Anne cerró la puerta de su apartamento con un suspiro cansado, dejando caer sus llaves sobre la pequeña mesa junto a la entrada. Era tarde, y la luz tenue de una lámpara en la sala indicaba que alguien seguía despierto. Edward seguía de pie, exactamente como lo había dejado esa mañana, con los brazos cruzados y la mirada fija en el televisor que emitía las luces intermitentes de algún programa de mala calidad.
— vaya, mira quién finalmente decidió aparecer —comentó Edward sin mirarla directamente, con un tono cargado de sarcasmo—
—Anne soltó un leve bufido, quitándose los zapatos y estirándose ligeramente— he estado ocupada —respondió mientras avanzaba hacia la sala—
— ¿ocupada con qué? —preguntó Edward, girando la cabeza para mirarla con una mezcla de curiosidad e interés oculto—
—Ella se dejó caer en una de las sillas, masajeándose los hombros adoloridos— con quien me permitió tener estas habilidades. —dijo con una leve sonrisa— Es un buen amigo, y me está enseñando a controlarlas.
Por un breve instante, Edward pareció tensarse. Había algo en la manera despreocupada en la que Anne hablaba que le irritaba. Todo parecía irle tan bien, como si ella siempre encontrara la manera de encajar en cualquier situación. Pero rápidamente reprimió esos pensamientos, optando por mostrar una fachada indiferente.
— ah, qué bien por ti. —dijo, encogiéndose de hombros— Yo aquí, sobreviviendo otro día aburrido, como siempre.
Anne ignoró el comentario. En su lugar, sacó el traje que Dorian le había dado de una bolsa que llevaba y lo sostuvo frente a Edward.
— mira esto. —dijo, con un brillo de emoción en los ojos— Es un regalo de mi amigo. Práctico, ¿no crees?
—Edward se inclinó ligeramente hacia adelante, observando el traje con cierto interés antes de adoptar nuevamente su actitud indiferente— genial, ahora eres una superheroína con su propio disfraz.
—Anne se rio suavemente, sin dejarse afectar— si quieres uno, podría pedírselo como un favor. Quizás se sorprenda que le pida algo así pero seguro que no habría problema.
—Edward frunció el ceño y apartó la mirada— no me interesa. No necesito un disfraz tan colorido o ridículo como esos.
—Anne se encogió de hombros, plegando el traje con cuidado— como quieras.
Cuando se levantó para ir a su habitación, Edward, sin apartar la vista del televisor, la detuvo con un gesto brusco.
— aunque... —dijo, su tono menos seguro de lo habitual—
Anne se giró, arqueando una ceja.
—Edward desvió la mirada hacia la ventana, con las manos en los bolsillos— Quizás… no es tan mala idea. Si puedes pedirle uno, digo.
—Anne le dedicó una sonrisa traviesa— claro, hablaré con él. No hay problema.
Sin decir más, Anne se dirigió a su habitación, cerrando la puerta tras de sí. Edward permaneció de pie, mirando hacia la ventana y las luces de la ciudad. Aunque no lo admitiera, la idea de tener algo como eso despertaba una sensación que no lograba identificar del todo.
El reflejo de las luces parpadeantes del televisor se mezclaba con las de la calle mientras Edward se quedaba inmóvil, perdido en sus pensamientos.
Al día siguiente durante las 3:42 de la tarde. El reloj digital en la pared emitía un leve resplandor rojo, marcando un paso del tiempo que Edward sentía más pesado con cada segundo. Estaba sentado en el sillón del apartamento, con la televisión encendida frente a él. El sonido de los programas era un ruido de fondo que apenas registraba mientras tamborileaba los dedos sobre el reposabrazos.
Afuera, las calles de Londres bullían de vida. Podía escucharlas a través de la ventana entreabierta: risas, motores, conversaciones. Toda esa actividad lo hacía sentirse más atrapado. Cada vez que consideraba salir, se encontraba con la misma barrera mental: su apariencia. Las marcas que ahora recorrían su cuerpo eran un recordatorio constante de lo que había sucedido, y lo último que quería era ver cómo lo miraban los demás.
Cambió de canal, buscando algo que lo distrajera, pero su mente volvió a la conversación de esa mañana. Anne estaba frente a él, con su usual energía, mientras hablaba de volver a visitar a su madre.
— Edward, ya ha pasado demasiado tiempo. —le dijo ella, con una mezcla de seriedad y preocupación— Mamá pregunta por ti todo el tiempo. Está preocupada.
— ¿Preocupada? ¿Por qué? —respondió él, intentando desviar la atención—
—Anne cruzó los brazos, mirándolo como si pudiera ver a través de sus excusas— sabes muy bien la razón, no sabe nada de ti desde que te marchaste por lo que te pasó. Sabe que algo está mal y no quiero seguir ocultándoselo.
Él se quedó en silencio, con la vista fija en el suelo. No podía negarlo: extrañaba a su madre. Pero cada vez que pensaba en verla, imaginaba su reacción al verlo en su nueva forma. El miedo, la sorpresa... el rechazo.
— no puedo, no aún —murmuró finalmente—
Anne suspiró, dejando el tema por el momento. Pero él sabía que lo retomaría más adelante, y esa idea lo carcomía.
De vuelta en el presente, Edward notó un cambio en el tono del programa que estaba viendo. En la pantalla apareció el logo de un noticiero, seguido por imágenes de un puente sobre el Támesis: el emblemático Tower Bridge. La voz de la presentadora era clara y urgente.
— hace apenas unas horas, una criatura desconocida, conocida por algunos como "La Mugre", fue vista en las inmediaciones del Tower Bridge. Las imágenes captadas por un testigo muestran a la criatura causando estragos en la estructura y enfrentándose a las autoridades locales.
Edward se inclinó hacia adelante, observando con atención la pantalla. Las imágenes eran borrosas, pero inconfundibles. La criatura que había enfrentado hacía un par de días seguía con vida. Su silueta grotesca y cubierta de ese material viscoso lo llenó de una ira que no había sentido en mucho tiempo.
— ¿cómo diablos sigues vivo?... —murmuró, apretando los puños—
El noticiero continuaba mostrando fragmentos de video y declaraciones de testigos, pero Edward apenas los escuchaba. Todo lo que podía pensar era en cómo esa cosa había arruinado su vida. Por su culpa, estaba atrapado en este limbo, incapaz de enfrentar al mundo ni a su familia.
Pero ahora, la ira superaba al miedo. Se levantó de golpe, apagando la televisión con un movimiento brusco.
— no puedo quedarme aquí mientras eso sigue suelto... —dijo, dirigiéndose hacia la puerta—
Tomó la chaqueta vieja que se puso cuando decidió volver a la civilización, más por instinto que por necesidad, y salió del apartamento sin mirar atrás. Las calles de Londres estaban tan llenas de vida como había imaginado, pero esta vez no le importó. Su único objetivo era llegar al Tower Bridge y terminar con lo que había comenzado.
No sabía cómo lo haría ni qué se encontraría al llegar, pero algo era seguro: ya no podía quedarse encerrado mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor.