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Camino del Perdón. Parte 1

The Radiant Twilight | Parte 2: Nature Force · por Aldex29 · 15 de septiembre de 2026

Edward sintió cómo su mente se fragmentaba en mil pedazos cuando tocó el núcleo. Un instante antes estaba ahí, entre la podredumbre y el hedor, a punto de terminar con la criatura… y al siguiente, ya no estaba en su cuerpo. 

Su visión se desvaneció en un blanco infinito y luego, como si alguien hubiera arrancado el velo de la realidad, se encontró atrapado en un torrente de recuerdos. No eran suyos. Eran de La Mugre… de Paul Brooks. 

¿qué… qué es esto? —murmuró, pero su voz no existía en este lugar 

Todo comenzó en un lugar sombrío, una casa miserable y descuidada, iluminada por la tenue luz de una lámpara rota. El sonido de gritos y llantos llenaba el aire, el eco de una infancia destrozada. Un niño, sucio y con marcas en la piel, temblaba en un rincón mientras un hombre corpulento le gritaba. Cada palabra era una cuchilla, cada golpe, un recordatorio de lo débil que era. 

Edward no podía hacer nada más que ver. 

Las imágenes pasaron como una tormenta. El niño creció, pero su mundo nunca mejoró. En la escuela, era ignorado o golpeado. En casa, el abuso continuaba. Nadie lo ayudaba. Nadie se preocupaba por él. Años de miseria, de frustración reprimida, de odio hirviendo en su interior. Se convirtió en un adolescente marcado por la desesperanza. Luego, en un hombre roto por la indiferencia del mundo. 

Edward sintió la rabia de un hombre que no conocía, pero tenía la certeza de estar relacionado a él… no, más que eso. Sintió su dolor. 

La vida adulta no fue distinta. Trabajos mal pagados, desprecio de todos los que lo rodeaban, humillaciones constantes. El mundo lo escupía una y otra vez, hasta que un día dejó de importarle. Su existencia era un ciclo de sufrimiento sin fin. No había felicidad, no había amor, no había nada. Solo ira, acumulándose, esperando un momento para estallar. 

Luego, la imagen cambió. 

Paul estaba en un lugar oscuro y húmedo. Un sótano, quizás, o algún laboratorio clandestino. Sus muñecas estaban atadas, su cuerpo debilitado. Frente a él, un hombre alto con una bata oscura lo observaba con una sonrisa fría. 

Edward sintió un escalofrío. No conocía a este sujeto, pero había algo en él, en su mirada calculadora, que le provocó una sensación de peligro absoluto. 

El hombre sacó una jeringa llena de un líquido verde brillante. 

eres perfecto para esto —susurró 

La aguja perforó la piel de Paul. Dolor. Un fuego corrosivo recorrió sus venas. Paul gritó, pero el hombre solo lo observó, como si fuera un experimento interesante. 

Los cambios comenzaron casi de inmediato. Su cuerpo se retorció, su piel burbujeó, la carne misma empezó a descomponerse y reformarse en algo inhumano. Paul intentó resistirse, intentó luchar, pero su captor no le dio oportunidad. 

Dardos. Uno tras otro se clavaron en su cuerpo, incrementando el dolor en su cuerpo. Estaba débil, sin poder defenderse. Atado a la pared como un animal, reduciéndose poco a poco a una sombra de lo que una vez fue. 

Y luego… 

Lo arrojaron. 

Su cuerpo inerte cayó en un lugar que parecían alcantarillas. Un lugar en la ciudad donde lo que no servía más era descartado. Un basurero de carne y desechos tóxicos. 

Edward sintió su último pensamiento antes de perderse en la nada. 

"Este mundo me convirtió en lo que soy." 

Todo se volvió blanco de nuevo. 

Un vacío blanco y absoluto lo rodeaba, un silencio tan profundo que hacía eco en su mente. No había sonido, ni viento, ni suelo perceptible bajo sus pies, pero aun así, estaba caminando. Un paso tras otro, avanzaba sin rumbo fijo, atrapado en una especie de bucle infinito. 

El tiempo perdió significado. No sabía cuánto llevaba ahí. Segundos, minutos, horas… Hasta que algo cambió. 

De la nada, el espacio en blanco empezó a deformarse, como si la realidad se estuviera moldeando frente a él. Una figura apareció en la distancia, borrosa al principio, pero cada vez más definida con cada paso que daba. 

Un hombre de estatura promedio, flaco, con la piel sucia y llena de cicatrices. Su ropa, raída y maltrecha, colgaba de su cuerpo como si alguna vez le hubiera pertenecido a alguien más. Su rostro era familiar. Edward lo había visto antes, en los recuerdos que había absorbido. 

Paul Brooks. El hombre estaba sentado en el suelo con la cabeza gacha, mirando sus propias manos como si no supiera qué hacer con ellas. Respiraba de forma entrecortada, y cuando alzó la vista, sus ojos oscuros se clavaron en Edward. 

No había rabia. No había locura. Solo un vacío profundo y abismal. 

Edward sintió un nudo en la garganta. Por primera vez desde que comenzó esta pesadilla, se dio cuenta de algo. La Mugre no era solo un monstruo. No era solo un enemigo a vencer. 

Hace no mucho tiempo era un hombre que el mundo había olvidado. 

Paul parpadeó lentamente antes de hablar con una voz áspera, cansada, quebrada, pero a su vez calmada. 

así que tú… tú lo viste todo. Me alegra conocerte al fin, Edward Miller... 

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