La Mugre avanzaba sin prisa, pero con una determinación inquebrantable. Cada paso que daba retumbaba en la ciudad como una amenaza latente, el eco de su presencia extendiéndose por calles vacías y estructuras en ruinas. Su cuerpo seguía expandiéndose, absorbiendo más basura, más escombros, más desechos olvidados por una humanidad que jamás lo consideró digno. Trozos de metal corroído y restos de plásticos ennegrecidos se adherían a su forma amorfa, mientras un hedor insoportable emanaba de su masa en constante mutación. Sus movimientos eran pesados, como si cada fibra de su ser estuviera impregnada de resentimiento puro. No había conciencia humana en su interior, solo un único deseo: devolverle al mundo el desprecio que él alguna vez había sufrido.
Las aguas del mar aparecieron ante sus ojos vacíos, su reflejo distorsionado en la superficie como una sombra grotesca de lo que una vez fue. La brisa salada chocó contra su cuerpo, pero no lo detuvo. A medida que avanzaba, partes de su masa caían al suelo como residuos vivos que se retorcían y se arrastraban de vuelta a su forma principal. No importaba cuánto de él se desprendiera, siempre se regeneraba, siempre absorbía más.
Pero entonces, lo sintió. Un eco de furia en el viento. Una presencia que ardía con un odio casi tan profundo como el suyo. Edward.
A lo lejos, el joven se detuvo en seco al ver la monstruosidad que se alzaba frente a él. No era la primera vez que enfrentaba a esta criatura, pero esta vez era diferente. Esta vez no se trataba de salvar a nadie, ni de hacer lo correcto. Esta vez, solo era él contra esa cosa. Su respiración se volvió pesada, sus manos temblaban ligeramente, pero no por miedo, sino por la rabia contenida que lo carcomía desde dentro.
— ahí estás… —murmuró para sí mismo, apretando los puños—
La Mugre giró su abominable cabeza, observándolo con su rostro informe y plagado de grietas de un líquido oscuro. No había palabras entre ellos, solo la certeza de lo inevitable. Sin embargo, La Mugre lo único que hizo fue seguir avanzando hacia el mar sin ninguna intención de querer combatir contra Edward.
Edward flexionó las piernas y, en un movimiento explosivo, se lanzó hacia adelante, el suelo cubriéndose de raíces y enredaderas que brotaban con cada paso que daba. No tenía un plan elaborado, no pensaba en una estrategia. Solo había un objetivo en su mente: acabar con esa cosa y desaparecer.
Edward inhaló profundamente, sintiendo el peso de la situación caer sobre él como una losa. La Mugre se había vuelto más grande, más densa, más amenazante. Ahora medía más de veinticuatro metros, su masa oscura y amorfa expandiéndose con cada segundo, absorbiendo los desechos a su alrededor y creciendo sin control. Su forma ya no era solo una acumulación de basura, sino una abominación en constante mutación, un símbolo viviente del veneno que la humanidad había esparcido sobre la Tierra.
El joven apretó los dientes y se lanzó al ataque. Sus piernas impulsaron su cuerpo con velocidad, y en cuestión de segundos ya estaba frente a la monstruosidad. Sus brazos se cubrieron de espinas y enredaderas reforzadas, listas para perforar la masa informe que tenía delante.
— ¡no vas a seguir avanzando! —gritó, canalizando toda su furia en un golpe directo—
Sus raíces impactaron en el torso del coloso, pero fue como golpear un pantano denso y venenoso. En un instante, la corrupción tóxica de La Mugre se aferró a sus enredaderas, corrompiéndolas con una podredumbre que se extendió como un cáncer. Edward sintió una punzada de dolor en el pecho y retrocedió bruscamente, cortando sus propias conexiones antes de que el veneno se propagara más.
No tuvo tiempo de recuperarse. Un gigantesco brazo amorfo se alzó en el aire y descendió sobre él con una fuerza devastadora.
El golpe lo lanzó con brutalidad contra el suelo, su cuerpo chocando contra los escombros con un impacto seco. Sintió cómo su estructura interna crujía por la presión, sus extremidades entumecidas por la contaminación que impregnaba el aire alrededor de La Mugre. Intentó ponerse de pie, pero sus músculos no respondían con la misma velocidad de antes. Su respiración se volvió más pesada, como si el mismo aire se hubiera vuelto en su contra.
La Mugre avanzó, sin prestarle más atención de la necesaria. Para él, Edward no era más que un insecto insignificante. Su verdadero objetivo estaba al frente: el mar.
Edward, tumbado en el suelo, observó con impotencia cómo la criatura seguía su camino, dejando a su paso un rastro de residuos y muerte. Por más que quisiera moverse, por más que quisiera seguir luchando, su cuerpo no le respondía.
La toxicidad lo estaba matando lentamente.
Cerró los ojos por un momento, sintiendo la frustración y la rabia consumiéndolo desde dentro. Había perdido. Había fracasado. Y ahora, lo único que podía hacer era ver cómo esa cosa alcanzaba el océano, llevándose consigo toda su corrupción.