Año 2001, era una tarde fría, pero Edward, de apenas cinco años, no parecía notarlo. Sujetaba la mano de su padre, Edward Miller I, mientras caminaban juntos por las calles adoquinadas de Londres. A su alrededor, la ciudad parecía viva, con gente yendo y viniendo, y los sonidos de los coches resonando en la distancia.
― papá, ¿por qué Anne siempre necesita tanta atención? ―preguntó Edward con la inocencia característica de su edad―
Su padre sonrió, una sonrisa amplia y cálida, la misma que usaba para calmar a los socios en las reuniones importantes.
― porque es un bebé, Ed. Los bebés necesitan mucha ayuda para aprender a vivir. ¿Recuerdas cómo mamá y yo te cuidábamos cuando eras más pequeño? ―dijo, dándole un apretón suave en la mano―
Edward frunció el ceño.
― no lo recuerdo. Pero yo puedo hacerlo todo solo ahora.
― claro que puedes, pero eso no significa que no necesites ayuda de vez en cuando ―respondió su padre mientras ajustaba el elegante abrigo que llevaba puesto―
Siguieron caminando, pasando frente a escaparates llenos de ropa costosa y restaurantes lujosos. Era evidente que el apellido Miller aún significaba algo en esa época, con Edward Miller I siendo un reconocido empresario que dirigía una de las compañías más influyentes del Reino Unido.
― papá… hoy en la escuela, unos niños se metieron conmigo.
El padre de Edward lo miró, deteniéndose un momento.
― ¿qué hicieron?
― se burlaron porque dije que quería ser como tú cuando sea grande ―contestó Edward, con la cabeza gacha―
El hombre soltó una carcajada corta, agachándose para estar a la altura de su hijo.
― escucha, hijo. Habrá muchas personas en la vida que intentarán derribarte, especialmente si tienes grandes sueños. Pero nunca, nunca dejes que alguien te haga sentir pequeño.
Edward asintió lentamente.
― ¿entonces debería golpear a esos niños?
El padre sacudió la cabeza con una sonrisa.
― no, Edward. No se trata de resolver todo con ira. Ser fuerte no significa pelear. Significa mantener la calma, pensar y actuar con decisión. ¿Entendido?
― entendido, papá ―respondió el pequeño, aunque su tono todavía tenía un toque de duda―
Continuaron su camino, llegando a un paso de peatones. El semáforo estaba en rojo, así que se detuvieron, esperando a que cambiara.
― ¿mamá ya habrá terminado con Anne? ―preguntó Edward, mirando hacia el cielo que empezaba a oscurecer―
― seguro que sí. Tu madre es increíble con esas cosas. Siempre sabe exactamente qué hacer ―respondió su padre, mirando al otro lado de la calle, donde se encontraba su casa lujosa―
El semáforo cambió a verde, y ambos comenzaron a cruzar.
Lo que no vieron fue el coche que venía a toda velocidad por la esquina.
― ¡Edward, cuidado! ―gritó su padre de repente, soltando la mano de su hijo y empujándolo hacia adelante―
Todo ocurrió en un instante. Edward cayó al suelo, rodando unos metros hasta quedar fuera del camino. Miró hacia atrás justo a tiempo para ver a su padre golpeado de lleno por el coche.
El sonido del impacto resonó en la calle, seguido de los gritos de los transeúntes. El coche, conducido por un hombre ebrio, frenó abruptamente, pero ya era demasiado tarde.
― ¡papá! ―gritó Edward, levantándose y corriendo hacia él―
El cuerpo de Edward Miller I yacía inmóvil en el pavimento, con su abrigo manchado de sangre. Su mirada se encontraba con la de su hijo, y con un último esfuerzo, extendió la mano hacia él.
La policía llegó minutos después, y el conductor fue arrestado en el acto. Más tarde, se supo que el hombre había estado bebiendo todo el día y no había visto el semáforo en rojo. Fue sentenciado a prisión por homicidio involuntario, pero eso no devolvió a Edward I a su familia.
Esa noche, mientras Mary intentaba consolar a su hijo mayor, Edward no podía dejar de repetir en su cabeza las últimas palabras de su padre.
― nunca me dejaré pisar… nunca.
Aquel 9 de marzo de 2001 marcó el fin de la vida cómoda de los Miller y el inicio de un camino lleno de adversidades, pero también forjó el carácter terco y decidido que Edward llevaría consigo toda su vida.
De vuelta al presente el sol asomaba entre las copas de los árboles, pintando el bosque con tonos dorados mientras Edward, completamente cambiado, observaba su reflejo en un pequeño arroyo. Lo que una vez fue su rostro humano ahora era una máscara de madera, con rasgos definidos, pero innegablemente distintos. Su piel era rígida, de textura rugosa y nudosa como la corteza de un árbol. Incluso sus ojos, antes vibrantes, ahora tenían un matiz marrón claro que recordaba a los anillos de un tronco, y sus dientes, similares a astillas de madera, completaban el cuadro de lo que se había convertido.
Pasaron tres días desde que decidió aislarse en el bosque, y durante ese tiempo, Edward había aprendido a sobrevivir. Su nueva forma le otorgaba habilidades sorprendentes: podía moldear sus extremidades a voluntad, convirtiendo sus manos en herramientas como lanzas, escudos o filosas garras. Incluso había desarrollado una estrategia para cazar y recolectar agua, utilizando su conexión instintiva con el entorno para identificar los mejores lugares para conseguir sustento.
Sin embargo, la monotonía había comenzado a desgastarlo.
Sentado en la base de un árbol, Edward arrancaba hojas de su propio "cabello", una costumbre que había desarrollado en su frustración. Aunque podía sobrevivir alimentándose de la fotosíntesis que realizaba su cuerpo, extrañaba el acto de comer algo sólido, algo humano. Y más allá de eso, extrañaba la civilización: las conversaciones, las comodidades, el simple hecho de ser visto como una persona normal.
― esto no es vida ―murmuró, dejando caer una hoja al suelo―
El bosque, por muy acogedor que pudiera ser para alguien como él, no era su hogar. Las noches eran frías y silenciosas, y el aislamiento comenzaba a pesarle. Aunque había aprendido a adaptarse a sus nuevas capacidades, no podía ignorar el vacío que sentía.
Se levantó con un movimiento decidido, sus piernas de madera crujiendo suavemente. Miró hacia la distancia, hacia donde sabía que estaba la civilización.
― ¿qué sentido tiene esto si no puedo volver? ―se preguntó en voz alta―
Edward sabía que volver no sería fácil. Su apariencia era demasiado inusual, demasiado impactante. Pero la idea de permanecer en el bosque para siempre le parecía insoportable. Cerró los ojos, recordando la vida que había dejado atrás: los días trabajando en la jardinería, las discusiones con Anne, incluso los momentos más simples con su madre.
― tal vez… tal vez pueda intentarlo ―se dijo―
La determinación se dibujó en su rostro de madera. Si lograba cubrirse adecuadamente y evitar el contacto cercano con la gente, quizás podría pasar desapercibido. Después de todo, había vivido entre ellos toda su vida; conocía cómo moverse y actuar para no llamar la atención.
Decidido, comenzó a planear su regreso, pensando en cómo podría ocultar su apariencia mientras buscaba un lugar seguro. Sabía que era un riesgo, pero la perspectiva de continuar en soledad lo asfixiaba más que cualquier peligro que pudiera enfrentar en la civilización.
― no nací para quedarme escondido.
Con eso en mente, Edward comenzó a caminar entre los árboles, su silueta oscura perdiéndose en la espesura mientras el sol se ponía en el horizonte.