9. The Songs.
La banda estaba caminando junta, dirigiéndose a la casa de Paul. Ya era de noche, habían gastado demasiado tiempo en solo tres cover. Que decepcionante, pensó Paul.
Parecía que iba a llover a cántaros esa noche. Ya era tradición tener al menos una calle inundada en esa época. Llegaron a la casa justo antes de que la lluvia cayera con fuerza.
Aunque la lluvia era intensa y era probable que las clases se cancelaran debido a lo inundado que estaría al día siguiente, daba una sensación de calma, ideal para dormir placenteramente.
La banda ignoró por completo la tormenta y cegados por el objetivo de tener canciones, subieron sin haber comido absolutamente nada en todo el día y comenzaron a ensayar las canciones que Paul tenía escritas a medias, aunque con algunos errores debido al hambre y la desesperación de no tener nada. Julian no dejaba cometer equivocación tras equivocación. Se alteró demasiado.
—¡Estoy harto de esta maldita guitarra! —gritó Julian, furioso—. ¡Juro que la voy a destruir!
—¡Jude! Cálmate — ordenó Paul, alterado.
—¡Ni siquiera sé tocar la guitarra!
Julian agarró la guitarra desde el mástil y estuvo a punto de estrellarla en el suelo, hasta que William lo agarró y le arrebató la guitarra de una forma calmada.
Julian se sentó.
—¿Qué hay de cenar? —preguntó Julian.
—Hay… nada— respondió Paul —. Pero puedo ir a comprar algo.
—Pero hay una tormenta —añadió Julian—. ¿Quieres que te acompañe?
—De acuerdo.
William y Joseph se quedaron solos. Se sentaron mientras miraban al vacío, intentando procesar que era lo que acababa de pasar.
Tocaron sus instrumentos sin saber que hacer durante un largo rato. El hambre ya les estaba haciendo efecto.
—Ey, Joe, voy a bajar a ver si encuentro por lo menos un pan caducado.
—Voy contigo, no soporto estar acá con hambre. Hasta una naranja negra sirve.
Bajaron las escaleras lentamente, con una postura encorvada y una mano posada en su estómago. Caminaron a la cocina y vieron una estantería con un plátano con algunas manchas de color café. Al pelarlo, la mayoria del platano era de un amarillo mas oscuro, casi café.
Había tres plátanos más, los cuales eran iguales. Cada uno se comió dos plátanos y sintieron que por fin llenaban el hueco en su estómago que parecía haber estado allí durante un mes entero.
Alegres, subieron de vuelta las escaleras, ya en un ritmo un poco más rápido.
—Mierda… no tenemos ninguna canción que tocar —se quejó Joseph—. Son las tres de la mañana, por dios, no creo que haya tiendas abiertas ahora. Lo único que quiero es dormir, no quiero escribir una canción entera.
—Lo sé, Joseph, pero debemos de tener al menos una canción nuestra, si no lo hacemos, tal vez nos quiten el sello y tengamos que pasar otros tres años en ese maldito club.
—¿Jude y Paul estarán bien?
—No estoy seguro, tal vez les pasó algo.
Joseph, inexpresivo, salió de la habitación y agarró una chamarra.
—¡Hey! ¿Qué haces, Joe?
—Pues voy a buscarlos.
—Maldita sea. Te acompaño.
—Rápido.
Salieron de la casa y comenzaron a correr mientras gritaban los nombres de Paul y Julian. Después de diez minutos de buscar en los alrededores de la casa, los encontraron, sentados en una esquina, empapados, con migajas de galletas alrededor de todo el suelo y con un cuaderno nuevo, ya desgastado por la lluvia. En ese cuaderno estaba escrito lo que parecía ser la letra de una canción. Al parecer, Julian y Paul habían compuesto una canción nueva a medio camino. Las caras de Joseph y William se llenaron de una alegría intensa.
Regresaron a la casa y dejaron un charco de agua gigante en el portón de la casa. Nadie le dio importancia y volvieron a subir las escaleras para ensayar esa canción de Paul y Julian.
Cuando comenzaron a tocar sus respectivos instrumentos, el ambiente era distinto, por fin era calmado, alegre y placentero. Por suerte, nadie cometió errores durante ese ensayo.
Paul terminó de componer las tres canciones que tenía resguardadas en su bóveda mental. La banda ensayo sus canciones, y unas ganas inmensas de grabar el resto del disco en esa sola noche, invadieron al grupo.
Mientras Joseph intentaba escribir una canción, Julian se quedó dormido en la cama de Paul. Pararon el ensayo en ese momento y se fueron a dormir en el piso de abajo.
La paz invadía las mentes del grupo, aunque probablemente ellos no irían a su escuela el día de mañana.
Y ese fue exactamente el caso, despertaron a las dos de la tarde. Richard debía de estar demasiado enfadado y desesperado en Abbey Road. Se tomaron la situación con calma. Siempre habrá un mañana. Se dijo Paul.
Una hora después, salieron de la casa de Paul y tomaron un autobús, el cual los dejaría cerca del estudio. Estaban confiados y seguros de que esos temas iban a funcionar. Tal vez esas
canciones llegaban a ser número uno de las listas de Billboard.