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El Despertar. Parte 5

The Radiant Twilight | Parte 3. Prehistoric Rage · por Aldex29 · 17 de septiembre de 2026

El rugido se extendió como una ola brutal a través de la selva, sacudiendo árboles, dispersando aves, y haciendo temblar hasta el aire mismo. A kilómetros de allí, Theodore, aún en su forma humana, se detuvo en seco. Sus ojos se abrieron de par en par, su pecho se infló con una mezcla de sorpresa y reconocimiento. 

Ese sonido no era natural y él lo sabía. No era de un animal común, aún recordaba que aún quedaba otro fósil y ya dio por hecho que quién sea que lo haya absorbido se había transformado. 

— No estoy solo —murmuró con una sonrisa creciente— 

Se lanzó a correr por la maleza, esquivando raíces y follaje con una ligereza que no había sentido antes. Cada músculo en su cuerpo vibraba de emoción. Sabía que tenía que volver con el grupo. Que ese rugido podía significar peligro. Pero sobre todo, significaba que alguien más estaba como él. 

Después de varios minutos atravesando la selva, fue cuando lo encontró. 

Una criatura titánica, de proporciones monstruosas, avanzaba con desesperación a través de la maleza. Su piel era de un tono oscuro y escamoso, con pequeñas plumas recorriendo sus piernas, brazos y cuello, su cuerpo poderoso y su cabeza coronada por una mandíbula de pesadilla. Era un tiranosaurio, sí pero no un animal. Era algo más. Algo intermedio. 

Theodore, oculto tras unos arbustos, tragó saliva. Lo sabía. No había duda. 

— Eres tal y como yo… —susurró, con los ojos iluminados por una mezcla de temor y ambición— 

El miedo estaba ahí, palpitando en su estómago. Pero lo que predominaba era otra cosa: confianza. Una soberbia que nacía de lo que ya había vivido, de esa energía que había sentido al transformarse. 

— Puedo enfrentarte —se dijo. Y entonces se alzó, decidido a provocar su cambio— 

Se golpeó el pecho como lo había hecho hace rato, pero no consiguió nada más que llamar la atención de la bestia. El tiranosaurio se giró, olfateando el aire. 

— Vamos, vamos —susurró Theodore, golpeándose de nuevo con más fuerza— 

Theodore retrocedió, por primera vez en mucho tiempo sintiendo un escalofrío en la espalda. La criatura rugió y cargó con fuerza bruta hacia él. El suelo vibraba. Las hojas temblaban. Todo lo que había en su camino era arrollado. 

Theodore giró y corrió sin mirar atrás. Tropezó, se levantó, jadeó, y siguió corriendo. El monstruo lo perseguía con ferocidad, y cada zancada suya sonaba como un tambor de guerra. 

— ¡Vamos! —gritó Theodore con rabia, apretando los dientes— ¡ME NIEGO A MORIR AQUÍ! 

Golpeó su pecho con desesperación con mayor fuerza que las anteriores veces y está vez pudo sentirlo a la perfección, un calor que se extendía por todo su cuerpo, energía. Sabía que su transformación estaba a punto de llegar y todo se volvió blanco por una fracción de segundos. Y cuando su visión volvió, ya no era un simple humano. 

Sus brazos se habían vuelto más grandes, gruesos, con una fuerza abismal. Su piel, dura como una coraza. En su rostro ahora se alzaban tres cuernos imponentes, y una enorme gola ósea protegía su cuello. Su cuerpo era el de una bestia. Un triceratops bípedo. 

Y delante de él, el tiranosaurio detuvo su carrera. Gruñó. Ambos se miraron, una criatura nacida del caos y otra, de la voluntad y sin más, ambos rugieron con furia y se lanzaron el uno contra el otro a toda velocidad. 

El suelo temblaba con cada pisada, cada embestida. Dos bestias prehistóricas resucitadas por medios incomprensibles chocaban como titanes en el corazón de la selva. Árboles eran derribados como si fuesen de papel. Aves y animales huían despavoridos ante la batalla que se desataba entre rugidos y gruñidos atronadores. 

Theodore, convertido en su forma de triceratops, clavó su mirada en los ojos salvajes del tiranosaurio que tenía delante. Sus músculos eran rocas tensas, su piel dura como el granito. Y, sin embargo, su mente seguía lúcida. Estaba allí dentro, consciente, pensante, incluso arrogante. 

— Eres rápido… —pensó, esquivando un coletazo que podría haber partido una roca— pero bruto, impulsivo e inestable. ¡Quién esté detrás de ti es demasiado débil como para aguantar semejante poder! 

El tiranosaurio volvió a lanzarse con fuerza, fauces abiertas como un abismo de muerte. Theodore se giró en el momento justo, embistiendo con sus cuernos el costado de la criatura, haciéndola tambalear y chocar contra un árbol, que crujió y se desplomó con estrépito. 

— No voy a matarte aún. —reflexionó, observando cómo su oponente se reincorporaba, bufando con violencia— Quiero saber quién eres, necesito saberlo. 

Clavó una rodilla contra el suelo para absorber mejor la próxima embestida y alzó su cuerpo imponente. 

— ¡Quiero que entiendas que no soy débil y que si estás en esto conmigo, tendrás que ceder ante mí! 

El tiranosaurio rugió de nuevo y cargó a toda velocidad, pero Theodore ya lo esperaba. Se plantó firme, bajó su cabeza y, con un movimiento violento, lo recibió con una embestida directa en el pecho. El impacto fue ensordecedor. La bestia salió disparada varios metros, rodando entre ramas, tierra y piedras. 

Theodore caminó hacia él con paso seguro, dominante, respirando con fuerza. 

— Podría aplastarte ahora mismo si quisiera… pero no. No aún. 

El tiranosaurio se sacudió, claramente debilitado. Parecía más agitado que herido. Sus ojos, por un instante, mostraron una chispa de algo, pero no del todo. 

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