Edward despertó con un sobresalto, una sensación extraña recorriendo su cuerpo. Se sentía pesado, como si algo en su interior estuviera creciendo, presionando contra sus músculos y huesos. Parpadeó hacia el techo, incapaz de determinar si lo que lo había despertado era un sueño inquietante o esta nueva y peculiar incomodidad. La garganta le ardía de sequedad, y el cuerpo entero le pedía un vaso de agua como si llevara días sin beber.
Se levantó lentamente, notando una rigidez en las extremidades, y se dirigió hacia el armario. Al abrirlo, apartó unas camisas colgadas para llegar al pequeño frasco escondido detrás. Dentro, las plantas que había robado flotaban en el agua que él mismo había vertido. Observó con curiosidad cómo parecían moverse sutilmente, como si tuvieran vida propia. La tonalidad brillante del agua, de un verde lima casi hipnótico, le resultaba fascinante.
― raras como ellas solas... ―murmuró, cerrando el armario y restregándose los ojos―
Después de un rápido lavado de cara y un desayuno mínimo, bajó las escaleras hacia la jardinería. Su madre ya estaba atendiendo a los primeros clientes del día, como de costumbre, mientras los rayos del sol iluminaban los estantes llenos de macetas y plantas florecientes.
― ¡buenos días, dormilón! ―le saludó Mary, sin dejar de hablar con un cliente―
Edward respondió con un simple gesto de cabeza, pero incluso ese saludo breve se sintió pesado. No podía sacudirse la extraña sensación de que algo en él estaba... cambiando.
Comenzó a regar unas plantas mientras organizaba otras en una mesa de madera, pero cada vez que levantaba la regadera, el agua parecía más irresistible. Hizo una pausa, mirando fijamente el chorro cristalino antes de apartar la vista, incómodo. Su garganta le exigía otro vaso de agua, y su piel parecía pedir el calor directo del sol.
Intentó ignorar ambas cosas y siguió trabajando, pero los síntomas no se desvanecían. Al contrario, parecían intensificarse. En un momento, mientras trasladaba una maceta pesada, se detuvo bajo el sol y sintió algo parecido a una descarga de energía recorriendo su cuerpo. Cerró los ojos por un segundo, dejando que el calor lo invadiera. Fue solo la voz de su madre la que lo sacó de ese trance.
― ¿Edward? ¿Estás bien? ―preguntó Mary desde el mostrador, notando su expresión ausente―
― sí, claro. Estoy... bien ―respondió rápidamente, apartando la mirada―
Edward volvió a sumergirse en su trabajo, aunque sus pensamientos estaban muy lejos de las plantas y los clientes. Algo extraño estaba ocurriendo, y aunque no podía explicarlo, sabía que no era normal. Durante todo el día, esa sed insaciable y la necesidad de estar bajo el sol lo persiguieron como un recordatorio constante de que algo en su interior había cambiado.
Sin embargo, en lugar de asustarlo, la sensación comenzaba a despertar algo más: una curiosidad insaciable que lo impulsaba a averiguar qué era lo que realmente estaba ocurriendo.
El día transcurrió lentamente para Edward, y aunque intentó concentrarse en su trabajo, las sensaciones extrañas no lo abandonaron. Cada movimiento le hacía más consciente de que algo en él estaba cambiando. Incluso al atender a los últimos clientes del día, sentía como si su cuerpo estuviera más pesado, pero a la vez más resistente.
Cuando finalmente cerraron la jardinería, dejó escapar un suspiro profundo mientras se apoyaba en el mostrador. Se frotó la frente, y, sin darse cuenta, deslizó los dedos por su antebrazo. Su piel, aunque no tan rígida como la corteza de un árbol, se sentía extrañamente más dura de lo normal.
“¿Qué demonios me está pasando?”, pensó mientras miraba sus manos, girándolas lentamente.
Saltándose la cena, subió directamente a su habitación, cerrando la puerta con cuidado. Caminó hacia el armario, donde había dejado el frasco con las plantas, y lo sacó con delicadeza. El brillo verde lima que emitían era tan fascinante como la primera vez que las vio en el laboratorio. Las colocó sobre el escritorio y se sentó, observándolas con atención.
Edward tomó una lupa que solía usar para inspeccionar detalles en las hojas de las plantas y comenzó a examinar las plantas más de cerca. No eran como nada que hubiera visto antes, con una textura que parecía ondular ligeramente bajo el agua. "Estas cosas deben valer una fortuna", pensó mientras imaginaba cómo venderlas podría aliviar los problemas económicos de su familia.
En ese momento, el sonido de su teléfono lo hizo sobresaltarse. Lo sacó del bolsillo y vio el nombre de Anne en la pantalla. Dudó por un instante, pero finalmente contestó.
― ¿Anne? ¿Qué pasa?
― Edward, hola. Lamento llamarte tan tarde, pero quería informarte algo importante ―dijo su hermana, con un tono más serio de lo habitual―
― ¿importante? ―preguntó él, aunque su mirada seguía fija en las plantas―
― aparentemente, ayer hubo un robo en el laboratorio. ―dijo Anne, su voz sonaba preocupada― Alguien se llevó una de las muestras de plantas, y Raymond está bastante molesto. No sé si será grave, pero quería saber si tú...
Edward sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sin embargo, su tono no traicionó su creciente nerviosismo.
― ¿yo? Claro que no. Apenas estuve con vosotros un rato, ¿recuerdas?
Anne pareció relajarse un poco al otro lado de la línea.
― sí, lo sé, pero pensé en preguntarte. Si llegas a escuchar algo, avísame, ¿de acuerdo? Raymond cree que quien sea podría intentar venderlas, y eso sería un problema enorme.
― claro, te lo haré saber ―respondió Edward con calma―
― gracias. Bueno, eso era todo. Descansa, ¿de acuerdo? ―respondió Anne aún con un tono que indicaba aún algo de preocupación―
― tú también. Buenas noches. ―contestó Edward―
Edward colgó y dejó el teléfono sobre la mesa, pero su mente seguía dando vueltas. Miró el frasco nuevamente, sus pensamientos divididos entre lo correcto y su creciente necesidad de aprovechar esa oportunidad.
Sus dedos rozaron el vidrio mientras volvía a sentir la incomodidad que lo había acompañado todo el día: la sed, el calor, y esa dureza extraña en su piel. Algo le decía que estas plantas tenían mucho más que un simple valor monetario. Algo que estaba empezando a afectar no solo a su cuerpo, sino también a su mente.