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Dos Amigos. Parte 2

The Radiant Twilight | Parte 3. Prehistoric Rage · por Aldex29 · 16 de septiembre de 2026

Como cualquier otro niño, Tyler y Theodore llegarían a la escuela en donde coincidieron por primera vez. La escuela era, para muchos, un simple paso obligado. Para otros, una prisión temporal. Para Tyler, era un espacio más donde su curiosidad encontraba alimento. Para Theodore, sin embargo, era el único lugar donde podía respirar. Donde su padre no estaba. Donde podía, al menos por unas horas, fingir que era un niño más. 

Tyler notó que Theo siempre estaba solo, sentado en el rincón del aula, dibujando figuras extrañas en su cuaderno. No hablaba mucho, no respondía a bromas, y parecía observar al mundo como si no terminara de confiar en él. Pero Tyler, con la paciencia que solo los niños criados con amor saben tener, se acercó a él sin esperar nada a cambio. 

¿Eso es un dinosaurio? —le preguntó, mirando su dibujo 

Theo no respondió, pero asintió con la cabeza, bajando la mirada. 

Está muy bien hecho. Me gustan los dinosaurios también. —dijo Tyler, con una sonrisa sincera 

Ese fue el inicio. No hubo grandes gestos, ni confesiones. Solo una presencia constante. Tyler lo invitaba a su casa de vez en cuando, donde Theodore apenas hablaba, pero comía como si no lo hiciera en días. Jugaban en silencio, y cada tanto, Tyler lo escuchaba murmurar alguna frase que parecía haber guardado por semanas. 

Con el tiempo, Theo comenzó a abrirse, poco a poco. Nunca contó lo que ocurría en casa, pero Tyler lo intuía. Las marcas en sus brazos, la forma en que se sobresaltaba con ruidos fuertes, o cómo se quedaba mirando durante minutos una puerta cerrada, no necesitaban palabras. 

A partir de ese momento, empezaron a encontrarse más seguido. En los pasillos, en la biblioteca, en los recreos que antes pasaban aislados. Hablaban de todo, pero inevitablemente también de ellos. Una tarde, sentados bajo la sombra de un viejo roble en la parte trasera del colegio, el tema de sus casas salió a flote. 

Tu vida suena... perfecta. —dijo Theodore, con los ojos clavados en el césped— Tus papás te quieren, te escuchan, te entienden. Yo… no puedo decir lo mismo. 

Tyler lo miró con atención, pero no interrumpió. Sabía escuchar, y eso era raro a esa edad. 

A veces, desearía que mi casa fuera como la tuya. —confesó Theodore, con un hilo de voz casi roto— Que todo doliera menos. Que no tuviera que andar midiendo cada palabra. Que mi madre no tuviera que… 

No terminó la frase. No hizo falta. Tyler se le acercó un poco más, sin decir nada, y solo le dio una palmada en el hombro. Un gesto pequeño, pero que pesaba como un abrazo largo. 

Tu eres fuerte. —le dijo finalmente— Aunque no lo parezca. Tu eres bastante fuerte. Y un día, vas a salir de ahí. Vas a hacerte grande. Vas a ser alguien. 

Esas palabras me las dijo mi madre... ahora es mi sueño... —respondió Theodore, con la mirada más fija que nunca— Ser alguien, importar, que me escuchen y respeten. Que no me miren como si fuera invisible. Ser… exitoso. Reconocido. Aunque nadie crea en mí ahora. 

Tyler asintió con energía. 

Entonces no lo hagas solo. —le dijo con una sonrisa— Yo quiero estar ahí también. Ser parte de eso. 

Theodore lo miró sorprendido, pero por primera vez en mucho tiempo, también sonrió. Una sonrisa sincera. De esas que duelen un poco por lo poco acostumbradas. 

¿Lo dices en serio? 

Claro que sí. Hacemos una promesa entre tú y yo. Vamos a crecer. Vamos a hacer algo grande. Y no nos vamos a separar nunca. Pase lo que pase. 

Se dieron la mano como si fueran adultos firmando un trato irrompible. Ninguno de los dos sabía exactamente qué implicaba esa promesa. Pero en sus corazones, sentían que habían empezado algo más fuerte que el pasado de cada uno. Algo que podía convertirse en futuro. 

Y mientras la campana sonaba a lo lejos, marcando el fin del recreo, los dos chicos se pusieron de pie. Uno con una infancia hecha de abrazos. El otro con una marcada por golpes. Pero ahora, unidos por un pacto invisible que les daría rumbo, incluso en los días más oscuros. 

Años después, ya en la secundaria el dúo siguió creciendo junto sin separarse. El vínculo que unía a Tyler y Theodore no era amistad forjada por intereses comunes. Era algo más primitivo y personal. Tyler, el que había crecido con amor, había decidido compartirlo con alguien que solo había conocido el miedo. Y Theodore, a su manera callada, se había dejado alcanzar por esa luz, aunque nunca supo cómo corresponderla del todo. 

Desde entonces, Tyler fue una constante en la vida de Theo, ambos se graduaron de la universidad y se volvieron arqueólogos que eventualmente consiguieron ser aceptados en la creciente y famosa Eclipse Laboratories. Ambos jamás se separaron y siempre que podía pasar se unían otra vez, como si el destino supiera que algunas heridas solo pueden ser sostenidas por quienes estuvieron ahí desde el principio. 

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