3. The Signatures
William estaba vistiéndose con la ropa que más caracterizaba a la banda. Bajó a cenar con su madre y su padre para después caminar al club mientras una lluvia intensa interrumpía el camino de William. Su padre estaba unos cuantos metros detrás de él.
Su hermana, Sheillah, decidió acompañar a su padre y a William únicamente con el objetivo de molestar y hacer quedar en ridículo a su hermano, como acostumbraba a hacer.
Cuando llegaron al club, William se dio cuenta de que Sheillah se encontraba ahí, cosa que automáticamente lo alteró.
—¿Por qué estás aquí, Sheillah?
—Solo quería ver a la banda de mi hermano —indicó Sheillah con un tono burlesco—. ¿No puedo?
—Bueno… puedes ver, mientras no interrumpas la reunión que tendremos después.
—¿Reunión de que?
—No te incumbe, Sheillah —dijo William con molestia y cansancio—. Por favor siéntense en una de las sillas o estén donde quieran.
—Está bien, Will —dijo John.
—Papi, ¿puedo ir a otro lado? —preguntó Sheillah con una inocencia falsa—. Es que quiero conocer gente nueva o tal vez un chico lindo.
—No, Sheillah.
John encontró dos sillas vacías y le indicó a Sheillah que se
sentara en una de ellas. Sheillah acató a regañadientes y se sentó mientras cruzaba las piernas.
William ya se encontraba presente en el camerino, esperando a sus demás compañeros, que acostumbraban a llegar tarde. Decidió esperar mientras afinaba todas las guitarras y bajos del lugar.
Julian fue el siguiente en llegar. Diez minutos más tarde, llegó Paul con su hermano, y por último llegó Joseph.
La banda que estaba tocando esos últimos cinco minutos se llamaba The North, la banda rival que siempre competía por el primer puesto con The Hi-Hats. La banda rápidamente se ganó al público con una actuación impresionante que iba a ser difícil de superar por parte de The Hi-Hats.
Esos cinco minutos pasaron demasiado rápido a perspectiva de los miembros de la banda. Subieron al escenario y tardaron unos cuantos minutos en preparar todo el show.
Joseph se colocó en el micrófono central de los cuatro acomodados en fila, los otros dos se colocaron alrededor de él, dejando al cuarto micrófono apartado sin nadie que lo usara. Paul se sentó en el asiento de la batería que estaba detrás de los micrófonos, pero un metro más arriba.
Paul empezó a contar con las baquetas en un compás de cuatro cuartos. En el cuarto tiempo la banda empezó a tocar la primera canción del show, la cual era un cover de una canción de Elvis Presley.
Continuaron tocando canciones del repertorio de Chuck Berry, Buddy Holly y Elvis Presley durante veinte minutos. Esa vez se sentía algo diferente en el ambiente de la banda. Sus padres y hermanos estaban observándolos y probablemente juzgándolos mientras ellos tocaban. No hubo errores notables en el show. Sin embargo, se sentían presionados, lo que hizo que los movimientos de los brazos fueran más rígidos.
Cuando terminó la actuación, el público estalló en aplausos, algo que no era normal en sus conciertos. Ellos fueron los últimos en dar su show, así que no pasó mucho tiempo antes de que el club quedara completamente vacío, excepto por las familias, Richard y los chicos.
Ellos cuatro se dirigieron al camerino justo después de haber terminado. Los padres y hermanos se quedaron esperando sin saber qué hacer.
Julian abrió la puerta del camerino. Todos ingresaron mientras esperaban la llegada de Richard y sus familiares.
Richard llegó después de tres minutos.
—Oh, por dios –exclamó Richard—. Ese fue el mejor show que he visto en mi patética vida.
—No creo que sea para tanto —negó Julian—. yo estaba muy tenso. Creo que todos los de la banda estaban igual ¿verdad?
Los otros tres asintieron sin palabras.
—No entiendo por qué son tan pesimistas. Creáme, deberían de tocar así más seguido.
—¿Quieren que pasen?
—Si Richard, déjalos pasar.
Richard salió e hizo un gesto con la mano, indicando a los familiares que entraran al camerino.
Cuando entraron, vieron una mesa de madera con once sillas alrededor de la mesa. Cada uno se sentó en una silla, dejando una silla sobrante.
—Buenas noches padres y hermanos —saludó Richard—. Me llamo Richard Best y soy un manager. Cuando tuve la suerte de presenciar a sus hijos tocar sus instrumentos, pensé durante unos segundos que estaba presenciando a Beethoven tocando su quinta sinfonía.
Richard agarró su maletín y lo colocó sobre su regazo.
—No pude quedarme con la culpa y arrepentimiento de no ofrecerles una oportunidad de ser más grandes. Sus hijos tienen la capacidad de ser los próximos Elvis.
—No entiendo por qué mi hijo quiera ser músico —exclamó John con duda reflejada en su rostro—. Su madre y yo teníamos un futuro completo preparado como médico. Si él se dedica a eso, desperdiciará todo lo que hemos invertido en él.
—Y ese es el problema, John. Deberían dejar que su hijo haga lo que realmente le apasiona. Si en un futuro se convierte en médico y no le apasiona lo que hace. Créame, su hijo acabará matando a alguien en su primer mes de trabajo.
—Mejor eso a que termine suicidándose mientras está drogado en una fiesta posterior a una gira.
—Esas son las cosas que yo debo evitar —aseguró Richard sin titubear—. Yo me comprometo a que ninguno de ellos tenga cualquier acercamiento con las drogas o la bebida.
—Las palabras no bastan. Tengo que verlo por escrito.
—Por eso traigo un contrato.
Richard empieza a abrir su maletín y de él sacó una hoja de papel con un contrato impreso en ella.
—Si ustedes, padres, firman este contrato, yo estaré a cargo de sus hijos y me aseguraré de que tengan una vida de celebridad aceptable.
Richard arrastró el contrato por la mesa junto a una pluma.
—¿Por qué tiene cinco espacios? —Preguntó Sheillah, confundida
—Vaya… No me di cuenta de eso. Mala mía.
—Solo firmen el contrato.
—Papi. Creo que deberías firmarlo. Es probable que mi hermano se haga famoso y nos dé dinero y esas cosas.
William quedó anonadado al escuchar la declaración de Sheillah mientras intentaba pensar la razón maliciosa por la que Sheillah había dicho aquello.
John no supo responder.
—Gracias, hermana de Will —dijo Julian.
—No hay de qué —respondió Sheillah con una sonrisa inocente y limpia que demostraba que no escondía una intención maliciosa al sugerir que el padre de William firmara el contrato.
Paul tomó el contrato junto a la pluma y firmó en el primer espacio, aunque su hermano lo miraba con una expresión de tristeza y arrepentimiento.
Sheillah le arrebató el contrato a Paul y empezó a leerlo con una gran concentración durante unos seis largos minutos.
—Papi. Lo lei… y no hay nada malo. Firmalo.
Sheillah lo deslizó hacia John, pero el padre de Julian, Robert, lo atrapó junto a la pluma y rápidamente lo firmó en el espacio indicado.
—¿Alguien más lo necesita firmar? —preguntó Robert.
Sheillah miró fijamente a John con una mirada desafiante mientras indicaba con el dedo el contrato.
—Sí… mi papá necesita firmarlo —aseguró Sheillah.
Robert le cedió el contrato a John.
John, aún dudoso, tomó la pluma torpemente y miró fijamente el espacio de firma correspondiente.
Colocó la pluma sobre el papel y presionó fuertemente antes de decidirse a firmar.
Firmó el contrato con una mano temblorosa y sudada. Parecía que el tiempo y todas las partículas a su alrededor se detenían por ese momento.
Julian agarró el contrato y se lo dio a su madre. Lo firmó sin dudar.
—Bueno… supongo que eso fue todo. Muchas gracias.
Richard tomó el contrato y lo colocó de vuelta en el maletín de cuero negro.
—Me aseguraré de que sus hijos alcancen el éxito.
Richard se fue inmediatamente después de guardar el contrato. Los demás esperaron pacientemente hasta que alguien sugiriera retirarse.
Sheillah se levantó de su asiento e indicó que ya tenían que retirarse.
Richard llegó a su hogar. Se dirigió directamente a la cama y se quedó dormido inmediatamente.
Al despertar, sacó el contrato del maletín y comenzó a examinarlo. Vio los cinco espacios de firma detenidamente y se dio cuenta de que el espacio número cinco tenía tachones alborotados. No recordaba que alguien los hiciera.