El bosque era denso, con rayos de luz solar filtrándose a través de las copas de los árboles. El silencio era interrumpido únicamente por el suave susurro del viento y el crujir de hojas bajo los pies de Edward, aunque ahora esos pies estaban lejos de parecer humanos. Su piel, endurecida y cubierta por una gruesa capa de corteza, emitía un ligero crujido cada vez que se movía. Se detuvo cerca de un arroyo cristalino y observó su reflejo, quedando impactado, como cada vez que lo hacía.
Su rostro apenas era reconocible. La corteza cubría sus mejillas, su mandíbula, y lo que alguna vez fue cabello era ahora un revoltijo de hojas verdes con pequeñas flores de colores brotando. Por sus brazos y piernas crecían diminutas hojas, cada movimiento parecía el susurro de un bosque en miniatura que vivía dentro de él.
― ¿qué demonios me he hecho?... ―murmuró Edward, su voz áspera, cargada de rabia y arrepentimiento―
Se arrodilló junto al arroyo, bebiendo ansiosamente del agua. Esa urgencia que lo consumía, ese deseo constante de hidratarse, era ahora parte de su naturaleza. Sentía como si el agua fuera lo único que calmaba la punzada de dolor y confusión que dominaba su cuerpo.
Recordó con claridad la discusión con Anne, el momento en que ella lo enfrentó con la verdad. Apretó los dientes, el crujir de la corteza en su rostro resonó en el aire.
― no estaba equivocada… ―admitió, aunque con dificultad. Sus pensamientos iban y venían, divididos entre la culpa y el orgullo― Debí deshacerme de esas malditas plantas.
El frasco vacío con restos de las plantas aún estaba en su mochila, como un recordatorio constante de lo que había hecho. Las guardó pensando que podía sacarles provecho, que podía resolver los problemas de su madre y demostrarle a Anne que él no era un inútil. Pero ahora... ahora lo habían convertido en esto.
Golpeó el suelo con su mano, las raíces que se habían formado en sus dedos se clavaron en la tierra.
― esto no fue mi culpa... ―se justificó, aunque la duda en su voz era evidente―
Una parte de él quería creerlo, pero otra sabía que había cruzado una línea que jamás debió cruzar. Había actuado impulsivamente, con egoísmo. Y ahora estaba pagando el precio.
Miró a su alrededor, el bosque era su refugio, su única opción para mantenerse alejado del mundo. No podía regresar, no así. ¿Qué diría su madre si lo viera? ¿Qué pensaría Anne si lo encontrara en este estado? La rabia y el arrepentimiento se mezclaban en su interior, un torrente de emociones tan incontrolable como los cambios que sufría su cuerpo.
― Anne no entiende lo que hago… todo lo que intenté hacer por nuestra familia...
La voz de Edward era un susurro. Pero mientras las palabras salían, la verdad se hacía más clara: no lo hizo solo por ellas, lo hizo por sí mismo. Para probarse algo que ni siquiera estaba seguro de qué era.
Se dejó caer contra un árbol, sintiendo la conexión con el bosque, una conexión que era tan extraña como reconfortante. Cerró los ojos, tratando de calmar su mente mientras las hojas de su cabello se agitaban suavemente con la brisa.
El bosque no lo juzgaba, no lo enfrentaba con verdades incómodas como Anne. Era el único lugar donde podía esconderse de lo que se había convertido. Pero Edward sabía que no podía quedarse ahí para siempre. Su transformación no se detendría y, eventualmente, tendría que decidir qué hacer con la persona en la que se estaba convirtiendo.
El bosque era su único hogar ahora. Edward sabía que ya no podía volver, no así. Aunque su mente estaba plagada de dudas, una cosa era clara: si no aceptaba lo que era, no sobreviviría.
― no quiero esto… pero no tengo opción ―se dijo en voz baja, el eco de sus palabras perdiéndose entre los árboles―
La corteza en su cuerpo seguía fortaleciéndose, cubriendo partes de él que aún conservaban vestigios de humanidad. Cada vez que tocaba su piel endurecida, una sensación extraña lo invadía: no era frío ni calor, era... vida. Pero no la vida que conocía, sino algo más profundo, como si el bosque mismo fuera una extensión de su ser.
Edward se levantó de donde había estado sentado junto a un árbol, estirando sus manos frente a él. Notó que podía sentir la humedad del aire, la tierra bajo sus pies, y algo más: un latido constante, casi imperceptible, como si estuviera conectado al bosque entero.
― si voy a quedarme aquí, tendré que aprender a sobrevivir.
Comenzó por observar sus manos. Eran fuertes, pero también flexibles. Mientras las miraba, recordó el momento en que, en un arrebato de ira, golpeó el suelo y sintió cómo raíces brotaban de sus dedos. Se concentró, cerrando los ojos, intentando recrear ese momento.
De repente, su mano comenzó a cambiar. La corteza se movió como si fuera líquida, extendiéndose hacia adelante, afilándose hasta formar una lanza rústica, pero lo suficientemente resistente como para atravesar algo.
Edward la sostuvo frente a él, incrédulo.
― ¿esto es lo que soy ahora?
Se preguntó, pero no podía darse el lujo de cuestionarlo más. Tenía hambre, y aunque sabía que podía sobrevivir con fotosíntesis, no estaba dispuesto a abandonar su humanidad por completo.
Caminó hacia un arroyo cercano, donde había visto peces el día anterior. Se arrodilló en la orilla, fijando la mirada en el agua. Su reflejo era extraño, pero lo ignoró, enfocándose en los movimientos de los peces que nadaban sin percatarse de su presencia.
Con un movimiento rápido, clavó la lanza en el agua. Cuando la levantó, un pez plateado se debatía en la punta. Edward lo observó por un momento, una mezcla de triunfo y tristeza en su expresión.
― supongo que todavía puedo hacerlo… todavía puedo ser humano, aunque sea un poco.
Más tarde, mientras cocinaba el pez sobre un fuego improvisado que logró encender con una chispa y algunas ramas secas, se dio cuenta de que la caza no le había dejado tan exhausto como pensaba. Su cuerpo parecía requerir menos energía de lo que esperaba, probablemente gracias a la fotosíntesis que, aunque no quisiera admitirlo, estaba ocurriendo sin su consentimiento.
Con el tiempo, Edward comenzó a experimentar más con sus habilidades. Intentó cambiar la forma de sus manos, descubriendo que podía hacer crecer pequeñas ramas y hojas desde sus dedos. Incluso podía hacer que raíces se extendieran de sus pies, anclándose al suelo como si fueran parte de un árbol.
― no quiero ser esto... pero si es lo que soy, al menos lo usaré a mi favor.
Cada día era un desafío. Aprendía a usar las herramientas que su cuerpo le proporcionaba, a cazar con precisión, a moverse por el bosque casi en silencio. Pero, a pesar de su adaptación, Edward no podía dejar de pensar en Anne y en lo que ella diría si lo viera ahora.
― no me rendiré. No me dejaré consumir por esto.
Edward seguía aferrándose a su humanidad, aunque cada día que pasaba, el bosque parecía reclamarlo un poco más. Y aunque estaba aprendiendo a sobrevivir, una pregunta persistía en su mente: ¿cuánto tiempo podría mantenerse humano en un cuerpo que ya no lo era?