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Tan Lejos. Parte 3

The Radiant Twilight | Parte 2: Nature Force · por Aldex29 · 13 de septiembre de 2026

Anne se movía de un lado a otro, atendiendo a los heridos con la mayor rapidez posible. Con sus recién adquiridos poderes, podía purificar el agua y crearla desde el aire, usándola para limpiar heridas y aliviar el malestar de quienes habían inhalado el aire tóxico que La Mugre había dejado tras su paso. Pero por más que lo intentara, no podía salvarlos a todos. 

Los paramédicos ya habían llegado al Tower Bridge, algunos horrorizados por la magnitud del desastre. Varios miraban con desconfianza a Anne, pues la energía de los Litros seguía emitiéndose de su cuerpo de manera inestable. Pero ella no se detuvo. No podía detenerse. 

Mientras estabilizaba a una mujer con dificultades para respirar, su mente se desviaba constantemente hacia Edward. 

Él no había escuchado. Como siempre. 

Lo que más le dolía no era su actitud terca e irresponsable, sino el hecho de que, en el fondo, sabía que él también sentía culpa. Pero en lugar de afrontarla, la había cubierto con más rabia, con más violencia, con más estupidez. 

— resiste un poco más... —le dijo a la mujer con un tono sereno, cubriendo su nariz y boca con una pequeña burbuja de agua purificada para ayudarla a respirar mejor— Ya estás a salvo. 

Pero ¿quién los salvaría de Edward si seguía así? 

Anne cerró los ojos un segundo, tratando de mantener la compostura. Aún tenía muchas vidas en sus manos. Su hermano tendría que esperar. 

Edward, por su parte, avanzaba a paso rápido entre las calles, con los puños apretados y el ceño fruncido. Su respiración era pesada, entrecortada por la rabia que lo consumía. La Mugre había escapado. Se le había ido de las manos. Todo este desastre, toda esta muerte, era por su culpa. Pero podía arreglarlo. Podía acabar con esa cosa antes de que hiciera algo peor. No le importaba que tan herido estuviera, que tan extenuado se sintiera. Tenía que encontrarlo y matarlo. 

Su cuerpo crujía con cada paso mientras sus ojos recorrían el horizonte, buscando algún rastro de esa criatura. Su control sobre las plantas estaba también alterado, su cuerpo reaccionando a la tensión que lo embargaba. Sentía la vegetación a su alrededor, las raíces que se extendían por el subsuelo, las hojas estremeciéndose con cada respiración agitada. Pero no encontró nada aún. 

Mientras tanto, en un lugar apartado, lejos del caos y del alcance de Edward, La Mugre se hundía en un basurero industrial. Su cuerpo deforme, compuesto de desechos y podredumbre, se expandía lentamente mientras absorbía todo lo que lo rodeaba. Metal oxidado, plástico descompuesto, restos químicos. Su forma se retorció, adaptándose, fortaleciéndose. Cada pedazo de basura era un nuevo fragmento de su ser, una extensión de su corrupción. Y no iba a detenerse. No hasta que lo devorara todo. 

Esta es la rabia del hombre que fue una vez, Paul Brooks, creciendo para consumir el mundo que le dio la espalda. 

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