14 de abril de 2024, San Francisco. Un edificio que alguna vez resplandeció con orgullo. Su fachada de vidrio reflejaba el cielo con tal nitidez que parecía flotar sobre el mundo moderno, y su nombre “Eclipse Laboratories” había sido sinónimo de innovación, descubrimiento y futuro. Pero ahora, apenas se mantenía en pie como una sombra de sí mismo. Las puertas automáticas chirriaban al abrir, las luces parpadeaban con cierta desidia, y los pasillos que antaño bullían con voces entusiastas estaban hoy vacíos, silenciosos como una biblioteca olvidada, un lugar que había perdido una gran cantidad de su personal.
Uno de los empleados que aún se mantenían en el edificio, Tyler Roberts, caminaba por uno de esos pasillos, con las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones, aunque apenas se sentía un arqueólogo.
A sus treinta y ocho años, había dedicado casi dos décadas al estudio de la arqueología desde un enfoque experimental y multidisciplinario, creyendo que esa ciencia era la clave para poder entender el pasado con herramientas del futuro. Eclipse le había ofrecido ese sueño. En sus días dorados, contaban con departamentos especializados en todo tipo de ciencias: genética, robótica, geología, astrobiología… incluso habían financiado proyectos de exploración submarina y recuperación de artefactos antiguos.
Ahora todo eso era historia. Literalmente. La mayoría de sus colegas habían abandonado el barco cuando la financiación del gobierno desapareció tras una serie de escándalos con personas referidas comúnmente como “Sobrehumanos”. Algunos departamentos cerraron y otros quedaron reducidos a nombres en puertas vacías.
El área de Tyler era uno de los pocos que aún seguía funcionando, aunque a duras penas. Se aferraban a proyectos pequeños, con presupuesto apenas suficiente para mantener las luces encendidas y los servidores vivos.
Mientras avanzaba por el pasillo del ala oeste, sus pasos resonaban con una cadencia melancólica. Pasó junto a una vitrina polvorienta donde aún se exhibía una réplica de animales extintos, un recuerdo de una expedición que él mismo había ayudado a organizar hace años. Se detuvo un momento, contemplando cada parte del lugar, e inevitablemente pensó en cómo todo parecía extinguirse, incluso los sueños que una vez parecían invencibles.
Y, sin embargo, algo dentro de él se resistía a rendirse. Había visto lo que Eclipse era capaz de hacer. Había vivido sus mejores días. Y por alguna razón sentía que no todo estaba perdido. Que, si algo extraordinario volvía a cruzarse en su camino, si tan solo una chispa reaparecía entre la ceniza, todavía podría recuperar algo de aquella grandeza.
Suspiró suavemente y retomó la marcha. Preguntándose cuando sería el momento en que las cosas puedan mejorar.
Tyler pasó las siguientes horas sumido entre documentos, registros antiguos, modelos digitales y restos de piezas de cerámica que había pedido analizar hacía meses. Trabajaba en un pequeño espacio dentro del ala de arqueología un departamento que ahora solo ocupaba dos laboratorios. Con el paso del tiempo, había aprendido a moverse solo: escaneaba fragmentos con tecnologías de escaneo multiespectral, interpretaba microfracturas, cruzaba información con bases de datos internacionales… todo sin necesidad de otro par de manos. No por gusto, sino porque no quedaban muchas.
Mientras avanzaba entre proyecciones holográficas de sitios arqueológicos y mapas topográficos del norte de África, no pudo evitar preguntarse si todo ese esfuerzo tendría algún día sentido. A veces parecía estar excavando en el tiempo solo para recordar que ya nadie se preocupaba por el pasado. Pero entonces escuchó una voz familiar a su espalda.
— No puedo creer que sigas viniendo aquí todos los días —era una voz cálida, teñida de una ironía ligera—
Tyler levantó la mirada y sonrió con sorpresa. Rebecca Palmer, su antigua colega y una de sus mejores amigas desde la universidad con la cual estudió arqueología, estaba de pie en la puerta con una carpeta bajo el brazo y una ceja levantada. Siempre había sido directa, y no había perdido su costumbre de pasar sin golpear.
— ¿Y tú no eras la que decía que jamás volvería a pisar este pasillo si seguía oliendo a humedad? —respondió él, dejando la pantalla en suspensión—
—Rebecca soltó una risa breve, cruzando los brazos— He madurado. Ahora me conformo con que el café esté caliente.
— Qué valiente.
Ambos compartieron una pequeña risa que por un instante pareció revivir algo del viejo Eclipse. Después de un momento en silencio, ella dio un paso más al interior del laboratorio.
— Estamos en la cafetería. El grupo de siempre. Mike, Theo… incluso Lucas se dignó a aparecer. ¿Te unes?
— ¿Lucas? ¿Ese Lucas?
— El mismo. Sigue igual de orgulloso, pero con Mike a su lado.
Tyler se levantó, estirando un poco los hombros adoloridos.
— Bueno, con eso me convenciste.
Salieron del laboratorio y caminaron por los pasillos ahora menos solitarios. El eco de sus pasos era más suave, como si la conversación hubiera traído algo de vida de vuelta al lugar. Mientras doblaban una esquina, pasaron junto a uno de los espacios comunes transformado ahora en un rincón de trabajo silencioso. Allí, junto a una mesa llena de cables y papeles revueltos, estaba un chico llamado Oliver.
El joven, de apenas veinticinco años, había sido uno de los talentos más prometedores en ciencia cuántica de Eclipse. Brillante, dedicado, con una mente que absorbía datos como una esponja. Pero desde finales de 2022, algo en él se había apagado. Tras una serie de eventos que nadie conocía del todo, su energía se volvió opaca, su voz casi inexistente. Seguía viniendo, trabajando en cosas que pocos entendían, pero su presencia era más la de un espectro que la de un compañero de trabajo.
—Rebecca bajó un poco la voz— ¿Ha dicho algo últimamente?
— No conmigo —murmuró Tyler, observándolo de reojo— Siempre está así, como si esperara que todo volviera a ser como antes.
— ¿Y si tú lo eres? —preguntó ella de forma casi filosófica—
— ¿Yo? —Tyler arqueó una ceja—
— El que haga que algo cambie. No sé… siento que, si hay alguien tan terco como para seguir creyendo en este lugar, ese eres tú.
Tyler no respondió de inmediato. Miró a Oliver una vez más, ese joven que representaba lo que todos temían ser: una víctima del colapso silencioso que había azotado a Eclipse. Luego desvió la mirada y siguió caminando junto a Rebecca, con un nudo leve en la garganta. Sabía que, en el fondo, ella tenía razón. Y esa idea lo perseguiría más de lo que quería admitir.
Al llegar a la cafetería, el murmullo de las voces conocidas lo sacó de sus pensamientos. Por ahora, solo quería sentarse, compartir una charla, y recordar, aunque fuera por un rato, cómo se sentía formar parte de algo que aún valía la pena.