El gigantesco cuerpo de La Mugre comenzó a desmoronarse casi de inmediato. Lo que una vez fue una amalgama de desechos y residuos contaminantes se disolvía rápidamente en un lodo espeso y oscuro, como si toda la materia que lo componía perdiera cohesión sin su núcleo para mantenerla unida. Edward apenas tuvo tiempo de alejarse cuando los restos comenzaron a caer a su alrededor, deslizándose y hundiéndose en la arena y el agua en cuestión de segundos.
Aún de rodillas sobre la superficie inestable, sintió su cuerpo completamente exhausto. Sus músculos de madera estaban tensos, su energía drenada hasta el punto en que apenas podía mantenerse en pie. El aire que respiraba se sentía más liviano, menos denso sin la presencia opresiva de aquella criatura.
Desde lo alto de las aguas, Anne había observado todo el desenlace con el corazón en un puño. Desde su posición, había visto a su hermano hundir sus brazos en la cabeza de La Mugre, había visto cómo la criatura se quedó inmóvil y, finalmente, cómo su colosal cuerpo comenzó a desintegrarse hasta no dejar rastro. Ahora, con el mar abierto bajo su control, observaba a Edward, solo, de rodillas en la arena húmeda. Viéndolo ahí, bajó del agua entusiasmada y feliz por la victoria que ambos habían estado anhelando por tantos días.
— ¡Edward, te he visto desde el agua! ¡Bien hecho, ya hemos terminado con esto! —dijo contenta de que aparentemente todo haya acabado para ellos dos al fin. Sin embargo, su tono y expresión cambió cuando vio que su hermano el cual tenía más ganas de terminar con La Mugre, no reaccionaba—
— ¿Edward?... —dijo mientras se arrodillaba a su lado poniendole una mano sobre el hombro—
Él no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en el lugar donde La Mugre había estado, en el vacío dejado por la criatura que había destruido. No había restos, no había nada que indicara que alguna vez estuvo ahí. Paul Brooks realmente se había ido.
— ya está hecho… —susurró finalmente, su voz apenas un hilo—
Anne lo observó en silencio por unos segundos antes de asentir con suavidad.
— sí… lo está.
Edward sintió un nudo en la garganta cuando finalmente asimiló lo que había sucedido. Una parte de él quería gritar de alivio, otra quería llorar de tristeza. Había terminado. La Mugre ya no existía. Pero Paul tampoco.
Respiró hondo y se pasó una mano temblorosa por el rostro, tratando de encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que sentía. Miró a Anne, quien seguía a su lado, observándolo con una mezcla de preocupación y paciencia.
— esa cosa… la criatura que queríamos detener… que yo quería matar... —dijo con la voz temblorosa— alguna vez fue un humano. Un tipo llamado Paul Brooks.
Anne frunció levemente el ceño, sin interrumpirlo.
— no era un monstruo desde el principio… No era malo. Solo… solo sufrió demasiado. Durante toda su vida. Nadie lo ayudó. Nadie lo escuchó. Y al final, lo usaron y lo tiraron como si no valiera nada.
Su hermana no dijo nada. Solo lo observó, con una mirada suave pero firme.
Edward bajó la cabeza, sintiendo sus propias palabras pesar sobre él.
— yo… —se le quebró la voz— me equivoqué con él.
No pudo seguir. Su cuerpo estaba agotado, pero su mente aún más. Todo lo que había visto dentro de ese espacio en blanco con Paul, cada recuerdo de una vida marcada por el dolor y el rechazo, ahora lo entendía todo. Y en el fondo, se preguntaba qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.
Anne no intentó decirle que no se culpara ni que no había otra opción. En lugar de eso, simplemente se inclinó hacia él y lo abrazó con fuerza. Edward, sin fuerzas para resistirse, dejó caer su peso sobre ella y cerró los ojos por un momento.
— está bien… —susurró Anne— todo está bien.
El viento marino soplaba suavemente, y por primera vez en mucho tiempo, Edward sintió una verdadera calma. Un alivio que le pesaba en el pecho, pero que al mismo tiempo lo hacía sentir más ligero.
Y entonces, en medio de ese silencio, lo escuchó.
Un susurro apenas perceptible en su mente, una voz conocida pero ahora mucho más serena.
"Gracias."
Edward abrió los ojos y miró a su alrededor, pero no había nadie. Solo el mar extendiéndose frente a ellos y el cielo despejado sobre sus cabezas.
Y luego, un ruido interrumpió la paz.
Desde la distancia, el sonido de hélices cortando el aire se hizo presente. Helicópteros de combate avanzaban rápidamente hacia su ubicación.
Edward respiró hondo y se separó lentamente de Anne.
— supongo que esto aún no ha terminado… —murmuró con cansancio—
Anne miró hacia el cielo y frunció el ceño.
— no, supongo que no.