La mañana era fría, pero Anne no se detuvo. Su determinación la impulsaba mientras caminaba con paso firme hacia la jardinería de su madre y su hermano. Había pasado la noche en vela, reflexionando sobre la confrontación del día anterior y las implicaciones del robo de las plantas. Esta vez no pensaba irse sin una solución.
Al llegar, abrió la puerta principal sin tocar. Mary, quien estaba arreglando unas plantas en el mostrador, se giró sorprendida.
― Anne, cariño, ¿todo bien? ―preguntó, dejando sus herramientas a un lado―
― ¿dónde está Edward? Necesito hablar con él, ahora mismo. ―dijo sin perder el tiempo―
― no está aquí. No lo he visto desde anoche. ―dijo tras ladear la cabeza confundida―
La respuesta la descolocó.
― ¿cómo que no está? ¿se fue temprano?
―Mary negó con la cabeza― no lo sé. Fui a despertarlo esta mañana como siempre, pero su cama estaba vacía. Sus cosas están en su habitación, pero no hay señales de él. Pensé que había salido antes de que yo me levantara.
Anne sintió una punzada de preocupación mezclada con frustración.
― voy a subir a ver su habitación, ¿está bien? ―preguntó, aunque ya estaba avanzando hacia las escaleras―
Mary asintió con preocupación, pero no dijo nada más.
Cuando Anne abrió la puerta de la habitación de Edward, se encontró con un caos que no esperaba. La cama estaba deshecha, las sábanas tiradas al suelo. Papeles y herramientas que solía usar en la jardinería estaban esparcidos por toda la habitación. Pero lo que más le llamó la atención fueron los pequeños brotes verdes que crecían en varias esquinas del suelo y del escritorio, como si las plantas hubieran comenzado a invadir el espacio.
― ¿qué demonios...? ―susurró, dando un paso hacia adelante―
Cerca del escritorio, un frasco vacío yacía volcado, con un rastro de humedad verdosa en el suelo. Anne lo recogió con cuidado y lo examinó. Reconoció el brillo residual: eran las plantas.
― ¿qué hiciste, Edward...? ―murmuró, apretando los labios―
Miró alrededor una vez más, buscando alguna pista sobre dónde podría haber ido su hermano. Pero la habitación no ofrecía respuestas claras, solo un sentimiento de inquietud que se hacía más profundo con cada segundo.
Anne bajó las escaleras rápidamente.
― mamá, ¿segura que no ha dicho nada? ¿No dejó una nota, algo? ―preguntó con urgencia―
Mary negó, preocupada.
― no, Anne. Pensé que lo vería en el desayuno como hace unos días, pero no apareció. ¿Qué está pasando?
Anne dudó por un momento. No quería alarmar a su madre más de lo necesario, pero tampoco podía ocultar la gravedad del asunto.
― no lo sé... pero voy a encontrarlo.
Con el frasco vacío en mano y un millón de preguntas en la cabeza, Anne salió de la casa con un propósito claro: descubrir qué había ocurrido con su hermano y, más importante, qué había hecho con las plantas.