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Capítulo 3

Sobreviviendo en tierra de bestias · por Ahruxan · 21 de julio de 2026

—¿Ocurre algo malo? —inquirió Alana, calentando sus manos en una taza de té. Ōkiba había enviado a Masaru a terminar sus deberes y se la había llevado con él al interior del templo.

Ahora se encontraba en una pequeña sala, al alero de la cocina, sentada sobre unos cómodos cojines frente a una mesa de madera redonda y baja que brillaba de lo limpia que estaba. 

Frente a ella estaba Ōkiba. Era muy alto, sin duda el más grande del templo. Si se ponía a su lado, no le llegaba ni a los hombros. Alana debía alzar la cabeza para mirarlo. Todo su físico irradiaba autoridad, como si tuviera el control absoluto de todo a su alrededor. Sus facciones eran marcadas, su cuerpo revelaba una musculatura poderosa, y parecía estar siempre envuelto en un aura exótica y salvaje.

Que ambos estuvieran a solas la avergonzaba. Bajó la vista hacia el humo del té, esperando que su calor pudiera disimular el sonrojo que estaba tiñendo sus mejillas. Pese al tiempo transcurrido, sentía que nunca se acostumbraría a su imponente presencia. 

Aunque, de algún modo, su rostro tenía algo que se le hacía familiar. Pero apenas esa idea se cruzó por su mente, tuvo que apretar los labios para reprimir un quejido. El dolor de cabeza venía a cobrarle por sus memorias. Siempre era así. 

—Nada malo, Alana —respondió el alfa con parsimonia, sin tocar aún su taza de té.

—Que… que bueno. —Alana se odió a sí misma al escuchar su voz tan tímida y chillona. 

Ōkiba levantó con calma su taza de té y bebió un sorbo silencioso, sin apartar la mirada de Alana. Solo cuando depositó de nuevo la taza sobre la mesa, su voz, profunda y serena, se volvió a oír:

—¿Has logrado recordar algo?

Alana se alertó. Ya intuía por dónde iba la conversación. Ellos habían sido muy amables en darle cobijo durante tanto tiempo, pero estaba claro que sería algo temporal. Después de todo, el templo tenía un propósito, y las mujeres no parecían formar parte de él. A excepción de…

—¡La anciana! —pensó Alana en voz alta.

Ōkiba enarcó una ceja por el repentino comentario de la muchacha.

—Quiero decir… —continuó ella, enérgica, con una confianza renovada y comprometida con su idea hasta el final—. Sé que no puedo quedarme aquí, pero no quiero que me eches. No conozco a nadie más. Además, si me quedo, yo podría ayudar a Mika, hacer lo mismo que hace ella. Yo también puedo ser útil.

El rostro de Ōkiba siguió serio. Ella esperó alguna reacción, pero no parecía que fuera a decir algo pronto. «¿Acaso dije algo malo?», se preguntó, preocupada de haber acelerado su propio despido.

—Entonces, ¿dices qué quieres seguir el legado de Mika? —respondió Ōkiba. 

Y, sin pensarlo mucho, Alana juntó ambas manos, con la esperanza brillando en sus ojos, y asintió repetidas veces.

—Entiendo. Pero yo no puedo decidir eso. Eres humana. Según nuestro tratado, solo otros humanos pueden decidir por ti.

Alana lo miró sin entender a qué se refería exactamente. «¿Qué humanos van a decidir por mí?». Luego Ōkiba volteó hacia la ventana, con calma en su semblante. Afuera, el paisaje nevado se fundía con los pequeños rayos dorados del sol.

—Parece que estas de suerte —dijo el alfa sin mirarla—. La nueve es más baja durante esta época del año, y las rutas comerciales suelen mantenerse más despejadas.

Alana seguía con su cara de no entender nada. Entonces Ōkiba volteó de nuevo hacia ella y continuó:

—Es una fecha segura para ti, así que mañana saldremos hacia el pueblo. Allá hablaremos con el líder, y él decidirá qué puedes hacer.

—¿El líder? Pero ¿por qué un desconocido debe decidir por mí? No entiendo. 

—Porque es humano —recalcó Ōkiba, como si fuera lo más obvio del mundo.

Alana seguía sin entender bien esa regla. Puede que ellos fueran humanos como ella, pero eso no les daba derecho a decidir sobre su vida. Además, ni siquiera los conocía, o… «¿quizás sí?».

Alana quiso protestar, pero ya habían hecho mucho por ella como para ser exigente. «Supongo que no es mala idea ir. Tal vez me sirva para recordar quién soy», trató de convencerse, aunque en el fondo no le gustaba la idea de marcharse, pues, a fin de cuentas, ya se había acostumbrado al templo.

—Está bien, iré —dijo Alana, aunque con algo de duda en su voz—, pero, por favor, aunque suene a capricho, considera también mi voluntad.

Ōkiba solo asintió. En ese momento, la anciana Mika ingresó al cuarto para retirar las tazas de té y Alana, al verla, se levantó enseguida.

—Déjeme ayudarla —dijo en voz alta, con la intención de ser escuchada por Ōkiba. Tomó una de las tazas, y ambas salieron de la habitación.

 

***

Era inevitable que Masaru se aburriera con facilidad. Después de todo, era un cachorro a diferencia de los lobos que vivían en el templo. 

Su pasatiempo habitual consistía en leer libros en la biblioteca. Podía perderse tanto en mundos de fantasía, o aprendiendo algo nuevo, que no existía libro que no sucumbiera a su inquieta imaginación. 

Aunque también disfrutaba salir al aire libre y adentrarse en la inmensidad del bosque que rodeaba la montaña. 

Sin embargo, últimamente, compartir tiempo con Alana se había convertido en su prioridad. Y, más allá de su deber de vigilarla y protegerla, también había comenzado a disfrutar de su compañía de forma más genuina. Quizás demasiado. 

Para Masaru, Alana era divertida y algo enigmática. Tenía expresiones únicas y mostraba un interés sincero por escuchar todo lo que él tenía para contar. A diferencia de los demás lobos del templo, que eran demasiado estoicos para su gusto. 

—Maldito viejo, no te soporto —refunfuñaba, mientras barría con agresividad una de las entradas del templo.

Si bien Ōkiba lo había salvado de una muerte segura, y lo había integrado a su manada, Masaru no se sentía en deuda con él. Después de todo, ahora le debía obediencia. Y sentía que ese precio era mucho mayor.

A pesar de sus quejas, Masaru cumplía con su parte y ayudaba a Mika con las tareas domésticas. Solo imaginarla temblando de frío, mientras limpiaba al aire libre, era suficiente motivación para cooperar. Era consciente de las dificultades que enfrentaba la anciana para lograr mantener limpio el templo y cocinar para todos. Además, le sorprendía que, a su edad, aún pudiera encargarse de tantas cosas.

Mika lo había cuidado desde que era pequeño. Lo había atendido del mismo modo en que lo hacía con Alana, hasta el punto en que creyó que él era alguien especial para ella. Luego se dio cuenta de que su amabilidad era igual con todos y dejó de esforzarse por buscar un trato especial de su parte. Le agradecía y se comportaba con respeto hacia ella, pero nada más.

Además, siempre sintió que Mika escondía algo más allá de su silencio. Algo en sus gestos no terminaba de parecerle sincero. Aunque eso siempre cambiaba cuando estaba junto a Ōkiba. Cuando el alfa estaba cerca, sus ojos cobraban vida; casi brillaban. Y su sonrisa dejaba de ser una máscara, así como le ocurría a Alana.

No entendía por qué tanto Alana como la anciana se comportaban así con Ōkiba. Al fin y al cabo él también podía llegar a ser alto, y también podía estar fornido. Solo le faltaban unos cuantos años. Además, él era quien siempre la ayudaba con las tareas domésticas, y él fue quien rescató a Alana, y quien la protegía. No Ōkiba.

—Y soy el único que habla con Alana y se preocupa por su bienestar. Ōkiba, con suerte, la saluda un par de veces al día y ni siquiera se toma el tiempo de hablar con ella. ¿Por qué lo prefiere?

«¿Será que las hembras son así?», pensó. Para él tenía sentido. Después de todo, solo conocía a la anciana y, más recientemente, a Alana.

Lo cierto era que le agradaba mucho Alana y aún se sentía culpable por la forma en que la había tratado el día que la conoció. Ella casi muere, y él pudo haber sido el culpable. Pero nunca había visto a una humana y por eso había actuado con cautela. Había leído demasiados libros sobre humanos cazadores de hombres lobos y vampiros, y había crecido alimentando aquel prejuicio. 

—¡Masaru! —exclamó Alana a lo lejos.

Masaru dio un respingo al notar la inconfundible voz de su amiga. De golpe tiró la escoba a un lado y, con un par de brincos, llegó hasta ella. 

La muchacha retrocedió un poco ante su intempestivo acercamiento. Aún no se acostumbraba a la efusividad de su amigo.

—Masaru… —dijo un poco más suave. Había algo de angustia en su tono—. Al parecer me llevarán mañana a un pueblo humano y… puede que ellos decidan que me quede allá.

El muchacho quedó en blanco.

—¿Te vas?

—No lo sé, intenté decirle a Ōkiba que…

—Si es por lo que pasó esa vez, yo solo… 

—¡Ya te dije que no volvieras a mencionar eso! —respondió Alana—. Además no es algo fijo. Solo que Ōkiba dijo que tenía que ir para que el líder del pueblo de humanos me dejara quedarme aquí.

Masaru quedó un poco confundido y Alana le explicó la conversación que había tenido con Ōkiba.

—Pero entonces si ellos dicen que te tienes que quedar en la aldea.

—Según Ōkiba, tendría que quedarme con ellos. Aunque él prometió que intentaría mediar para que me quedara en el templo.

—¿Pero y si no? 

Alana seguía hablando, comentándole a Masaru lo importante que podía ser ese viaje para ella. Sin embargo, mientras ella hablaba, Masaru se sentía cada vez peor. Algo le dolía en el pecho. Por lo que, sin dejar que Alana terminara de explicar, se dio vuelta, se transformó en lobo y salió huyendo al bosque.

 

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