La habitación era fría y sombría, iluminada únicamente por una luz oscilante que colgaba del techo, proyectando sombras grotescas en las paredes de concreto. Paul Brooks estaba atado a una pared, sus brazos y piernas estirados en ángulos incómodos, asegurados con correas gruesas. Su rostro estaba marcado por golpes y cortes, y sus ojos, aunque agotados, mantenían un brillo desafiante, una chispa de humanidad que Andrew Cooper parecía disfrutar apagando lentamente.
Andrew entró, vestido impecablemente como si estuviera a punto de asistir a una reunión de negocios, y no a un espectáculo de tortura. Llevaba en la mano un estuche de cuero, que colocó sobre una mesa cercana. Con una sonrisa helada, lo abrió, revelando un conjunto de dardos afilados, cada uno perfectamente balanceado y brillante bajo la tenue luz.
― sabes, Paul... ―comenzó Andrew mientras sacaba un dardo y lo inspeccionaba― ...nunca he sido fanático del caos descontrolado. Siempre he creído que incluso la violencia debe tener un propósito. Y, sin embargo, aquí estamos, reducidos a esto porque tú decidiste jugar al héroe.
Paul intentó moverse, pero las correas no cedieron. Andrew giró el dardo en sus dedos, observándolo con fascinación.
― no busco nada de ti realmente, al menos ahora. ―se acercó lentamente hasta quedar frente a Paul― Ya que no quisiste colaborar como experimento solo puedo hacer contigo una cosa. Entretenerme.
Sin previo aviso, Andrew dio un paso atrás y lanzó el primer dardo. El proyectil se clavó con precisión quirúrgica en el hombro derecho de Paul, arrancándole un grito de dolor. Andrew sonrió satisfecho.
― ¿sabes? Esto es terapéutico. Ayuda a afinar la puntería y a despejar la mente.
Paul respiraba con dificultad, tratando de ignorar el ardor en su hombro.
― enfermo hijo del demonio... ―dijo débilmente―
Andrew lanzó otro dardo, esta vez al muslo de Paul, exactamente en el mismo lugar donde había clavado un golpe antes.
― oh, lo sé. ―se encogió de hombros mientras se acercaba para recuperar los dardos y examinarlos― Pero la verdadera pregunta aquí es: ¿por qué sigues luchando? No tienes nada, Paul. Ni familia, ni amigos, ni futuro. Eres... prescindible.
Andrew lanzó otro dardo, esta vez al abdomen de Paul, que se convulsionó por el impacto.
― y, sin embargo, destruiste algo que tenía un valor incalculable. ―su tono se endureció mientras se acercaba de nuevo, mirando a Paul a los ojos― ¿qué te hizo pensar que alguien tan insignificante como tu valía más que el Elixir?
Paul no respondió. Apenas podía mantenerse consciente, el dolor era insoportable, pero no le daría a Andrew la satisfacción de escuchar sus súplicas.
Andrew, frustrado por el silencio, lanzó los últimos dos dardos en rápida sucesión, ambos clavándose con una precisión aterradora en el pecho de Paul, justo donde latía su corazón.
― ¿sabes qué es lo más interesante de ti, Paul? ―preguntó mientras recogía sus dardos con calma― Que incluso cuando estás al borde de la muerte, sigues siendo tan irrelevante como siempre.
Paul dejó escapar un suspiro final y su cabeza cayó hacia un lado.
―Andrew observó el cadáver de Paul― limpiad esto ―ordenó Andrew a los guardias que esperaban fuera de la habitación―
Los hombres entraron y desataron a Paul, que yacía inerte, como una marioneta rota. Sin cuestionar las órdenes, envolvieron su cuerpo en una lona y lo cargaron fuera de la instalación.
― aseguraros de que desaparezca. ―Andrew se detuvo antes de salir― Las alcantarillas son un buen lugar.
Los guardias asintieron y llevaron el cuerpo de Paul a una entrada de alcantarillado cercana, donde lo arrojaron sin ceremonia al agua estancada y fétida.
Andrew, mientras tanto, volvió a su oficina, limpiando cuidadosamente los dardos y colocándolos de nuevo en su estuche.
― adiós, Paul Brooks. ―murmuró para sí mismo con una sonrisa― Qué desperdicio tan necesario.
Lo que Andrew no sabía era que el cuerpo de Paul, aunque parecía muerto, no estaba completamente inerte. Algo oscuro y desconocido se movía en su interior, alimentándose del dolor y el sufrimiento, preparándose para renacer.