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Camino de la Destrucción. Parte 3

The Radiant Twilight | Parte 2: Nature Force · por Aldex29 · 15 de septiembre de 2026

Anne no perdió el tiempo. Extendió sus brazos y canalizó toda su energía en el agua que la rodeaba, creando gruesas cadenas líquidas que se lanzaron hacia La Mugre, envolviéndolo con fuerza. La criatura, ahora de más de 30 metros de altura, ni siquiera se inmutó. Su cuerpo deformado y colosal seguía avanzando sin titubear, ignorando por completo los intentos de detenerlo. 

Edward, por su parte, sabía que atacar sin pensar solo los haría perder más tiempo. Recordó cada uno de los enfrentamientos que habían tenido con La Mugre y un patrón se hizo evidente: cada vez que lo habían acorralado, siempre había sido al atacar su cabeza. Si querían una oportunidad real, tenía que escalar hasta ahí y golpearlo con todo lo que tuviera. 

— ¡mantenlo así, Anne! —gritó mientras comenzaba a moverse— 

Anne no respondió, pero redobló sus esfuerzos. Levantó una nueva ola que chocó contra la criatura con una fuerza brutal, obligándolo a tambalearse por primera vez. El agua salada se filtró entre las grietas de su cuerpo, descomponiéndolo momentáneamente, pero La Mugre se regeneró casi de inmediato, absorbiendo aún más desechos del mar. 

Edward vio su oportunidad y se lanzó hacia adelante, trepando por la masa de residuos sin tocar directamente las partes más tóxicas. Sus manos se aferraban a lo que podía, usando enredaderas que él mismo creaba para sostenerse y seguir subiendo. Cada metro escalado era una batalla contra el hedor y la corrosión que la criatura emanaba. 

vamos, solo un poco más… —gruñó entre dientes, sintiendo cómo su piel se resentía por la cercanía con aquella monstruosidad 

Desde abajo, Anne seguía su ofensiva. Las cadenas de agua se tensaban más, intentando inmovilizar a La Mugre, y nuevas olas lo golpeaban con violencia. Pero la criatura seguía avanzando, lenta pero imparable. 

Edward sabía que no tenían mucho tiempo. Si La Mugre se adentraba demasiado en el océano, sería imposible frenarlo. Inspiró hondo y redobló su determinación. No pensaba fallar esta vez. 

Edward sentía cómo cada músculo de su cuerpo se tensaba mientras continuaba su ascenso. El lodo pegajoso que formaba la piel de La Mugre intentaba retenerlo, enredándose en sus extremidades como si la criatura misma estuviera consciente de su presencia. Cada movimiento se volvía más pesado, y por un instante pensó que quedaría atrapado ahí, pero con un gruñido de furia invocó sus habilidades. 

Espinas afiladas emergieron de sus brazos y, con rápidos movimientos, comenzó a cortar los gruesos hilos de suciedad que lo retenían. Las raíces y lianas que conjuraba lo impulsaban hacia arriba, evitando que el fango tóxico se pegara demasiado a su piel. Cada corte dejaba un rastro de podredumbre cayendo al mar, pero Edward no se detenía. 

Abajo, Anne lo veía escalar con el corazón en un puño. Sabía que su hermano estaba poniendo todo de sí, pero también entendía que cada segundo que pasaba en contacto con esa cosa significaba un daño irreparable para él. Sin embargo, no podía hacer más que mantener a La Mugre a raya, golpeándolo con olas y sujetándolo con sus cadenas de agua para evitar que se sumergiera por completo. 

Finalmente, tras un esfuerzo titánico, Edward llegó a la cima. Se sostuvo sobre lo que parecía ser la deformada cabeza de la criatura, apenas distinguible entre la masa viscosa de desechos y corrupción. Respiró hondo, observando el inmenso cuerpo que se extendía bajo sus pies, un monstruo que parecía un reflejo viviente del peor lado de la humanidad. 

— esto termina... ¡ahora! —murmuró con los dientes apretados— 

Con toda su fuerza, hundió sus manos en la gruesa capa de lodo que formaba el cráneo de La Mugre y comenzó a excavar con rabia, buscando su núcleo. Cada vez que profundizaba más, el líquido espeso se resistía, intentando sellar los agujeros, pero Edward no cedió. Su furia, su agotamiento, todo se condensó en ese momento. 

De repente, sus dedos rozaron algo diferente dentro de la cabeza de la criatura. 

Un material más sólido, más compacto. 

Un escalofrío recorrió su espalda cuando lo tocó. Algo en su interior le decía que eso era lo que había estado buscando. Su respiración se volvió errática. Estaba a punto de acabar con esto, con todo el desastre, con la pesadilla que La Mugre representaba. 

Pero en el instante en que aplicó presión sobre ese punto exacto. Todo se volvió blanco.

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