Anne se lanzó hacia Dorian con el corazón latiéndole con violencia en el pecho. No le importó la toxicidad del aire, ni las consecuencias de detrás de ella. Solo pudo ver a su maestro arrodillado en el suelo, con la piel manchada por el veneno y escombros, la sangre escurriendo por la herida en su abdomen.
— ¡señor Rivers! —su voz salió quebrada, su respiración entrecortada por el pánico mientras se arrodillaba a su lado—
Él levantó la vista con dificultad, sus ojos entrecerrados por el dolor, pero aún con esa calma que siempre lo había caracterizado.
— no pongas esa cara, Anne… —murmuró, su voz apenas un susurro—
— vas a estar bien, lo juro. Te sacaré de aquí. pue- puedo limpiar el veneno con agua, puedo...
—Dorian negó con la cabeza con una débil sonrisa— no es necesario… No hay nada que puedas hacer.
Anne sintió su garganta cerrarse.
— no, eso no es cierto. ¡Claro que hay algo que puedo hacer! No puedes decirme que… que este es tu final.
Pero en el fondo, lo sabía. Dorian exhaló con esfuerzo, su mano temblorosa tocando la herida en su costado.
— desde el momento en que decidí enseñarte… ya sabía que no vería el final de todo esto.
Anne mordió su labio, tratando de contener las lágrimas que amenazaban con caer.
— ¡no digas eso! ¡No puedes dejarme así!
—Dorian sonrió con gentileza— tú has sido la mejor aprendiz que pude haber deseado… te has convertido en la hija que nunca tuve...
Anne se congeló. Su labio tembló y, por un segundo, sintió que todo a su alrededor se volvía un eco lejano.
— señor Rivers…
Él levantó su mano lentamente y, con el mismo gesto que hizo cuando se conocieron, tocó su frente con la punta de su dedo.
Anne sintió una oleada de calor recorrer su cuerpo. Un torrente de energía inmensa la envolvió, como si el océano mismo se fundiera dentro de ella. Su piel se estremeció, su respiración se cortó, y en su interior, supo lo que estaba pasando.
Dorian le estaba entregando todo. El agua a su alrededor respondió al instante, girando en corrientes que parecían honrar la despedida de su maestro.
— tú eres ahora… la nueva portadora de los Litros —susurró con su último aliento—
Y entonces, su mano cayó. El mundo pareció detenerse. Anne sintió el frío recorrerle la espalda cuando el peso del cuerpo sin vida de Dorian se apoyó contra ella.
Su mente se negó a aceptarlo. Pero su corazón ya lo sabía. Dorian ya no estaba.
Y con su muerte, su legado ahora vivía en ella.
Anne estaba ahí, arrodillada junto a su cuerpo inerte, con la mente completamente vacía y la piel erizada por la energía que ahora fluía en su interior. Su maestro se había ido. Y ella no había podido hacer nada para evitarlo.
A su alrededor, el caos de la batalla se había desvanecido. La Mugre había escapado en la confusión, dejando tras de sí un rastro de destrucción y personas gravemente heridas. Edward estaba unos metros más adelante, con la respiración pesada y el rostro tenso.
— mierda…
Edward apretó los dientes, llevándose una mano a la cabeza, como si tratara de procesar lo que acababa de pasar. Miró a su alrededor, observando los cuerpos de los heridos, el puente destrozado, la sangre impregnando el suelo. Sus puños se cerraron con fuerza.
Anne, sintiendo su furia aumentar con cada segundo que pasaba, se levantó de golpe y lo encaró.
— ¡todo esto es tu culpa! —gritó, su voz cargada de rabia y dolor—
Edward giró el rostro hacia ella con una expresión hostil.
— ¿¡qué demonios estás diciendo!?
— ¡por tu maldita imprudencia, el señor Rivers, mi amigo y mentor está muerto! ¡Mira a tu alrededor! ¡Hay gente herida, Edward! ¡Mucha gente que no tenía nada que ver con esto y que ahora está pagando las consecuencias de tu estúpida rabia!
Edward frunció el ceño, sintiendo un nudo en el estómago. Sabía que Anne tenía razón. Pero no quería admitirlo.
— yo no fui el que atacó a esas personas, Anne. Fue esa cosa.
— ¡pero fuiste tú quien le dio la oportunidad de hacerlo! —Anne avanzó hacia él con furia— ¡Siempre te comportas como si la fuerza lo resolviera todo, como si lo único que importara fuera lo que sientes en el momento! ¡¿Y qué pasó esta vez?! ¿Qué conseguiste? ¡Nada más que destrucción!
Edward sintió una punzada de culpa en el pecho, pero la enterró bajo su orgullo.
— ¿y qué querías que hiciera? ¿Quedarme de brazos cruzados mientras esa cosa seguía viva? —exclamó, su tono defensivo—
— ¡quería que pensaras, joder! —Anne lo empujó con ambas manos, su cuerpo temblando de frustración— ¡Que usaras la cabeza por una vez en tu vida! Pero no, Edward solo sabe lanzarse sin mirar atrás, sin importarle a quién arrastra con él.
Edward la miró con rabia, pero también con algo más. Algo que ni siquiera él podía identificar.
— ¿y qué se supone que haga ahora, Anne? ¿Esperar a que otro muera? ¿Que alguien más pague por lo que no hice?
Anne respiró hondo, sus ojos ardiendo por las lágrimas contenidas.
— lo que debes hacer es aprender. No puedes seguir peleando así, no puedes seguir viendo esto como un maldito juego donde solo importa tu venganza.
Edward desvió la mirada.
— …no tengo tiempo para esto. —se giró para marcharse—
—¡Edward! —Anne intentó detenerlo, pero él no se detuvo—
—voy a acabar con esa cosa antes de que cause una catástrofe mayor. No pienso quedarme aquí a debatir sobre qué tan mala persona soy, ¿entendido?
— ¡Edward, vuelve aquí!
Pero él ya se había ido. Anne se quedó quieta, con los puños cerrados, sintiendo el peso de la situación hundirse sobre ella.
Respiró hondo, volviendo la mirada hacia el cuerpo sin vida de Dorian.
No había tiempo para lamentaciones, se puso de pie con la mirada firme.
La nueva portadora de los Litros debía asumir su papel.
Anne Miller, ahora nombrada Aquaria, debía estar lista.