas nocturnas con su madre sobre libros, ciencia y documentales de civilizaciones antiguas. Cuando terminó la preparatoria, su decisión fue clara, quería estudiar algo que la conectara con la historia del mundo. Quería comprender las huellas del pasado, como si en ellas pudiera encontrar también respuestas para su propia existencia. 

Eventualmente, la universidad la recibió con los brazos abiertos. Allí, entre clases de arqueología, horas en biblioteca y cafés en el campus, conocería a dos personas que marcarían su vida de formas que aún no alcanzaba a comprender del todo, Tyler y Theodore. 

Desde el primer encuentro, los tres hicieron buena química. Theodore era reservado y observador, pero tenía un ingenio afilado y una seguridad enorme. Tyler, en cambio tenía cualidades menos reservadas y una forma natural de hacer sentir cómodos a los demás. Rebecca se encontró entre ambos como el equilibrio, una presencia que suavizaba los roces y potenciaba sus mejores cualidades. 

Con el paso del tiempo, la amistad entre los tres se volvió sólida. Sin embargo, algo más empezó a gestarse en silencio entre Rebecca y Tyler. No fue inmediato ni evidente, pero sí constante. Una mirada más larga de lo normal, una risa compartida que parecía tener su propio idioma, una preocupación mutua que iba más allá de lo habitual. Para Theodore, fue imposible no notarlo. 

Cuando los tres fueron aceptados como parte del equipo de arqueología de Eclipse Laboratories, celebraron juntos, creyendo que el futuro estaba lleno de posibilidades. Pero en el fondo de Theodore ya había una sombra que crecía. Una pequeña grieta que se abría en su interior cada vez que veía cómo Rebecca miraba a Tyler, cómo le sonreía, cómo confiaba más en él que en nadie. 

El presente olía a ciudad, concreto y viento tibio. Rebecca caminaba por una de las calles cercanas a Eclipse cuando vio a Theodore, con una mochila colgada del hombro y esa expresión ligeramente altiva de siempre. Lo saludó con una sonrisa natural, sin sospechas. 

— ¡Theo! —exclamó, acercándose— Qué bueno verte. Justo estaba pensando en ti. 

Él detuvo su paso, mirándola con una mezcla de sorpresa y tensión. No era fácil verla sin sentir el peso de todo lo que callaba. 

Hey, Rebecca. ¿Qué haces por aquí? 

— Estoy ayudando a Tyler. —dijo ella, sin notar el leve endurecimiento en los ojos de Theodore al escuchar ese nombre— Estamos tratando de entender si hay alguna forma de que se pueda desprender de lo que le pasó. A veces tengo la sensación de que todo esto es más grande de lo que pensamos. 

Hubo un segundo de silencio. 

De todos modos, me gustaría que habláramos pronto. Creo que tú también tienes cosas que decir. Estás bien, ¿verdad? 

Sí, claro. —respondió Theodore, con una sonrisa ensayada 

Perfecto. Bueno, me tengo que ir. Cuídate. 

Y sin más, Rebecca se despidió con un gesto suave y siguió su camino, sin ver que Theodore no quitó la vista de su espalda hasta que se perdió entre la gente. 

El rencor le ardía por dentro. No por lo que ella había dicho, sino por lo que no dijo. Porque una parte de él siempre esperó que ese “me gustaría hablar contigo” fuera el comienzo de algo más, de lo que siempre quiso. 
Pero no. Siempre era Tyler, siempre fue él. Y eso no lo iba a seguir soportando, no quería hacerlo. 

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