Las sirenas comenzaron a llenar el aire minutos después del enfrentamiento. Helicópteros rodeaban el puente. Patrullas y vehículos especiales de contención se estacionaban a toda velocidad. Agentes de la OISS, policías armados y paramédicos se dispersaban por el área con profesionalismo, asegurando el perímetro, atendiendo a los heridos y evaluando los daños colaterales.
Una camilla descendía rápidamente del costado de la ambulancia mientras varios médicos corrían hacia el cuerpo inmóvil de Theodore, que ya no estaba transformado.
En ese momento, Alex apareció caminando a paso firme, abriéndose paso entre oficiales y personal médico. Traía consigo un maletín metálico que no soltó ni un segundo. Con el rostro serio y aliviado, se dirigió al jefe de la operación sin titubear.
— Aquí está. —dijo, abriendo el maletín frente a los agentes— Esto debe colocarse inmediatamente en su cuello antes de que despierte.
Dentro del maletín había un collar grueso de metal oscuro, cargado con luces tenues y líneas de tecnología densa. Algunos oficiales lo miraron con desconfianza.
— ¿Qué es eso? —preguntó uno de los supervisores—
— Un inhibidor de transformación. —explicó Alex— Fue diseñado específicamente para él. Impide que vuelva a mutar bajo cualquier circunstancia. El sistema está enlazado con un código biométrico... solo yo puedo activarlo o desactivarlo.
— ¿Estás seguro de que es necesario?
—Alex lo miró con superioridad— Es bastante obvio que este hombre no se va a detener por su cuenta. Esto es lo único que nos garantiza que no vuelva a intentar algo como lo de hoy o cualquiera de las veces que se transformó, por supuesto que es necesario agente. Así que ponédselo inmediatamente ahora.
Los médicos y agentes obedecieron. Se acercaron al cuerpo semiconsciente de Theodore con precaución, y tras algunos ajustes cuidadosos, colocaron el collar alrededor de su cuello. Este emitió un breve zumbido y un parpadeo verde al activarse. Se cerró con un sonido metálico sutil, encajando a la perfección.
Rebecca, Anne y Edward observaban en silencio. Tyler, aún sentado contra la baranda del puente, miraba todo sin decir nada, envuelto en un manto de pensamientos y cansancio. Uno de los agentes de la OISS se giró hacia Alex.
— ¿Y qué hay del otro? —preguntó, señalando disimuladamente a Tyler—
—Alex negó suavemente con la cabeza— Roberts está bien. Ha demostrado suficiente control y es una buena persona, no necesitará nunca uno de esos.
— ¿Estás seguro? —insistió—
— Siempre lo estoy. —respondió Alex con una sonrisa, firme, mirando de reojo a Tyler— Confío en él, está lejos de ser como Price.
El agente no respondió, pero anotó algo en su tableta antes de alejarse. La calma regresaba de a poco, aunque el puente de San Francisco lucía como un campo de guerra moderno. Tyler desvió la mirada al suelo. Ni siquiera podía sentirse agradecido por la confianza de Alex. No después de lo que casi había hecho.
Pero aún estaba ahí. No lo había perdido todo, no todavía. Y eso, aunque fuera mínimo, era suficiente para dar el siguiente paso.
El puente comenzaba a despejarse poco a poco. Los helicópteros se alejaban del cielo grisáceo, y los vehículos de emergencia se retiraban, dejando solo el eco de sus sirenas a lo lejos. Los últimos agentes se encargaban de custodiar a Theodore mientras era trasladado, ahora bajo el efecto del collar inhibidor.
Tyler seguía sentado en el suelo, con la mirada perdida en sus propias manos. Aún podía sentir los restos de sangre entre sus dedos. Sus garras ya habían desaparecido, pero el recuerdo de lo que estuvo a punto de hacer seguía palpitando como una herida abierta. Su respiración era lenta, cargada de pensamientos que no podía ordenar.
Alex se le acercó en silencio. Se agachó a su lado, sin decir nada al principio.
— Casi... —murmuró Tyler, sin mirarlo— Casi lo mato. No sé qué me pasó, no fue como otras veces donde no era consciente de lo que pasaba... esta vez yo fui consciente de lo sucedido y aun así seguí haciéndolo. No sé lo que habría hecho si Rebecca no hubiera llegado.
Sus ojos se humedecieron, pero parpadeó antes de permitir que una lágrima se escapara.
— Me salvó. Y no es la primera vez. —agregó con voz baja— Siempre ha estado para mí. Siempre, no sé si la merezco... ni siquiera sé si merezco estar aquí, con vosotros.
Alex colocó una mano firme en su hombro.
— Tyler, no digas eso.
Antes de que pudiera responder, Rebecca se acercó por detrás. No dijo nada, solo lo miró con ternura y preocupación. Tyler la miró y le dedicó una sonrisa sincera, cansada, rota, pero agradecida.
— Gracias. —le dijo— De verdad. No sé cómo pagarte esto. Ni a ti, ni a Alex... ni a Edward ni a Anne.
— No tienes que pagarnos nada. —dijo Edward, llegando también junto a Anne, ambos mostrando heridas ocasionadas durante el combate, pero sin perder la calidez— Estamos contigo.
— Lo importante es que estás bien, y que lograste recuperar el control. —añadió Anne con suavidad— No te dejaste vencer por eso que llevas dentro. Y eso es lo que importa.
Tyler los miró a los tres, respirando hondo. La tensión en sus hombros empezó a ceder. Por primera vez en semanas, sintió un poco de paz.
— Parece que todo terminó, ¿no? —dijo, aunque en su voz aún había una pizca de duda—
Alex suspiró, mirando al horizonte con una sonrisa cálida, donde las luces de San Francisco comenzaban a encenderse de nuevo como si quisieran disimular los daños.
— Por ahora sí. —respondió— Pero vamos a tener que estar atentos. Esta guerra fue parte de algo más grande, no sé cómo decirlo, pero es así... Lo importante es que estamos contigo.
Tyler asintió. El viento soplaba con calma. A pesar de los escombros, los agujeros en el puente y las huellas de una batalla feroz, por un momento, todo se sentía en equilibrio.