El pueblo de Erikuma se alzaba cerca de la costa. La brisa marina acarició el rostro de Masaru, y sus ojos se abrieron con sorpresa ante aquel nuevo estímulo.
Nunca había conocido el mar, pero sabía que, pasando las montañas, allá, donde la densa neblina ocultaba el horizonte, estaría aquella extensión de agua infinita que llamaban océano. Debía ser de agua helada por la cercanía a las Tierras Salvajes. Había leído sobre ello, aunque leer y sentir eran cosas totalmente diferentes.
La brisa lo tenía absorto. Sus ojos recorrían el entorno: humanos que iban de un lado al otro, algunos lanzando miradas cautelosas hacia los lobos; edificaciones con sus techos inclinados; la entrada al pueblo, rodeada por una empalizada de gruesos tallos de bambú entretejidos con vigas de madera oscurecida por la intemperie. No era una muralla imponente, apenas alcanzaba la altura de dos hombres, pero servía para mantener a raya a las bestias o animales salvajes que merodeaban los linderos del bosque. Masaru notó que, en algunos tramos, los postes estaban reforzados con sogas gruesas y parches de cuero, y una sección del muro estaba parcialmente destruida, como si algo de considerable tamaño y fuerza hubiera embestido desde el exterior. Sobre la empalizada se habían improvisado plataformas de vigilancia hechas con tablones disparejos, donde algunos humanos hacían guardia envueltos en capas gruesas y armados con lanzas y arcos cortos.
Desde donde estaba, Masaru alcanzaba a distinguir los tejados de las casas sobresaliendo por encima del muro. Estructuras de techos inclinados y cubiertas parcialmente de nieve. Pero lo que más le sorprendió fue su distribución tan caótica. Cada casa estaba separada una de otra, y cada una tenía un tamaño distinto.
Como él solo había vivido en el templo, una construcción enorme de piedra sólida, con patios internos, muros altos y pasillos largos donde todo estaba conectado. En comparación, aquellas casas le parecían frágiles e improvisadas, como si cada habitante la hubiera armado a su manera.
La novedad lo abrumó. Todo caía sobre él como una tormenta de sensaciones. Tan absorto estaba en observar el pueblo, que apenas advirtió al humano bajo y regordete que corría hacia ellos, con el cabello rojizo y el rostro cubierto de pecas, seguido por una mujer de igual porte.
—¡Bienvenido, señor Ōkiba! —exclamó el hombre, envuelto en pieles de oso que parecían más grandes que él. Era Drakel Akagami, líder del pueblo.
Se inclinó brevemente con las manos juntas en señal de respeto:
—No esperábamos recibirlo tan pronto, así que todavía no hemos tenido tiempo de preparar una recepción adecuada. —Su mirada se desvió hacia una sección de la empalizada destruida—. Además, las bestias han estado un poco inquietas últimamente.
La mirada de Ōkiba permanecía fija en el humano. Desde fuera, su expresión era impenetrable, como si el líder del pueblo tuviera tanta importancia como una piedra en el camino. Aquel hombre no se parecía en nada a quien lo había recibido en el pasado. Aunque Drakel tenía un pequeño atisbo a él, el suficiente para creer que eran familia, su imagen estaba demasiado diluida.
Erikuma Akagami había sido un humano distinto. Un gigante de cabello rojo como la sangre, que empuñaba un hacha tan grande que parecía imposible de manejar. Un aura letal emanaba de él, tan poderosa como la de cualquier alfa. Aquel líder sí era un ser imposible de ignorar.
Ahora, en su lugar, veía a este hombrecillo que, pese a mostrarse cortés, temblaba como un conejo ante un depredador. La diferencia era demasiado desconcertante para el alfa. La herencia humana le resultaba demasiado extraña, pues, en los lobos, la tendencia siempre era a la homogeneidad; los hijos heredaban la apariencia y fuerza del progenitor más poderoso. Sin embargo, los humanos podían producir monstruosidades y ratones en la misma línea de sangre.
—Eso no importa, líder Drakel —dijo Ōkiba, con un tono que, a pesar de sus inquietudes, sonaba despreocupado—. Acabaremos con las bestias como acordamos, y, para compensar nuestra llegada anticipada, cazaremos animales para ustedes.
El hombrecillo asintió repetidamente, con tanta prisa que parecía rebotar, aunque su expresión no denotaba alivio, si no más miedo.
Masaru observaba el intercambio de palabras entre ambos lideres. Sabía que el Ōkiba intimidaba por naturaleza, pero, según entendía, llevaba años tratando con la gente de los pueblos ¿por qué ellos aún le tenían miedo y no así Alana?
«¿Será que todos en este pueblo son así de… cobardes?», fue su conclusión.
—Sí, sí… como guste, señor Ōkiba —respondió Drakel—. Pero, en cuanto a lo que nos corresponde este año…
—Antes de que lo menciones —lo interrumpió de nuevo el alfa, girándose para señalar a Alana, que seguía sentada en el trineo, observando la conversación con curiosidad e inquietud—. Necesito tu ayuda con ella. Es una humana. Su nombre es Alana. Perdió sus recuerdos y está buscando su hogar. ¿Has recibido noticias de alguna persona desaparecida?
El pelirrojo frunció el ceño, entrecerrando los ojos mientras la observaba con atención, como buscando algún rastro conocido en su rostro. Entonces sus ojos brillaron, como quien acababa de recibir una revelación
—¡Sí! ¡Por supuesto que la conozco! ¡Es mi hija, mi hija mayor que se perdió hace tiempo!
Alana abrió los ojos de par en par, mirando al hombre con incredulidad. Sabía que no recordaba su pasado, pero esa cara no le resultaba en absoluto familiar. No había ni un solo rasgo que sugiriera algún parentesco.
Ōkiba se cruzó de brazos y sostuvo la mirada de Drakel un segundo más de lo necesario. Luego, pese a la tensión en su expresión, asintió lentamente, zanjando el asunto.
Alana parpadeó incrédula, miró a Ōkiba y luego a Drakel.
—¿Qué…? —balbuceó ante la repentina revelación—. Espera, esto es muy… rápido —dijo mientras bajaba del trineo con movimientos torpes. Dio un par de pasos hacia ellos, aún aturdida, y, antes de poder acercarse más, la mujer, con el rostro afligido, se lanzó y la rodeó en un abrazo desesperado.
—¡Hija mía! —sollozó—. ¡Estás aquí! ¡Estás viva! ¡Después de tanto tiempo buscándote…!
Su llanto silenciaba los murmullos de los pueblerinos que se mostraban sorprendidos por aquel reencuentro.
Alana no supo cómo reaccionar. Sus brazos colgaban a los costados, incapaces de devolverle el abrazo. Todo había ocurrido tan deprisa que apenas podía procesarlo. Además, al no tener recuerdos, no podía evitar sentir que aquella mujer era una desconocida.
Masaru se quedó inmóvil, observando a Alana junto a la mujer que decía ser su madre. Sintió cómo algo dentro de él se desmoronaba lentamente. En parte, estaba feliz por ella. Al fin había encontrado a su familia y viviría la vida que no recordaba, pero que poco a poco comenzaría a recuperar. Sin embargo, al mismo tiempo lo invadía la incertidumbre. ¿Su lugar ya no era junto a ella? Alana ya no viviría en el templo, ya no estaría a su lado. Ya no sería suya, ahora pertenecería a su verdadera familia.
Quiso acercarse, decir algo, pero tampoco le parecía bien interrumpir el momento. Quizás al mirarla más de cerca…
—Masaru, vamos.
La voz de Ōkiba cortó el aire como un zarpazo. Ante el sonido potente de sus palabras, el jefe del pueblo dio un respingo y, con expresión nerviosa, hizo otra reverencia temblorosa hacia los lobos.
—Les… les mostraré dónde pueden hospedarse antes de las festividades.
Ōkiba asintió sin más y, junto a Masaru y los demás lobos, siguieron al líder humano hacia el interior del pueblo.
Una vez dentro de las murallas, la vida del pueblo contrastaba fuertemente con la vida en el templo. Arriba todo era frío, solemne, silencioso, mientras que el pueblo, aunque seguía siendo algo de frío, la calidez de los humanos llenaba el espacio. Las calles eran ruidosas y todas las casas se veían de formas y colores diferentes, en diferentes medidas.
Alana miró a lo alto. Las montañas nevadas cerraban el horizonte. Hacía apenas unas horas se encontraba sobre ellas, viviendo entre los hombres lobo del templo, pero ahora era guiada por su reencontrada madre a un lugar diferente, al que sería... No. Al que era su verdadero hogar.
La entrada principal estaba rodeada de faroles de piedra, que, al parecer, limpiaban con constancia para evitar que quedaran enterrados bajo la nieve. A la izquierda, un estanque oscuro se extendía junto a una pequeña construcción con techo de madera y pilares a los lados, como si fuera un templo en miniatura.
Entonces la gigantesca estatua de piedra en medio del jardín captó la atención de Alana. Era un enorme guerrero de musculatura exagerada y un hacha en ambas manos. Estaba repleta de detalles y parecía cuidada con mayor esmero que los faroles. A sus pies había ofrendas de comida y flores.
Al pasar frente a ella, su madre hizo una leve inclinación de respeto e instó a Alana a hacer lo mismo, empujándola suavemente con una mano en la espalda. Alana la imitó al sentir el empujón y luego continuó el recorrido hasta llegar a un pórtico techado y curvado. La puerta se abrió y Alana dudó, cerró los ojos, el aire helado entrando en sus pulmones y entonces decidió avanzar.
Al fin estaba de vuelta en casa.