El crepúsculo llenó el cielo y Masaru no regresaba. En el templo, los lobos tenían la costumbre de que, cuando la oscuridad y las lunas dominan el cielo, el recinto debía quedar completamente sellado. Nada ni nadie podía entrar o salir. Así que, si Masaru no volvía antes de los últimos rayos del sol, le tocaría pasar la noche a la intemperie.
—¿No irán a buscarlo? —le preguntó Alana a Lenix, mientras cerraba las puertas. Él soltó una risa baja, como si la preocupación fuera innecesaria.
—No te preocupes, dormirá afuera.
—¿Afuera? ¿Con este frío? ¿Y si alguien lo ataca?
—No hay de qué preocuparse. No es la primera vez que uno de nosotros se queda afuera del templo. —Lenix se encogió de hombros—. A veces nos gusta dormir bajo las lunas.
Alana apretó los brazos contra su cuerpo y sintió un leve escalofrío de solo imaginarse dormir afuera, cubierta de nieve. Aunque cuando recordó que los hombres lobo resistían el frío, se relajó un poco. Además, de igual forma, ni Lenix, ni nadie del templo tenía la intención de salir a buscar a Masaru. Y para ella era imposible, así que terminó resignándose. Era como si todos estuvieran de acuerdo con que cada uno debe responsabilizarse de sus propias decisiones.
Una vez la noche llenó el templo y las puertas se cerraron, Alana fue a su habitación. El fogón ya estaba encendido y sus ventanas cerradas. Intentó levantar uno de los marcos interiores para ver si Masaru se encontraba cerca. «Quizás pueda entrar también por aquí si encuentra todas las puertas cerradas», pensó. Pero la ventana no cedió. Incluso trató de mirar por una rendija al exterior, pero todo estaba tan oscuro que, aunque Masaru estuviera allí, no habría forma de verlo.
Resignada cerró la cortina y se metió en la cama. El calor de las mantas la envolvió de inmediato y el sueño comenzó a adormecerle los sentidos. Entonces, justo antes de quedarse dormida, escuchó un ligero sonido en la ventana.
Era un sonido inusual, como si una mano golpeara la madera. Pero, a pesar de la inquietud, no se levantó. Esperó con calma a que el sonido se repitiera, pero no ocurrió. Tras unos segundos, convencida de que había sido su imaginación, volvió a cerrar los ojos.
Esa noche, Alana tuvo un sueño extraño.
Una campana sonaba continuamente. El sol brillaba en lo alto, el cielo estaba despejado, azul, y frente a sus ojos había un enorme portón de metal abierto de par en par. Al entrar, la recibió un camino de piedra lisa y blanca, a los costados había bancos de madera y árboles ornamentales. Vio a muchas chicas de su edad avanzar con prisa, vistiendo camisas blancas con faldas a cuadros, mientras que los chicos llevaban pantalones de tela. Se dio cuenta de que era la misma vestimenta que ella llevaba cuando llego al templo.
«¿Templo? ¿Qué templo?», se preguntó.
De pronto se vio rodeada por varias chicas. Todas tenían el cabello negro, recogido en peinados sueltos y despreocupados, nada parecidos a los que le armaba la anciana Mika.
«Mika…». Aunque el nombre resonó en su mente, no recordaba a quién pertenecía.
No era totalmente consciente de lo que estaba haciendo, pero se divertía junto al grupo. Sentía un apoyo tan reconfortante, que una fuerte nostalgia le llenó el corazón.
Entonces el escenario cambió. Ahora estaba sola en una sala amplia, llena de sillas y pequeñas mesas al frente. Un pizarrón dominaba la pared principal, y había un hombre de espaldas a la clase que borraba el tablero.
Se acercó a él. Algo en su interior dudaba de sus acciones, pero, en ese momento, su cuerpo seguía adelante con absoluta certeza.
Él era importante, él era...
—¿Entonces aceptarás lo que siento? —preguntó. Su voz salió sola, dirigida al profesor.
La luz se volvió más intensa, blanca, envolvente, como si en ese instante solo existieran ellos dos. Cuando él se giró, Alana se sintió extasiada al contemplar sus facciones. Eran tan atractivo. De tez morena, alto, de mirada profunda.
Sin embargo, aunque su belleza la embelesaba, no le pareció superior a la de…
«¿Ōkiba?» el nombre saltó en sus pensamientos.
Su rostro era demasiado similar, pero no era la persona que recordaba que llevara ese nombre. Entonces él se acercó a ella, tomó su mano y todo se volvió blanco, cegador, antes de que pudiera ver dónde se encontraba.
Despertó con el corazón acelerado. Respiró hondo y, una vez en calma, se sintió dominada por la vergüenza. ¿Por qué había comparado a ese hombre con Ōkiba? Trató de pensar en qué podría significar aquella escena, pero, al hacerlo, el dolor de cabeza se intensificó. Se arropó de nuevo entre las mantas, como si así pudiera aliviar el malestar. Quería volver a dormir, sentía que la cabeza le iba a explotar, pero cuando recordó que era el día en que iba a ir al pueblo humano, salió de un salto de la cama y corrió a alistarse.
En las afueras del templo la esperaban unos trineos de gran tamaño, amarrados a unos animales parecidos a lobos, aunque de un tamaño mucho mayor al normal. Según le había dicho Masaru, eran una raza que habitaba en esa zona y que solo los hombres lobo eran capaces de doblegar.
Caminó con dificultad sobre la nieve. Sus zapatos de zueco alto y calcetines habían sido reemplazados por unas botas de piel forradas por dentro, lo que evitaba que sus pies se empaparan. Cuando llegó a los trineos buscó a Masaru, pero no lo vio por ningún lado. Solo encontró un grupo de hombres lobo bastante mayores, con barbas blancas, ropas grises y pergaminos bajo el brazo; y un poco más lejos, otro grupo de muchachos con expresiones serias y rígidas. Eran de los tantos que evitaban hablar con ella. Lucían prendas de tonos oscuros, y su tez morena, junto con sus ojos avellana, hacía que se parecieran demasiado a Ōkiba.
Le habría gustado hablar con Masaru antes de partir, pero al parecer no había regresado. A pesar de sus bromas, su presencia siempre le había dado calidez a su estancia. ¿Será que ya no nos volveremos a ver? No. Tenía que despedirse de él. Tenía que encontrarlo.
Pero apenas se dispuso a actuar, la imagen de su amigo se desvaneció de su mente como una silueta de humo arrastrada por una ventisca, y, en su lugar, apareció Ōkiba.
El alfa salió del templo, vestido con un chaleco de pieles blanco que realzaba el tono moreno de su piel. Llevaba pantalones oscuros que lo hacían parecer más alto de lo que era. Su abrigo, ceñido y abierto al frente, dejaba al descubierto su musculoso torso.
Alana tardó en darse cuenta de que tenía la boca entreabierta.
Por lo general, Ōkiba vestía con elegancia, pero esta vez su atuendo le daba un aire salvaje. Además, el hecho de que dejara al descubierto su musculatura era un… Inhaló hondo y agitó la cabeza, obligándose a volver en sí.
Aunque su atracción era evidente, no quería ser malinterpretada. No era que le gustara Ōkiba. «Realmente no lo conozco…» trató de convencerse, pero si algo era cierto, era que le resultaba sumamente atractivo.
Tenía una actitud tan madura, tan seria. Totalmente su tipo.
—¿Alana? —dijo Ōkiba e interrumpió sus pensamientos.
Ella dio un respingo, desorientada por culpa de sus fantasías.
—Ah… ah… eh… sí —respondió, sin saber a qué estaba asintiendo.
Ōkiba, ignorando la razón de su desconcierto, le acercó la mano.
Alana tragó saliva y sintió cómo si esos ojos la devoraran. Luego, de forma casi hipnótica, aceptó su mano, notando lo cálidos y firmes que eran sus dedos al sujetar los suyos.
Sin mirar atrás, y olvidando por un momento sus preocupaciones, caminó junto a Ōkiba hacia su trineo. Se sentía extasiada, satisfecha, como si de la mano de Ōkiba emanara una sustancia que la hacía sentir plena. Entonces, antes de subir a su transporte, dio una última ojeada a su alrededor como si quisiera recordar cada detalle de aquel momento junto al gran lobo y suspiró con una sonrisa.
Ni siquiera con ese último vistazo a las afueras del templo se dio cuenta que, detrás de uno de los árboles, otro lobo la observaba.
***
La noche anterior, Masaru no quiso regresar.
Se lanzó al bosque con ímpetu salvaje y, mientras sus patas golpeaban la tierra helada cubierta por una capa de nieve, su mente divagaba en las últimas palabras de Alana. El aire estaba impregnado de la fragancia limpia de la naturaleza congelada. Cada inhalación llenaba sus pulmones con un frío vigorizante y el crujir de la nieve bajo sus patas se volvía un eco tranquilizador en la quietud de la noche.
No entendía por qué, pero, tras escuchar que Alana se iría al pueblo humano, una oleada de emociones lo desbordó. Estaba frustrado, molesto y profundamente triste. No le gustaba sentirse así, tan atado a sentimientos que escapaban de su control, y la única forma que conocía para enfrentarlo, era liberar a su lobo interior. Luego, transformado en lobo, necesitaba correr, perderse entre los árboles y dejar que los olores de la nieve y el bosque calmaran su mente atormentada.
Horas más tarde, sin detener el ritmo, su energía comenzó a menguar. Había estado corriendo demasiado tiempo y, exhausto, decidió regresar. Pero algo lo detuvo en seco.
Sus músculos se tensaron, su pelaje se erizó y una sensación de peligro lo invadió. Arrugó su nariz lobuna en un gesto de disgusto y alarma. Era un olor completamente desconocido. Un aroma a sangre coagulada, mezclado con la inconfundible esencia de la muerte y la putrefacción. Un aroma antinatural, que no pertenecía a ningún ciclo vivo que él conociera. Su instinto lo identificó de inmediato como una amenaza. Había leído sobre criaturas que despertaban ese rechazo: humanos que corrompían su esencia, atrapados en la noche perpetua y castigados por las lunas; vampiros.
Su instinto lo instaba a seguirlo, a luchar encarnizadamente. Era una sensación intrínseca a su naturaleza, como la rivalidad entre dos especies que estaban destinadas a odiarse.
Sin embargo, se detuvo en seco. Se dio cuenta de que se estaba dejando arrastrar por el instinto y las enseñanzas de la Lunavia Dualis acudieron a su mente. Tenía que tener autocontrol, contemplación, pensar antes de actuar. Su hocico inspiró hondo y el aire helado de la nieve lo ancló al presente. Se quedó quieto, atento, esperando.
«Sé lógico», se dijo a sí mismo, recordando que apenas conocía a su enemigo. Ignoraba si poseía la fuerza suficiente para derrotarlo. Lo más sensato era regresar al templo y alertar a los demás. Aunque, pensándolo bien, resultaba absurdo imaginar que un vampiro se atreviera a entrar, literalmente, en la boca del lobo. Un simple vampiro no le haría nada a ninguno de sus hermanos. Entonces una pregunta invadió su mente ¿y Alana estaría a salvo?
Según lo que había leído, los vampiros necesitaban ser invitados para cruzar el umbral de una casa y atacar a sus habitantes. Solían valerse de la ingenuidad, la seducción, o de técnicas más sofisticadas de coerción para engañar a sus víctimas. Sin embargo, desde que los humanos habían descubierto ese secreto, el método había perdido eficacia. De hecho, tratar con vampiros de forma voluntaria se consideraba ilegal.
Pero Alana había perdido la memoria. Era posible que aquello, tan evidente para algunos, no lo fuera para ella. Así, solo imaginarla en peligro, vulnerable ante algo que no comprendía, lo llenó de angustia.
En un instante, la doctrina, la lógica y la razón desaparecieron. Se lanzó a correr a toda velocidad hacia el templo, con el nombre de Alana latiendo en su mente, mientras los árboles se convertían en sombras borrosas, sacudidas por la violencia de su paso.
Al llegar, escudriñó con desesperación cada ventana, cada entrada, con el corazón a punto de estallar. Pero todo permanecía cerrado. En calma. No había señales de altercado, y aquel desagradable olor se había desvanecido.
Le resultaba extraño. ¿Cómo podía haberse disipado un aroma tan intenso en tan poco tiempo?
Agotado, se detuvo. Había sido una noche de lo más agitada y el cansancio ya le comenzaba a pasar factura. Por lo que, incapaz de seguir despierto, buscó refugio en el interior de un árbol y, en el rincón más seco que encontró, se hizo un ovillo y cerró los ojos.
Por lo general se mantenía en alerta cuando pasaba la noche a la intemperie, y más aún si había peligro cerca. Pero su cuerpo, extenuado por tantas emociones, no daba más. Era una de las desventajas de la doctrina. Canalizar los instintos agresivos de la bestia interna agotaba tanto física como mentalmente. Y así, sin poder evitarlo, se dejó llevar por el cansancio.
Esa noche, Masaru soñó que estaba cerca de su primera manada. Su familia adoptiva de lobos. Escuchaba sus aullidos resonando a la distancia. Sabía que estaban allí, esperándolo, pero una fuerza inexplicable lo impulsaba a seguir huyendo de ellos y a dejar atrás todo lo conocido.
Masaru continuaba en su forma de lobo, corriendo, dejando atrás los aullidos de su familia, hasta que se despertó.
Tenía los ojos humedecidos. Una ola de tristeza lo envolvió. Hacía años que no se había sentido tan solo. Se desperezó y, al ver actividad desde temprano en la entrada del templo, se acercó con cautela. ¿Realmente Alana se iba a ir?
No. No podía permitirlo.
Se aproximó lentamente, aún en su forma de lobo. Su pelaje blanco se mezclaba con la nieve, camuflándose casi por completo, excepto por sus penetrantes ojos violeta.
Le llamó la atención ver a los lobos escribas, seguramente iban a supervisar. Por lo general solo se involucraban en asuntos de gran importancia, ¿realmente era necesario que fueran al pueblo? Todo indicaba que tratarían temas más serios de lo habitual. También alcanzó a distinguir a los enormes huargos que halaban a los trineos.
Su mirada se desvió luego hacia el séquito especial del alfa, vestidos con ropajes negros. Permanecían en silencio, rígidos. Todos eran altos, de piel morena y cabello negro. Una especie de réplica en miniatura de Ōkiba. Aunque eso no le sorprendía. Al fin y al cabo, eran sus hijos.
No los soportaba.
Nunca olvidaría la primera vez que llegó al templo como un cachorro y ellos lo habían rechazado. Recordaba cómo lo miraron con desprecio e incluso sentía que querían lastimarlo, especialmente el mayor de ellos; y quizás, si no fuera por la doctrina que todos estaban obligados a practicar, lo habrían hecho.
El joven lobo hizo un esfuerzo por dejar sus rencores a un lado. Había algo más importante en ese momento. Entonces vio a Alana. Ella se veía diminuta entre tantos lobos. Caminaba con cautela sobre la nieve, como si le costara mantener el equilibrio. Quizá las capas de piel que llevaba encima le resultaban pesadas.
Masaru movió una pata para acercarse a ella, pero Ōkiba se le adelantó. Apenas lo vio tocar la pequeña mano de Alana, el dolor en el pecho volvió a atacarlo. Era como si algo invisible estrujara su corazón con fuerza. Una sensación de vacío que se extendía desde el pecho hasta el estómago. Quería escapar, volver al bosque y soltar toda esa rabia cazando alguna criatura.
Pero no quería cometer otro error.
Si de verdad Alana iba a quedarse con los humanos, entonces esa sería su última oportunidad para hablar con ella. Por eso, manteniendo su forma de lobo, decidió seguir los trineos desde la distancia. Sabía que era posible que Ōkiba percibiera su presencia, pero, al no ahuyentarlo, Masaru asumió que tenía permiso para acompañarlos.
A veces, el viejo podía ser comprensivo.
El viaje avanzó sin contratiempos. Los trineos eran veloces, más que cualquier transporte humano, ya que eran remolcados por huargos. A pesar de ello, por consideración a Alana, se detenían con frecuencia para comer y charlar.
Cada vez que Alana y Ōkiba intercambiaban palabras, Masaru sentía ese dolor extraño y persistente en el pecho, pero se obligaba a contenerse. Actuar por impulso solo empeoraría las cosas. En lugar de eso, trató de enfocar su atención en el entorno. Era un paisaje completamente nuevo para él. Jamás había descendido a las faldas de las montañas.
A cada paso, sus fosas nasales se llenaban con una mezcla embriagadora de aromas: humo, pescado, sudor y otros olores que no podía identificar. Pronto comenzaron a aparecer los humanos que se desplazaban por las rutas principales en sus trineos. Jamás lo habían invadido tantos olores al mismo tiempo. Pero fue al acercarse al pueblo, cuando la oleada se volvió verdaderamente abrumadora.
Estando a unos pasos de llegar, Masaru cayó en cuenta de que no podía entrar solo a un asentamiento humano en su forma de lobo. Eso lo obligaba a acercarse lo suficiente al grupo para que el resto de lobos se dieran cuenta de que iba con ellos.
El orgullo le decía que retrocediera, que no valía la pena seguir adelante. Pero no quería volver con el rabo entre las piernas frente a Alana; ni parecer infantil ante el alfa.
Meditó unos segundos y reunió la fuerza de voluntad necesaria para acercarse. Al hacerlo, los hijos de Ōkiba, en sus formas lobo, ni se inmutaron por su presencia y siguieron avanzando con paso firme. Entonces Masaru alzó la mirada y la dirigió con firmeza hacia el alfa, esperando su autorización.
Ōkiba solo asintió con la cabeza, pero Alana, al verlo, sonrió y levantó el brazo para hacerle señas.
—¡Masaru! —exclamó ella con alegría.
Esa voz y esa sonrisa parecía enterrar todos sus miedos y confusiones, y, como si fuera una luz al final del túnel, se acercó y corrió junto a su trineo.