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Capítulo 1

Sobreviviendo en tierra de bestias · por Ahruxan · 15 de julio de 2026

«Alana. Me llamo Alana.»

Su nombre fue lo único que recordó al despertar.

No estaba segura de cuánto tiempo pasó desde que cayó inconsciente. Su cuerpo aún dolía por el entumecimiento, aunque el calor comenzaba a regresar en sus articulaciones. Al parecer seguía con vida, pero ¿cómo? ¿Sería que aquel desconocido sí se había apiadado de ella? Hurgó en su mente, pero sus recuerdos eran difusos. De momento, su única certeza era que su corazón latía y que, de milagro, seguía viva.  

Con dificultad miró alrededor. La luz era cálida y tenue, proveniente de unas llamativas lámparas de papel que colgaban en el techo. No podía identificar si era de noche o de día, pues no había ninguna ventana a su alrededor. Estaba en el interior de una amplia habitación con un suelo cubierto por esteras rectangulares hechas de pequeñas trenzas de paja. Las paredes estaban formadas por paneles corredizos, sostenidos por madera y papel.  

Intentó mover sus piernas y, aunque recordaba el dolor agudo del frío, parecía que no tenía ninguna secuela. Además se percató de que la cama en la que estaba, había sido cubierta con mantas de cuero y rodeada de cojines. Miró y palpó todo su cuerpo. Aún vestía su ropa, aunque tenía encima varias mantas que ayudaban a secarla. 

Entonces, detrás suyo, una de las paredes se deslizó suavemente y dos figuras ingresaron a la habitación. 

—Yo… es que, es que… no sabía que por algo así se podía morir… —Escuchó decir a uno de ellos. Era la voz de un chico. 

—Los humanos son menos resistentes a la nieve que nosotros —interrumpió otra voz. También era masculina, pero muy distinta. Demasiado. Más grave, más ronca y cargada de autoridad. 

Al oírlo, Alana se giró para verlos. 

—Discul...pen... ¿Dón...? ¿Dónde...? —sus palabras murieron apenas los vio.

Uno de esos hombres era enorme, debía medir más de dos metros. Llevaba prendas de tela amplia que acentuaban sus anchos hombros y dejaban entrever una musculatura bien definida. Su rostro, de piel morena y facciones pronunciadas, se veía realzado por una abundante melena azabache. Y sus ojos almendrados, de un hipnótico color avellana, eran profundos, intensos, como si pudieran escudriñar su alma. Sin embargo, lo que más le robó el aliento fue descubrir que, entre los mechones oscuros de su cabello, se asomaban…  

—¿¡Orejas de animal!? —exclamó en voz alta y luego terminó tosiendo por el esfuerzo. 

—¿Cómo dices? —replicó la primera voz con un tono que sonaba a reproche. 

Era un muchacho adolescente, mucho más bajo que el anterior, de facciones tan suaves que, de no ser por su voz y postura, habría podido confundirse con una chica. Vestía ropa holgada hecha de telas finas, y su cabello plateado caía en suaves mechones, resaltando aún más sus ojos que eran de un intenso y brillante color violeta. 

Entonces, al observar su atuendo, lo recordó. Era él quien la había encontrado en la nieve.  

Pero no se sorprendió por eso, sino porque aquel joven también tenía orejas similares a las de un canino. 

—¿Y tú qué tanto me miras? —espetó él mientras mecía su larga… ¿cola? 

—Yo… yo… perdón —dijo Alana y bajó la mirada hacia sus manos 

«¿Estoy soñando? Esto no es normal», pensó Alana, intentando darle sentido a la situación. Sabía que aquello era ilógico, aunque no recordaba por qué. Incluso se tocó el cabello por si, de alguna forma, ese tipo de orejas eran normales, aunque ella no recordaba las suyas. Pero al pensar demasiado en eso, un dolor punzante le invadió la cabeza. Se llevó una mano a la frente y luego masajeó sus párpados, adolorida. Cada vez que intentaba hurgar en sus recuerdos, estos se bloqueaban. Y cuanto más forzaba su mente, más intenso se volvía el dolor. 

—Compórtate, Masaru —ordenó entonces la voz del mayor. 

El tono de aquel hombre pareció afectar el ambiente mismo. Incluso Alana sintió una presión aplastante, terrible, terrorífica. Aquella autoridad, aunque no iba dirigida contra ella, la hizo sentirse como una presa frente a un depredador imponente. Temblando, se encogió sobre sí misma y apretó con fuerza una de las mantas. Notó que el joven de nombre Masaru tampoco estaba mejor: su cola y sus orejas platinadas se irguieron rígidas, y su rostro, ya pálido, perdió aún más color. 

Pero aquel terror no duró demasiado. De pronto aquella aura ominosa se disipó, devolviendo la calma al ambiente. Luego el hombre mayor hizo un gesto al más joven y este se le acercó. Verlos juntos remarcaba aún más la diferencia entre ambos. Entonces Masaru asintió como si hubiera recibido alguna instrucción y el mayor se acercó a ella. 

—Ten cuidado, aún te estás recuperando —dijo y puso su mano sobre un hombro de la joven. 

La mano de él era cálida, poderosa, y, de algún modo, afable. Luego el hombre se alejó y salió de la habitación, dejando a Alana a solas con Masaru.  

En ese momento, el joven tomó aire e infló el pecho, como si intentara imitar la autoridad del mayor. Avanzó hacia ella con lo que pretendía ser una mirada severa, pero antes de llegar a la cama, su seriedad se desmoronó. Primero intentó contener su postura, hacer como si no hubiera ocurrido nada, pero por más que intentó detener su risa, pronto estalló en sonoras carcajadas. Incluso se llevó una mano al estómago mientras se inclinaba hacia adelante y su cola se mecía de un lado a otro, como si también riera con él. 

Al principio, Alana no comprendió su reacción, entonces sintió algo cálido entre sus piernas y bajó la mirada. La vergüenza la invadió al instante y su cara se puso roja al darse cuenta de que se había orinado del miedo.

 

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