La cafetería, aunque más silenciosa que en sus años de gloria, conservaba aún ese eco familiar de pasos, tazas chocando, murmullos compartidos y alguna que otra risa ocasional. Las paredes, una mezcla de blanco grisáceo y paneles desgastados, estaban cubiertas de pantallas apagadas y viejos posters científicos que ya nadie se molestaba en reemplazar. En una de las mesas del fondo, ocupando una esquina con vistas a los jardines exteriores, estaban tres figuras conocidas.
— Mira nada más quién se dignó a venir —soltó Lucas en cuanto Tyler y Rebecca se acercaron—
Lucas Brown de treinta y siete era inconfundible: postura erguida, camisa perfectamente planchada, aunque nadie lo exigiera, y una sonrisa que oscilaba entre el sarcasmo y el afecto. Se acomodó las gafas con un gesto automático y palmeó la silla vacía a su lado.
— Pensamos que te habías exiliado al ala arqueológica para siempre —añadió, mientras Mike, sentado a su izquierda, levantaba la mano tímidamente en señal de saludo—
— Casi lo hace. —dijo Rebecca tomando asiento— Pero aún lo podemos rescatar de caer en una especie de depresión.
Tyler se dejó caer frente a ellos con un suspiro breve, acomodando la silla y asintiendo a Theo, que asintió de vuelta con su típica expresión imperturbable. El más callado del grupo, Theodore Price, tenía los brazos cruzados y una taza de café entre las manos. De rostro anguloso, cabello largo, mirada concentrada y cejas fruncidas por costumbre, parecía siempre estar evaluando el entorno, aunque rara vez dijera en voz alta lo que pensaba.
— Te perdiste la discusión sobre si el café de hoy es peor que el de la semana pasada —murmuró Theo, sin apartar la mirada de su taza—
— Lo es. —añadió Mike, con una mueca nerviosa mientras revolvía su bebida—
Mike West era el más joven del grupo, de apenas veintisiete años, con una energía temblorosa que lo hacía parecer perpetuamente al borde de algo que bien podría ser una pregunta, una excusa, una preocupación. Su cabello rizado caía ligeramente sobre sus ojos y se sentaba encorvado, como si intentara ocupar el menor espacio posible.
— ¿Y tú qué has estado haciendo, Tyler? —preguntó Lucas mientras se servía agua— ¿Revisando más vasijas rotas? ¿Tratando de descifrar jeroglíficos que nadie va a financiar?
— Sí, más o menos eso. —respondió Tyler con una sonrisa ladeada— Aunque no sabes lo emocionantes que pueden ser las fracturas por presión en piezas del siglo XV antes de Cristo.
—Lucas soltó una carcajada— ¡Por supuesto! Y nosotros aquí perdiéndonos la fiesta.
— Él siempre fue el raro del grupo. —comentó Rebecca, alzando una ceja hacia Mike— ¿Verdad que sí?
— ¿Yo? Eh… bueno… a mí me parece interesante… lo que hace Tyler —balbuceó Mike con sinceridad, aunque desviando la mirada rápidamente al sentirse observado—
— Gracias, Mike. Al menos alguien me respeta en esta mesa.
— Solo un poco. —susurró Theo, apenas audible.
Rieron todos, incluso él, aunque apenas fuera una curva sutil en sus labios. Durante un momento, el ambiente se sintió cálido, como un recuerdo rescatado de otro tiempo. Los cinco hablaban de todo y de nada: de una publicación científica que Lucas había criticado sin piedad, de un dron defectuoso que casi deja ciego a Mike en su último experimento, de una exposición internacional cancelada por miedo a nuevas amenazas “sobrehumanas”.
Cada tanto, surgía el tema de cómo había cambiado el mundo en tan solo dos años. Cómo Eclipse, antaño faro de conocimiento y vanguardia, había sido empujada hacia un rincón oscuro por los avances incontrolables y que las personas no entendían de una nueva era: la era de las habilidades, de los fenómenos, de lo imposible volviéndose cotidiano.
— ¿Creen que alguna vez podamos volver a ser importantes? —preguntó Mike, en un tono más bajo, casi para sí mismo—
El silencio que le siguió fue breve, pero palpable. Theo entrecerró los ojos. Lucas se cruzó de brazos. Rebecca bajó la vista. Tyler fue el único que respondió.
— No lo sé. Pero si dejamos de creerlo, seguro que no.
Hubo algo en su voz que sonó más firme de lo esperado. Más decidido. Como si, en medio de toda esa decadencia silenciosa, él aún viera una chispa encendida bajo los escombros.
— Bueno, bueno, qué dramático. —dijo Lucas, alzando su vaso— A este paso, te nombrarán nuevo jefe. Yo brindaré por eso.
— Y yo brindaré por sobrevivir a la semana. —añadió Mike, chocando su taza con la de Lucas de forma torpe pero genuina—
Las copas y tazas se encontraron en un tintineo desigual, y por unos minutos más, se permitieron ser solo eso: un grupo de amigos disfrutando en medio del caos.