El 1 de septiembre había traído consigo una sensación de calma que Edward aún no terminaba de procesar. Después de todo lo que había ocurrido en los últimos días, se sentía como si el mundo estuviera dándole un respiro, permitiéndole adaptarse a su nueva realidad. No era que las cosas fueran perfectas, pero al menos ya no tenía que lidiar con la confusión inmediata de su transformación ni con el miedo de ser rechazado por su madre o su hermana.
Por eso, cuando Anne le llamó para que fuera a su apartamento, no dudó en aceptar. Su relación con ella había mejorado mucho después de todo lo sucedido, y lo que habían pasado juntos, sentía que ahora era aún más fuerte. Aun así, no podía evitar preguntarse qué querría su hermana, especialmente con la energía casi ansiosa con la que le pidió que fuera.
Al llegar, notó que Anne estaba de buen humor. Estaba de pie junto a la mesa del comedor con una sonrisa en los labios y las manos apoyadas en un maletín negro.
— ¿qué pasa? —preguntó Edward, cruzándose de brazos—
Anne sonrió aún más y, sin decir nada al principio, deslizó el maletín hacia él.
— es para ti. —dijo finalmente— No me olvidé del favor que me pediste hace un tiempo.
Edward frunció el ceño y miró el maletín sin tocarlo.
— ¿favor?
—Sí… me pediste que le preguntara al amigo que me dio el traje si podía hacerte uno. —dijo Anne con un tono más suave— Pero… con todo lo que pasó…
La expresión de Edward se endureció y bajó la mirada. La muerte de Dorian, el amigo y mentor de Anne aún era un tema que prefería evitar.
— no pude pedírselo… y ahora ya no hay manera de hacerlo. —continuó Anne, sin perder la suavidad en su voz— Pero pensé que, aunque no fuera exactamente lo que querías, tal vez esto te serviría.
Edward sintió un nudo en la garganta. Miró el maletín durante un momento, como si al abrirlo fuera a encontrarse con algo que lo haría sentirse aún peor.
— no sé si lo merezco… —murmuró con un tono sombrío— Tu amigo… murió por mi culpa.
Anne suspiró, pero su expresión no mostró impaciencia, sino determinación.
— no es el momento para pensar en eso, Edward. Ya está superado.
Él apretó los puños por un instante antes de soltarlos lentamente. Sabía que su hermana tenía razón, pero aceptarlo era otra historia. Aun así, sin más demora, abrió el maletín.
En su interior, doblado con precisión, estaba el traje. Edward parpadeó al verlo, sorprendido por el nivel de detalle.
Lo tomó entre sus manos y dejó que sus dedos recorrieran la tela. Era un traje de una sola pieza, diseñado en gris oscuro con líneas verdes vibrantes que recorrían su torso, brazos y piernas, formando un patrón casi natural, como si estuviera imitando las venas de una hoja. Tenía un material con una textura peculiar, resistente pero flexible, perfecto para adaptarse a la corteza de madera que Edward tenía por piel.
En el centro, una banda plateada formaba un cinturón con una hebilla redonda en la que estaba grabado un árbol de pino verde oscuro, resaltando contra el metal. Pero lo más impresionante era cómo el diseño parecía encajar perfectamente con su nuevo cuerpo. Edward había pasado mucho tiempo mirándose al espejo, sintiendo que no era él mismo, que la piel de madera y las hojas que brotaban de sus extremidades eran una maldición visual imposible de disimular.
Sin embargo, este traje no intentaba ocultarlo ni disfrazarlo. Al contrario, lo hacía ver como si siempre hubiera sido así. Como si ser mitad planta fuera algo natural.
— no tienes que usarlo si no quieres. —dijo Anne, observándolo con atención— Pero me pareció que te vendría bien algo… más acorde a ti.
Edward no respondió de inmediato. En su lugar, tomó el traje y se dirigió a la habitación más cercana. Se cambió en silencio, notando lo bien que le quedaba. La tela se ajustaba a su cuerpo con comodidad, y cuando se miró en el espejo de la habitación, no pudo evitar admitir que se veía bien.
No como un monstruo, no como un error, simplemente como él. Cuando salió de la habitación, Anne lo observó de pies a cabeza con una ceja levantada.
— bueno… —dijo Edward con su tono habitual, sin querer mostrar demasiada emoción— Queda bien.
Anne soltó una risa corta y cruzó los brazos.
— ¿solo “queda bien”?
Edward suspiró y desvió la mirada.
— gracias, Anne. De verdad.
—Anne sonrió, satisfecha— sabía que te gustaría.
Edward se quedó en silencio por unos segundos, observando su reflejo en una ventana cercana. La sensación del traje sobre su piel aún era nueva, pero había algo más que rondaba en su cabeza, algo que no podía ignorar por más tiempo.
—sabes... últimamente he estado pensando en una cosa… —murmuró sin apartar la vista de la ventana—
Anne levantó la ceja, cruzando los brazos.
— ¿algo en específico?
—Edward asintió lentamente— cuando peleé contra la Mugre… cuando lo toqué. —dijo con un tono más grave— Pude ver sus recuerdos, sigo sin entender como algo así pudo ser posible, pero vi su historia. —admitió Edward— Lo vi todo.
Se giró hacia su hermana, su expresión endureciéndose.
— vi lo que le hicieron. Vi cómo lo convirtieron en ese monstruo. Y hubo algo que me quedó claro…
Anne lo miró con atención, esperando su siguiente palabra.
— había un hombre… —continuó Edward— No pude ver bien su rostro, pero estaba inyectándole algo a Paul. Algo que fue el detonante que lo convirtió en esa criatura.
Anne frunció el ceño, su mente procesando la información.
— ¿qué tan seguro estás de que esa inyección fue lo que lo convirtió en la Mugre?
Edward cerró los ojos un momento, recordando la escena que había visto en los recuerdos de Paul.
— completamente. Paul estaba atado, rogando… y ese tipo solo lo miró y le clavó la aguja sin decir nada. Después de eso… todo cambió.
Anne sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
— eso suena horrible…
Edward apretó los puños.
— ese tipo no puede quedar impune. No después de lo que hizo.
Hubo un silencio breve antes de que Anne tomara aire y hablara de nuevo.
— dijiste que lo inyectó con algo… ¿Recuerdas cómo se veía la sustancia?
Edward frunció el ceño, haciendo memoria.
— era de un color verdoso… brillante.
Anne abrió los ojos de par en par, sintiendo que su corazón se detenía por un segundo.
— no puede ser… —susurró—
Edward notó el cambio en su expresión.
— ¿qué pasa?
Anne se llevó una mano al rostro, su mente conectando las piezas del rompecabezas.
— esa descripción… encaja con el Elixir que conseguí antes de conocer a Dorian y de todo esto.
Edward se tensó de inmediato.
— ¿el Elixir…? ¿El mismo que te robaron?
Anne asintió lentamente.
— si lo que viste es cierto, entonces ese hombre usó el Elixir para transformar a Paul en la Mugre… lo que significa que tiene acceso a él, esperemos que no lo siga teniendo.
Edward sintió que la rabia burbujeaba en su interior.
— entonces no hay duda. Tenemos que encontrarlo.
Anne lo miró con determinación.
— no solo encontrarlo… Tenemos que asegurarnos de que pague por lo que hizo.
—Edward asintió con firmeza— lo haremos.
Ambos se quedaron en silencio por unos segundos, dejando que la promesa flotara en el aire. No sabían exactamente por dónde empezar, pero había algo claro:
Andrew Cooper, ese hombre estaba en deuda con la justicia y los hermanos Miller se encargarían de que la recibiera.
El viento del día sopló a través de la ventana abierta, sacudiendo las hojas de la corteza de Edward. La ciudad seguía en calma, sin saber que, en ese preciso momento, dos hermanos acababan de tomar una decisión que cambiaría sus vidas para siempre.