Tyler se lanzó con una furia renovada, sus garras chocando contra los cuernos de Triceratops en una colisión titánica. Ambos monstruos retrocedieron, pero no se detuvieron. Fue como si algo en su interior hubiese aceptado finalmente la batalla, no como una condena sino como una decisión.
Los árboles caían como cerillas, el suelo temblaba bajo su peso, y en cuestión de minutos, ambos titanes cruzaron la última línea del lugar en el que estaban y entraron a la ciudad de San Francisco.
Coches frenaban en seco, la gente gritaba y corría al ver a las dos criaturas destrozando el asfalto. Ventanas explotaban por las ondas de choque, alarmas comenzaban a sonar por todas partes.
Tyler lo vio todo y lo odiaba con toda su alma. Odiaba que sus peleas tuvieran que poner en riesgo a inocentes. Odiaba ver los rostros de las personas huyendo en pánico por su culpa.
"¿¡Por qué tiene que ser aquí!? ¿¡Por qué siempre en medio de todo el mundo!?"
El caos lo envolvía, pero no lo hacía perder el control. Al contrario, algo dentro de él se estabilizaba. Su rabia, su impotencia, su deseo de proteger se fusionaban. Y mientras Triceratops embestía, Tyler lo esquivaba con una precisión nueva, nunca antes vista.
Lo golpeó numerosas veces, cada una más fuerte que la anterior, como si el odio que sentía sobre la situación lo hiciera más fuerte. Los autos salieron volando por los aires cuando el cuerpo de Theodore chocó contra varios coches estacionados. Tyler jadeaba, pero su determinación no flaqueaba. Tenía el control.
Por fin, no como un monstruo sin mente, no como una bestia desatada. Ahora, era él quien luchaba, no T-Rex y lo estaba arrinconando.
Aun así, cada golpe que recibía le dolía. Las embestidas de Triceratops no habían perdido potencia. Su cuerpo ya mostraba heridas: una costilla rota, sangre deslizándose por su mandíbula escamosa, una de sus garras sangrando tras un mal golpe.
Pero seguía de pie, más fuerte que nunca. No por rabia ciega, sino porque tenía un propósito claro: el proteger, resistir y ponerle fin. Theodore gruñó mientras se levantaba de entre los escombros. Lo miró con rabia, pero también con un destello de duda.
— No eres el mismo de antes… —dijo, limpiándose la sangre de su pico.
Tyler no respondió. Solo lo observó con sus ojos encendidos, resoplando con fuerza. Y dio un paso más al frente, uno que retumbó como una declaración.
"Me cansé de la destrucción. Esta vez, yo decido cómo termina todo esto.”
El suelo vibraba con cada impacto. Triceratops embistió con furia, destrozando una línea de autos estacionados. Tyler lo detuvo con ambas manos, las garras aferrándose a los cuernos de su antiguo amigo mientras retrocedía arrastrando sus pies por el asfalto, levantando chispas y polvo a su paso.
Ambos rugieron al unísono, como si el mundo temblara ante ellos.
Los edificios crujían. Cristales estallaban. Una farola salió volando y cayó justo delante de un grupo de personas que escapaban en pánico, pero Tyler, en un instante de lucidez, giró y bloqueó su caída con su cola, salvándolos. La gente gritó, pero vivió gracias a esa acción.
Aunque su furia quemaba su interior, no perdía la conciencia. Seguía allí, con cada rugido y cada golpe. No era una bestia n iiba a permitir que lo volviera a ser.
Una patada de Triceratops lo lanzó contra un edificio de oficinas. Los cristales cayeron en lluvia mientras su cuerpo atravesaba la pared y salía por el otro lado. Pero Tyler se levantó, con los ojos brillando con una intensidad nueva.
Mientras a varios kilómetros de la ciudad, entre los restos del bosque destrozado, Edward se incorporaba apoyándose en su hermana. Tenía raspones y una herida, pero seguía en pie. Anne, aun temblando, le ayudaba a caminar.
— Tenemos que ir tras él. —gruñó Edward— Tyler está solo contra ese psicópata…
— Estoy contigo. —asintió Anne—
Dieron unos pasos cuando una figura emergió de entre los arbustos. Era Rebecca. Su ropa estaba sucia y tenía una venda improvisada en el brazo.
— ¡Voy con vosotros!
— ¡No! —saltó Edward sin dudar— Esto no es tu pelea. Es demasiado peligroso.
— ¡Lo sé! Pero… ¡también sé lo que está en juego! —gritó ella, con la voz quebrada— ¡No quiero que muera nadie más!
Hubo un silencio tenso. Anne la miró, con el rostro serio, pero con cierta compasión.
— No podemos cuidar de ti también. Lo siento, Rebecca.
Y sin esperar más, ambos hermanos echaron a correr, dejando atrás a la chica que los observó desaparecer por el sendero lleno de árboles caídos, huellas enormes y el rastro de destrucción que se dirigía directo a la ciudad. Rebecca apretó los puños.
Mientras tanto, en San Francisco, las sirenas sonaban por doquier. Los helicópteros sobrevolaban la zona, capturando las imágenes de los dos monstruos colosales que luchaban a muerte entre los rascacielos.
Tyler esquivó otro ataque. Un autobús rodaba por la calle, sin control, directo hacia una madre con su hija. Con un giro violento, lanzó una roca enorme para desviar el autobús, golpeó justo a tiempo. La madre lloraba de miedo, pero estaba a salvo y él seguía luchando por cada vida que debía proteger.