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Capítulo 2

Sobreviviendo en tierra de bestias · por Ahruxan · 21 de julio de 2026

Después de aquella bochornosa presentación, una anciana de cabello blanco, fino y abundante, entró a la habitación. Su rostro era amigable y sonreía con gentileza. Su piel sonrosada y marcada por el paso del tiempo, mostraba arrugas finas alrededor de los ojos y pecas que aún sobrevivían desde su juventud.

Alana se sintió aliviada de ver a alguien que, según el estándar que aún tenía en su mente, parecía normal. No tenía tanto cabello como los otros dos, era de un tamaño mucho menor y, lo más importante, no tenía orejas, ni cola. Eso le dio algo de confianza hacia ella y quiso llenarla de preguntas apenas la anciana se acercó a la cama, pero antes de poder siquiera pronunciar una palabra, la mujer la detuvo con un gesto de su mano, le retiró la sabana de las piernas y luego volteó hacia Masaru.

El joven seguía intentando controlar la risa a espaldas de Mika; respiraba profundo y caminaba de un lado a otro. Entonces, cuando la anciana volteó hacia él, y le hizo un gesto, Masaru entendió al instante que tenía que salir del cuarto. 

La mujer era demasiado misteriosa. Parecía muda, pues ni siquiera se molestaba en intentar gesticular alguna palabra. Sin embargo, de ella brotaba una confianza que hizo que Alana se sintiera a gusto. 

Cuando quedaron las dos solas, la anciana le preparó un baño caliente con hierbas aromáticas en una tina de madera. Alana suspiró aliviada mientras el agua humeante enrojecía su piel y sentía que la tensión provocada por el frío se disolvía poco a poco. Era el primer momento de paz desde que había llegado a aquel lugar extraño.

Después, la anciana le entregó ropa nueva. El atuendo era similar al que ella vestía, solo que adaptado al tamaño de Alana. La ropa era holgada, de mangas anchas y largas que caían como alas, ceñido a la cintura con una faja y acompañado de pieles para protegerse del frío.

Una vez vestida, se miró al espejo y, de inmediato, su cabeza le dolió. Un dolor agudo y punzante. El mismo que había sentido antes. Parpadeó, y la imagen borrosa se aclaró gradualmente: ojos castaños, rostro redondo y sonrojado. Aparentaba unos dieciséis años, pero ¿cuántos tenía en realidad? Tocó el cristal con los dedos temblorosos, trazando el contorno de su rostro. Seguramente había muchas cosas más que había olvidado, pero al ver su cara tuvo una extraña convicción que la llenó, pues pudo reconocerse a sí misma.  

 

***

Con el paso de los meses, Alana fue acostumbrándose a su nuevo hogar. 

Vivía en un enorme templo situado en la cima de una montaña de nieve perpetua, rodeada por un tupido bosque de pinos y bambú. Un refugio silencioso, habitado por personas que practicaban una doctrina espiritual conocida como Lunavia Dualis. En aquella doctrina, las personas se entregaban plenamente a su forma de vivir, renunciaban a sus apellidos familiares y adoptaban el de Lunavia como propio, convirtiéndose en hermanos de orden.

Todo en aquel lugar parecía diseñado para la paz: la cumbre nevada, el silencio de las montañas, las aguas termales que humeaban bajo el cielo. Sin embargo, a Alana ese cielo la desconcertaba. Cada noche brillaban dos lunas violetas sobre ella y, por alguna razón, ella sentía que solo debía haber una, aunque no sabía por qué.

Pero no era lo único que le parecía que estaba fuera de lugar. Los habitantes del templo le parecían aún más desconcertantes.

Todos eran hombres, altos, de cuerpos fuertes, con orejas puntiagudas, cubiertas de un fino pelaje, y todos tenían largas colas que se agitaban con vida propia, como las de un canino. Incluso los había visto detenerse en un tipo de meditación y transformar sus cuerpos: los rostros se alargaban, el pelaje cubría toda su piel y, en cuestión de segundos, se convertían en lobos enormes que desaparecían corriendo entre la nieve. Además no había mujeres entre ellos. 

En medio de todo, Mika nunca le dirigía la palabra. Al parecer, no podía. Aunque, a pesar de su silencio absoluto, ella le traía cierta seguridad. Como si su simple compañía bastara para mantener a raya la inmensidad de todo lo desconocido. Y Masaru terminó convirtiéndose en algo así como su «guardián».

 

Cuando por fin pasó el invierno eterno, Alana aprovechó para pasear por los alrededores y contemplar con mayor claridad la estructura exterior: los muros de piedra que parecían resistir cualquier inclemencia, los jardines formados con piedras ornamentales, las aguas termales humeantes, el mar verde del bosque que rodeaba el templo, y algunas construcciones más recientes que, al parecer, habían sido levantadas para albergar a los nuevos habitantes del templo.

Los ojos cafés de Alana brillaban de emoción ante el paisaje. Nunca se cansaba de verlo. Se llevó una mano al cabello y agarró un mechón castaño que se había soltado del moño que Mika le había preparado esa mañana. La anciana solía hacerle peinados demasiado elaborados. Horquillas con pequeños ornamentos, a veces trenzas, o cualquier tipo de arte que se le ocurriera, pero, aunque eran bonitos, a veces una parte de Alana sentía que prefería llevar el cabello de forma más simple, más cómoda, mas… ella. 

A lo lejos, Alana vio a uno de los pocos lobos que le dirigían la palabra: Lenix, el vigilante del templo. No entendía por qué casi nadie se atrevía a hablarle. Cada vez que intentaba saludarlos, se alejaban con rapidez, casi como si su presencia los incomodara. 

Se detuvo a observar a Lenix con la misma intriga que la primera vez. Tenía el cabello alborotado, castaño con reflejos rojizos. Como todos los de su especie, tenía dos orejas peludas de lobo sobre su cabeza, y una larga cola del mismo tono se balanceaba tras él. Una barba incipiente le delineaba la mandíbula, acentuada por una cicatriz que le cruzaba bajo el labio, y tenía tatuajes de patrones entrelazados que recorrían sus brazos desnudos. Su atuendo era distinto al de todos los del templo. En lugar de llevar una túnica holgada con fajas, él vestía un conjunto sencillo de cuero y pieles, como si estuviera siempre preparado para salir. ¿Acaso no sentían frío?

Mientras se lo preguntaba, sus ojos se alejaron lentamente de la figura de Lenix y se detuvieron en el otro hombre que apareció. Ōkiba era más grande e imponente que cualquier otro lobo o humano, además mantenía con un aura solemne todo el tiempo; Incluso cuando estaba simplemente recostado en una baranda con los brazos cruzados. Según le habían explicado, Ōkiba era quien lideraba el templo. Y tenía todo el sentido que lo fuera.

«¿En qué estará pensando?», se preguntó, fascinada por su atractiva serenidad. No había podido hablar mucho con él. Ōkiba siempre parecía ocupado, sumergido en obligaciones que lo mantenían en constante movimiento por los pasillos del templo. Durante todo el tiempo que llevaba allí, sus conversaciones habían sido mínimas: le informaba sobre el clima del día siguiente, los horarios de las comidas, los nombres de los habitantes del templo, todo con ese tono neutro que usaba para lo que consideraba información básica. Pero cuando no le hablaba a ella, cuando su voz se dirigía a los otros lobos, todo cambiaba. Su tono se transformaba y se volvía autoritario. Daba órdenes sin esperar réplica, a veces sin siquiera alzar la voz, como si le bastara con una sola mirada. Y, de algún modo, eso le generaba una curiosidad casi incontrolable. ¿Quién era realmente ese hombre?

Sin darse cuenta, observarlo desde la distancia se había convertido en un inocente intento de conocerlo más. Sus ojos lo recorrían de arriba abajo, una y otra vez, hasta que una voz irritante interrumpió sus fantasías:

—¡Oye, Alana!

Ella se sobresaltó, luego frunció el ceño, cerró los puños y se giró molesta.

—¡Masaru!, ¡Tú de nuevo! ¿Es que no te cansas?

Ante la reacción de Alana, él se echó a reír con ese tono despreocupado que tanto la exasperaba. Ella, en respuesta, se agachó y comenzó a formar bolas de nieve que le lanzó sin dudar, mientras que Masaru las esquivaba con saltos ágiles, riéndose todavía más, burlándose de su puntería. El joven tenía una destreza que a ella siempre le resultaba asombrosa y envidiable.

Aquella escena se había vuelto cotidiana. Siempre que Alana estaba distraída, Masaru encontraba la oportunidad de aparecer de la nada y sorprenderla. Aunque ella le gritaba, molesta, y lo perseguía, en el fondo le resultaba divertido, hasta necesario, y tarde o temprano terminaba rindiéndose con él. 

Masaru podía actuar ruidoso, insistente e inmaduro a veces, pero, en cierto modo, Alana agradecía esa interacción, pues era la única que tenía. De no ser por Masaru, su vida en el templo hubiera sido deprimente. Aunque a veces también se pasaba de confiado. 

Había entrado en confianza demasiado rápido y su verdadera personalidad no tardó en salir a la luz. Era infantil y atrevido, quizás demasiado, al punto que Alana se preguntaba a veces si no habría sido mejor que siguiera siendo aquel chico serio del principio.

 

Luego de correr juntos por los alrededores del templo, ambos se sentaron en una de las bancas de los jardines. Aunque todo estaba cubierto de nieve, por uno de los lados del gran jardín corría un riachuelo de agua cálida, proveniente de las fuentes termales de las montañas que generaba consigo siluetas de vapor al entrar en contacto con el aire frío.

—Creo que estoy en deuda contigo. Gracias a que debo cuidarte, ya no tengo que hacer mis deberes —dijo Masaru con una sonrisa descarada, justo antes de morder un trozo de carne seca.

—No creo que Ōkiba se refiriera a eso, solo dijo que hicieras tus deberes con calma.

—Ya no me menshones a eshe vejo —respondió con comida en la boca. Tragó ampliamente, tosió un poco, luego continuó—. Mira, ya te lo expliqué. Cuidarte es mi principal responsabilidad. Solo Ōkiba y yo podemos hacerlo. Pero como él es el alfa, tiene demasiados asuntos que atender como para andar pendiente de ti. Así que, al final, todo me toca a mí. Lo cual es lo normal, después de todo yo te encontré, así que me perteneces.

—Otra vez con eso. Deja de decir que pertenezco.

—¿Y por qué no? ¡Si yo fui el que te encontró! —protestó con su típica insistencia.

La muchacha alzó los ojos al cielo, como quien repite lo mismo muchas veces. Era consciente de que él no lo decía con mala intención; al parecer su idiosincrasia le hacía entender que lo que encontraba era suyo. Pero, aunque eso podía ser cierto para ellos, Alana no iba a permitir ser tratada de esa forma. 

—Además, ¿qué harías sin mí? —continuó Masaru—. Eres demasiado… débil.

—¿Perdón? ¿Cómo que débil? —dijo Alana, cruzándose de brazos con una expresión molesta.

—A ver, sé que Ōkiba da miedo cuando se enoja, pero ni yo, siendo más pequeño, me he hecho… 

—¡Ay, ya basta con eso! —exclamó ella y se levantó de golpe con el rostro encendido y los puños apretados. No soportaba que siguiera mencionando aquel bochornoso acontecimiento, ¿qué acaso nunca lo olvidaría?—. ¡Ya te dije que pares con ese tema! Fue algo nuevo para mí. Además… además… seguro hacía rato que no iba al baño.

Ante esa excusa, Masaru no pudo evitar echarse a reír, ignorando los golpecitos que ella, en venganza, le profería. 

Después de un rato, al ver que Alana ya se cansaba de golpearlo en vano, la expresión de Masaru cambió a una traviesa y, con un movimiento rápido, aprovechó su distracción, le sujetó las muñecas con firmeza y la atrajo hacia él. 

Por alguna razón, siempre que ella bajaba la guardia, él se tomaba ciertas confianzas que la sobresaltaban. Su argumento era que a los lobos les gustaba vivir en manada y no podían evitar el contacto físico. Pero Alana lo dudaba pues ese comportamiento solo lo tenía con ella; de hecho, con Ōkiba, Masaru era muy distante.

—Masaru, suéltame —ordenó Alana, intentando zafarse. Pero él, como siempre, la ignoró y siguió hablando. 

—Es solo que no sé cómo podrías sobrevivir sin mí. Tu piel no emana suficiente calor para aguantar la nieve. —Sus dedos presionaban suavemente las muñecas de Alana, como si quisiera compartirle su calidez—. Apenas puedes cargar cosas pesadas, te cansas al caminar, y, si te caes, te haces heridas. Si eso no es ser débil… ¿Entonces qué es? 

«Lo normal», quiso responder ella. Pero se abstuvo. Desde que vivía en el templo, su concepto de normalidad era cuestionable. Al final, la chica suspiró con resignación, consciente de que estaba librando una batalla perdida, por lo que intentó desviar el tema hasta que el lobo la soltara. 

—¿Y no hay mujeres lobo a las que puedas ir a molestar? —espetó, sin dejar sus intentos para zafarse las manos. 

La pregunta lo tomó por sorpresa. Soltó con cuidado las muñecas de Alana y se llevó una mano al mentón. Su cola se movió de un lado a otro de forma automática, un gesto que hacía cada vez que pensaba. 

—Sí, claro que las hay —respondió después de un rato, mirando hacia el horizonte—, pero no aquí. Recuerda que este lugar fue creado para los lobos expulsados o solitarios. Una mujer es necesaria para una manada, y eso no es lo que trata de ser el templo. Este es un espacio para meditar y controlar nuestra bestia interna. Ni siquiera interactuamos casi con las aldeas aledañas. Solo Ōkiba tiene permitido comerciar.

—¿Eso significa que a ti te expulsaron de una manada? —preguntó Alana. 

Al instante, Masaru dejó de mover la cola y Alana se dio cuenta de que había tocado un tema sensible. Abrió la boca para disculparse, pero Masaru la interrumpió.

—No sé… o bueno, tal vez —murmuró, pensativo—. Verás, yo nací en forma de lobo y fui abandonado al nacer. Nunca conocí a mi madre, así que no conocía mi lado humano. Por lo que recuerdo, una loba me encontró y me crio como uno de sus hijos. Así que mis primeros años de vida los viví con cachorros que no eran como nosotros, si no lobos de verdad. Ellos eran mis hermanos de sangre. Nos alimentábamos de la misma loba, jugábamos juntos, y, cuando crecimos, cazábamos en grupo. Era una buena vida, o lo fue al menos hasta los cinco años. 

La brisa de la montaña acariciaba el cabello de Masaru de un lado a otro y bañaba el jardín con la nieve que era empujada a bailar alrededor de ellos. Alana nunca había visto al joven lobo con ese semblante. Lucía un poco cabizbajo, pensativo y taciturno. Incluso… maduro. 

—Y ¿Qué ocurrió a los cinco años? —preguntó ella.

—Mi cuerpo cambió. Me transformé en un niño de piel humana, desnudo y aterrorizado. Sentí frío por primera vez. Por supuesto, mis hermanos, instintivamente, intentaron atacarme. No me reconocían; era un extraño en medio de su manada, y yo no sabía cómo hacerles entender que seguía siendo yo. Era pequeño, inexperto, y estaba completamente solo. Pero tuve suerte. Ōkiba estaba cazando cerca y apenas escuchó los aullidos de mis hermanos corrió hacia ellos. Entonces me vio y decidió ayudarme. Por suerte, siendo alfa, incluso los animales lo respetan. 

Aquella confesión fue nueva para Alana. Masaru solía hablarle de muchas cosas, pero la mayoría giraban en torno a sus libros o sus logros como cazador. Rara vez se sinceraba sobre su vida personal.

Lo miró, perpleja. Parecía un tema difícil, pero su curiosidad era más fuerte.

—¿Y qué pasó con tu familia loba? ¿Los volviste a ver ahora que eres mayor?

—No, ya deben estar muertos —respondió Masaru encogiéndose de hombros—. Después de todo eran solo animales. Ellos no viven más allá de dieciséis años, y como ya tengo quince… 

—Lo siento. 

—Tranquila —dijo Masaru con calma, aunque en su mirada asomaba un atisbo de amargura—. Tal vez el que esa loba me confundiera con uno de los suyos, fue la razón por la cual sobreviví. 

Alana tenía muchas preguntas. Todo lo que le contaba sonaba a fantasía, aunque, después de vivir tanto tiempo en el templo, no podía negar que la historia sonaba bastante real. 

Masaru la miró y notó su expresión preocupada, esbozó una sonrisa, y su cola volvió a moverse de un lado a otro. Verla así, preocupada por él, le resultaba extrañamente reconfortante. 

—Me encanta que quieras saber de mí —dijo con una sonrisa satisfecha—, pero ¿qué hay de ti? Todo el tiempo me haces preguntas, pero nunca dices de dónde vienes… 

—Ya te dije que no lo sé —cortó Alana, llevando su mano a la cabeza. No era la primera vez que él la abordaba con esas preguntas—. Ya sabes que no lo recuerdo; no recuerdo nada, así que no insistas, por favor. 

—Qué decepción. Y yo que quería oír historias de humanos. 

«Historias de humanos», pensó Alana, sintiendo una nostalgia extraña. Algo en su interior le decía que tenía mucho que contar, cosas realmente increíbles y muy diferentes a lo que veía a su alrededor. Pero, por mucho que se esforzara, no podía alcanzarlas. 

—¿Entonces nunca has visto a más humanos?, además de Mika, claro —preguntó Alana. Y se preguntó si existirían más humanos fuera de ellas dos. 

Masaru negó con la cabeza. Eso le pareció una confirmación de sus pensamientos. Luego él continuó:

—Yo no. Pero cuando el viejo baja con su séquito a comerciar, va a pueblos humanos. Nunca me deja ir. Dice que los humanos son peligrosos, que pueden cazar hombres lobo y vampiros solo con sus armas. Pero ya no le creo. ¡Mírate! Después de conocerte, sé que no es cierto. Seguro lo decía solo para que dejara de fastidiarlo. Este año tendrá que dejarme ir, sí o sí. Ya sé la verdad, así que no tiene excusa. 

—Masaru —lo interrumpió una imponente voz a sus espaldas. 

Ambos se sobresaltaron, pero Masaru reaccionó con rapidez y dio un salto dispuesto a huir. Sin embargo, Ōkiba, con una agilidad impresionante, lo agarró por la parte de atrás del cuello de la ropa y lo atrajo hacia sí de un tirón.

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