El silencio entre ambos se hizo pesado, como si el aire en el apartamento se hubiera vuelto denso de pronto. Edward, aún sentado en el sofá, dejó escapar un suspiro profundo antes de llevar ambas manos a su capucha. Lentamente, se la quitó, revelando su rostro y su cabello ahora transformados en algo que Anne no había visto jamás.
Su piel parecía estar enrarecida, como si se hubiera fusionado con una textura áspera y levemente vegetal. Sus ojos, antes de un verde, ahora parecían reflejar un tono más oscuro, casi como si algo más habitara dentro de ellos. Su cabello, enredado y con una apariencia quebradiza, completaba la imagen de alguien que había pasado por un infierno.
Anne retrocedió un paso, cubriendo su boca con una mano mientras lo observaba, incapaz de articular palabra. Por unos segundos, el Edward que conocía parecía un extraño.
— ¿lo ves? —dijo Edward con amargura— No es una broma, ni algo que pueda explicar fácilmente.
Anne bajó la mano lentamente, tratando de procesar lo que veía. Aunque su primera reacción fue el miedo, algo dentro de ella le recordó que este seguía siendo su hermano. Sin embargo, la incredulidad y la sorpresa no desaparecieron del todo.
— Edward… ¿Qué te hiciste? —preguntó en voz baja—
Él negó con la cabeza y se inclinó hacia adelante.
— no vale la pena regañarme ahora, Anne. Sé que fue un error. Lo sé cada vez que miro mi reflejo.
Anne apretó los labios, las palabras de reproche atorándose en su garganta. Quería culparlo, gritarle, pero al mirarlo de nuevo, lo único que pudo sentir fue una mezcla de tristeza y compasión.
— las plantas… —murmuró finalmente— ¿Qué pasó con ellas?
Edward metió la mano en su bolsillo, sacando un pequeño paquete envuelto de forma improvisada. Lo abrió con cuidado y dejó al descubierto las plantas, que antes brillaban con un verdor saludable, pero que ahora estaban secas, oscuras y prácticamente irreconocibles.
— están muertas —dijo Anne, horrorizada, tomando el paquete para inspeccionarlo—
— no pudieron soportarlo. —contestó Edward, apoyando los codos en sus rodillas y frotándose las sienes— Tras mi encuentro con esa… cosa, estaba claro que estas se verían afectadas. Creo que lo que sea que emanaba su cuerpo fue lo que las destruyó.
Anne levantó la vista de las plantas para mirarlo con preocupación.
— ¿cosa? ¿De qué hablas?
Edward tomó aire antes de explicar lo sucedido. Le contó cómo, mientras buscaba comida y algo de normalidad, se cruzó con un hombre que parecía inofensivo, solo para descubrir que estaba siendo devorado por una criatura hecha de suciedad y contaminación. Su voz temblaba al recordar los detalles: el hedor, la violencia, su desaparición.
— era como si la suciedad y contaminación cobrara vida, Anne. No era un ser humano. Y cuando me enfrenté a él, algo en mí supo que no iba a sobrevivir si no lo alejaba. Lo lancé al río y hui, pero... no sé si sigue ahí, vivo o muerto.
Anne se quedó en silencio, apretando las plantas muertas entre sus dedos. La historia de Edward era increíble, pero algo en su tono de voz y en los detalles la hacía imposible de ignorar. Tragó saliva, mirando las plantas una última vez antes de dejarlas sobre la mesa.
— Edward, yo… yo también he cambiado —confesó, sus palabras apenas audibles—
Él alzó la mirada, frunciendo el ceño.
— ¿qué quieres decir?
— conocí a alguien. —continuó Anne— Un hombre que dice que soy la siguiente en algo llamado los Portadores de Magnitud. Ahora puedo… puedo controlar el agua, al menos un poco.
Edward soltó una carcajada seca, pero había incredulidad en sus ojos.
— ¿tú? Controlar el agua. Claro, ¿por qué no? Después de todo lo que he visto, supongo que cualquier cosa es posible.
— es en serio —dijo Anne, levantándose y tomando el jarrón de flores marchitas que había en una mesita cerca del sofá. Lo sostuvo frente a Edward, cerrando los ojos por un segundo antes de alzar una mano sobre él—
El agua dentro del jarrón comenzó a elevarse, formándose en pequeñas esferas que giraban lentamente en el aire. Anne movió sus dedos con cuidado, guiando las esferas hasta que cayeron de nuevo al recipiente con un leve chapoteo.
Edward se quedó boquiabierto.
— no puede ser…
Anne dejó el jarrón sobre la mesa y se cruzó de brazos, mirándolo con una mezcla de desafío y cansancio.
— ¿ahora me crees?
Edward asintió, todavía procesando lo que acababa de ver.
— esto es… más grande de lo que imaginaba.
Anne suspiró y se quedó de pie frente a él.
— entonces dime, Edward, ¿qué se supone que haga con todo esto que me has contado? ¿Qué hacemos ahora?
Edward la miró a los ojos, más serio de lo que Anne recordaba haberlo visto jamás.
— no lo sé, Anne. Pero algo me dice que lo único que podemos hacer es prepararnos. Algo se acerca, y no será bueno. ¿Qué dices?