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Prólogo

The Radiant Twilight | Parte 3. Prehistoric Rage · por Aldex29 · 15 de septiembre de 2026

Hace mucho tiempo, cuando las primeras civilizaciones humanas comenzaban a levantar templos, fundir metales y escribir sus mitos en tablillas de arcilla, un fenómeno inexplicable surcó el cielo y marcó la historia de la Tierra sin que nadie lo comprendiera. 

Una noche, sin advertencia alguna, las estrellas se apagaron brevemente y el firmamento fue invadido por una lluvia de meteoritos que no se parecía a nada conocido por los antiguos pueblos. No eran rocas comunes ni fragmentos inertes del espacio: cada uno de ellos ardía con un resplandor violeta cósmico, tan brillante que iluminaba los desiertos, los ríos y las aldeas como si fuese pleno día. Ningún ser vivo era capaz de entender que era este extraño fenómeno y lo único que pudieron hacer era observar con miedo y esperar no morir por ellos. 

Los meteoritos se estrellaron en distintos puntos del planeta, provocando cráteres profundos y desprendiendo una energía silenciosa que parecía latir bajo la tierra. Algunos impactaron en regiones montañosas y remotas, otros quedaron enterrados en selvas espesas o bajo los lechos de lagos antiguos. 

Donde fuera que impactaran, iban a dejar tras de sí una atmósfera alterada, un leve zumbido en el aire y una sensación constante de que algo había cambiado, aunque los pobladores no pudieran explicar qué era. Los animales evitaban las zonas del impacto, y la vegetación cercana comenzaba a crecer con formas inusuales, casi irreconocibles. 

Las culturas de la época, incapaces de comprender el origen del suceso, lo interpretaron como una señal divina. Un suceso el cual fue escrito con representaciones abstractas sobre el cómo piedras brillantes caían del cielo, los herreros intentaron fundir fragmentos sin éxito, y los gobernantes buscaron convertirlos en objetos sagrados o armas de poder sin saber que con el paso del tiempo la enorme cantidad de los fragmentos terminaron por perder aquello que los caracterizaba y se volvieron rocas comunes. 

Eventualmente, con el paso de las generaciones, el recuerdo de la lluvia violeta se transformó en mito, y los restos deteriorados de los meteoritos quedaron ocultos por el tiempo, enterrados por la tierra y la indiferencia de la historia. 

A pesar del olvido, algunos pocos fragmentos permanecieron activos, ocultos bajo capas de roca y silencio. Esperaron sin prisa, invisibles al ojo humano, hasta que la era adecuada volviera a despertar su esencia. 

Aquella noche, durante la Edad de Bronce, el mundo cambió para siempre, aunque nadie supiera aún que el verdadero eco de ese evento resonaría miles de años después, cuando la Tierra estuviera lista para enfrentar lo que había quedado dormido.

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