En medio de la tarde, un hombre caminaba por las calles de su vecindario, una jungla de concreto desgastado y sueños rotos. Se llamaba Paul Brooks, sus hombros encorvados y su mirada apagada eran reflejo de una vida que había perdido el brillo hace mucho. El sol de la tarde bañaba la ciudad, pero para Paul, era solo otro recordatorio de que incluso la luz parecía estar en su contra.
En su mano llevaba un billete arrugado, suficiente apenas para un sándwich frío y una bebida pequeña. Entró a una tienda de conveniencia, ignorado por el dependiente y los pocos clientes. Escogió su almuerzo, intentando no mirar los productos que sabía que no podía permitirse.
Cuando salió, apenas había dado unos pasos antes de sentir un tirón en su bolsillo trasero. Instintivamente giró y vio a dos adolescentes corriendo con su cartera.
― ¡hey, alto! ―gritó, persiguiéndolos―
Pero sus piernas, débiles por años de agotamiento y mala alimentación, no estaban a la altura. Tropezó con una baldosa suelta y cayó al suelo, raspándose las palmas y las rodillas. Los ladrones desaparecieron en un callejón cercano, llevándose lo poco que tenía.
Paul permaneció en el suelo por un momento, respirando con dificultad, no solo por el esfuerzo físico, sino también por el peso de la frustración. A su alrededor, la gente pasaba sin siquiera mirarlo. Algunos lo esquivaban, otros murmuraban algo entre dientes, pero nadie se detenía a apoyarlo.
Con esfuerzo, se levantó y limpió sus manos en su pantalón. Sin un centavo y con el orgullo más magullado que su cuerpo, regresó a su casa, un pequeño departamento en un edificio viejo que parecía tambalearse con cada brisa.
Ya en su casa después de otra humillación a su vida, abrió la puerta que rechinaba. El interior era tan miserable como el exterior: muebles desgastados, una mesa coja, y una cocina que apenas funcionaba. El único ruido era el zumbido monótono del refrigerador, una máquina más vieja que él.
Se dirigió a la cocina y revisó lo poco que quedaba en la despensa. Un poco de pan duro y una lata de sopa barata. Suspiró y comenzó a preparar algo para comer.
Mientras el agua hervía en una olla oxidada, Paul se quedó mirando la ventana, la vista de un callejón lleno de basura. La sensación de vacío era insoportable.
"¿Qué estoy haciendo con mi vida?"
El agua empezó a burbujear, pero antes de que pudiera reaccionar, todo cambió.
De repente, sintió una fuerza detrás de él. Antes de que pudiera girarse, algo frío y áspero cubrió su rostro. Intentó gritar, pero el aire era escaso, y su visión se nubló rápidamente.
― ¡tranquilo! ―dijo una voz masculina con firmeza― No lo hagas más difícil.
Paul se debatió con todas sus fuerzas, pero estaba débil, y quienes lo sujetaban eran mucho más fuertes. Sintió que lo arrastraban, sus pies apenas tocando el suelo.
El mundo se desvaneció mientras lo metían en un vehículo, y el rugido del motor fue lo último que escuchó antes de que todo quedara en silencio.
Cuando despertó, estaba atado a una silla en una habitación oscura. La luz de una lámpara colgante se balanceaba suavemente sobre él, iluminando apenas el contorno de la habitación. El sabor metálico en su boca y el dolor en sus muñecas lo devolvieron a la realidad.
Una figura apareció frente a él, vestida completamente de negro, con un aire intimidante. Siendo este Andrew.
― Paul Brooks. ―dijo con una sonrisa fría― Tienes un nuevo propósito.
Paul tragó saliva, su voz temblorosa apenas saliendo de su garganta.
― ¿quién... quiénes sois vosotros? ¿Qué queréis de mí?
Andrew se inclinó, dejando que la luz revelara parcialmente su rostro.
― digamos que te hemos seleccionado para un experimento... especial. No te preocupes, no tienes nada que perder. ―la sonrisa se ensanchó, cruel y burlona― Después de todo, tu vida no tiene mucho valor, ¿cierto?
Los ojos de Paul se llenaron de lágrimas, no de miedo, sino de una desesperación que no encontraba salida. Su miseria, que hasta ahora había sido un peso invisible, se había convertido en algo mucho más tangible y aterrador.
Mientras la figura se retiraba, Paul oyó pasos firmes que resonaban en la sala. Se quedó solo, con el eco de esas palabras crueles.
Paul permanecía atado a la silla, inmóvil y en silencio. Sus muñecas ardían por la fricción de las correas, pero no era eso lo que lo atormentaba. El eco de las palabras crueles del hombre que lo había interrogado seguía resonando en su mente.
La puerta metálica chirrió al abrirse, y una figura imponente entró con calma. Andrew volvió nuevamente, con una presencia gélida y autoritaria, se colocó frente a él.
― Paul Brooks, ―comenzó Andrew, su tono más despectivo que antes― ¿Sabes qué es lo más trágico de ti? No eres nadie. Ni siquiera un desperdicio interesante.
Paul lo miró con rabia contenida, apretando los dientes, aunque su cuerpo temblaba.
― ¿qué quieres de mí? ―logró decir, aunque su voz sonó débil―
Andrew dejó escapar una pequeña risa burlona.
― quiero aprovechar tu... potencial. ―se inclinó hacia él, sus ojos fríos perforándolo― No te engañes, Paul. Tu vida no vale nada. Ni para ti ni para nadie más. Pero yo voy a cambiar eso.
Paul trató de hablar, pero Andrew continuó, ignorando cualquier intento de réplica.
― vas a ser parte de algo más grande que tú, algo que podría redefinir lo que significa ser humano. Lo que voy a hacerte será mucho más significativo que cualquier cosa que hubieras logrado en esa miserable existencia que llamas vida.
La dureza de sus palabras golpeó a Paul como un mazo.
― ¡eso no te da derecho a hacerme esto! ―gritó, forzando sus ataduras― ¡No puedes jugar con la vida de las personas como si fueran juguetes!
Andrew se echó hacia atrás, observándolo como si fuera un experimento curioso.
― jugar... ―repitió, saboreando la palabra― ¿Y para qué están los juguetes sino? Para jugar y usarlos a tu antojo...
La puerta volvió a abrirse, y dos hombres entraron con un pequeño maletín de metal. Lo colocaron en una mesa junto a Andrew y se retiraron sin decir una palabra. Andrew abrió el maletín, revelando una jeringa que contenía un líquido brillante de un color verde: el Elixir.
Paul sintió el pánico apoderarse de él.
― ¡no, por favor! ―intentó moverse, pero las correas lo mantenían firme―
Andrew tomó la jeringa con calma, caminando hacia Paul como si estuviera en un quirófano.
― deberías sentirte honrado. Estás a punto de ser mejor, Paul. Aunque no lo merezcas.
Sin más preámbulos, le clavó la aguja en el brazo y presionó el émbolo. Paul gritó, más por desesperación que por el dolor. Sentía el líquido recorriendo sus venas, una sensación fría que rápidamente se transformó en un calor abrasador.
Andrew dio unos pasos hacia atrás, dejando caer la jeringa vacía sobre la mesa.
― ahora, veamos qué tan especial puedes ser.
Cuando Andrew cortó las correas de la silla, Paul se liberó de inmediato y, con toda la fuerza que pudo reunir, se abalanzó sobre él. Su puño chocó contra la mandíbula de Andrew, un golpe fuerte pero desesperado.
Andrew apenas retrocedió, llevando una mano a su mandíbula con una sonrisa torcida.
― bueno, al menos tienes algo de espíritu.
Antes de que Paul pudiera intentar otro golpe, Andrew le devolvió uno con una precisión brutal. El impacto lo lanzó al suelo como un saco de arena, dejándolo aturdido y con un dolor punzante en el costado de la cara.
Andrew se inclinó sobre él, sus ojos brillando con una mezcla de satisfacción y frialdad.
― esa fue tu primera y última oportunidad de rebelarte, Paul. Ahora, deja que el Elixir haga lo suyo.
Se dio la vuelta y salió de la habitación, dejando a Paul tirado en el suelo. Las luces de la habitación se atenuaron, y el único sonido era el zumbido de los monitores que ahora lo observaban desde diferentes ángulos.
Paul se quedó inmóvil, su cuerpo ardiendo desde el interior. Mientras intentaba recuperar el aliento, comenzó a notar algo extraño. Su piel hormigueaba, y sus músculos parecían tensarse y relajarse al mismo tiempo, como si algo estuviera reorganizándose dentro de él. La desesperación dio paso al terror. Algo estaba cambiando, y él no podía detenerlo.