El sol se ocultaba lentamente tras las copas de los árboles mientras la tenue luz dorada iluminaba el campamento improvisado. El calor húmedo de la selva aún se sentía en el aire, aunque comenzaba a ceder ante la inminente llegada de la noche. Las carpas estaban listas, el material clasificado, y el equipo terminaba de organizar las provisiones bajo la supervisión de Rebecca y Mike.
—Tyler se sacudió el polvo de las manos y se giró hacia el grupo— Bien, la base ya está lista. Theo y yo iremos a echarle un primer vistazo a las ruinas. —dijo, ajustándose la mochila al hombro—
— ¿Ahora? —preguntó Lucas, frunciendo el ceño— Aún no tenemos mapas claros, ni información sobre la estructura. Podría ser peligroso.
— Por eso vamos con cuidado. Solo queremos ver qué tan accesible es el lugar —respondió Theodore, con su tono siempre seco, mientras revisaba la linterna en su cinturón—
—Rebecca los observó unos segundos, preocupada, pero asintió— Id con cuidado. Si veis que es demasiado inestable, regresad. No vale la pena arriesgarse hoy, tenemos dos semanas enteras.
Con eso dicho, Tyler y Theodore se adentraron en la maleza, siguiendo el pequeño sendero de tierra que conectaba el campamento con las ruinas que habían divisado desde el helicóptero. El ambiente era denso, los sonidos de la selva envolvían cada paso con una mezcla de crujidos y chillidos lejanos.
Poco a poco, la vegetación empezó a ceder, y frente a ellos se alzaron los restos de una construcción olvidada. Piedra cubierta de musgo, muros rotos, pilares vencidos por el paso del tiempo. Las ruinas exhalaban una sensación de abandono, pero también de espera. Como si algo dentro aún respirase.
Tyler sacó su linterna y apuntó hacia la entrada principal. Un arco de piedra medio derrumbado dejaba paso a un pasillo oscuro, cuya profundidad era imposible de calcular a simple vista.
— Qué silencio —susurró Theodore—
— Sí... —respondió Tyler, casi sin pensarlo— Silencio que da mala espina.
Aun así, cruzaron el umbral. El aire en el interior era pesado, cargado de humedad y con un olor agrio a moho y tierra estancada. Cada paso levantaba una pequeña nube de polvo. Los haces de luz de sus linternas barrían las paredes, revelando inscripciones medio borradas, relieves erosionados y estructuras que apenas se sostenían.
El lugar estaba deteriorado, pero no muerto. Había rastros de algo más. Tyler no podía decir con certeza qué lo hacía sentir esa inquietud, tal vez las marcas en las paredes, o la forma en que el eco parecía responder más de la cuenta. Pero algo le decía que aquel lugar no era simplemente una ruina más.
— ¿Ves eso? —dijo Theodore de pronto, apuntando a una pared agrietada— Esa inscripción... no parece de una civilización que hayamos estudiado.
— Tampoco me suena. Y eso que revisé todos los registros antes de venir.
— Esto no es una ruina ordinaria, Tyler. Lo siento en los huesos.
Tyler asintió, sin dejar de mirar el fondo del pasillo. Más adelante, una abertura llevaba a lo que parecía una sala amplia. Pero no se arriesgaron a seguir. No todavía.
— Volvamos. —dijo finalmente— Será mejor que preparemos al resto antes de adentrarnos más.
— De acuerdo. —murmuró Theodore, aunque sus ojos seguían clavados en aquel pasillo oscuro— Pero algo me dice que este sitio... guarda mucho más de lo que parece.
Ambos dieron media vuelta, la luz de sus linternas perdiéndose poco a poco en la oscuridad mientras salían de la estructura. Afuera, el viento nocturno comenzaba a soplar suavemente, como si la selva se hubiera quedado expectante.
Y las ruinas, en silencio, parecían esperar su regreso.