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CAPÍTULO 1: NACIMIENTO DE LO INVISIBLE

SIETE NOCHES DE SANGRE · por 「NERY DESIGN」 · 20 de agosto de 2026

El Averno no olvidaba a quienes intentaban escapar de él, pero vigilaba con una atención mucho más cruel, a quienes sabían permanecer.

Varek había aprendido esa lección antes incluso de que su nombre significara algo para alguien. Existía en los niveles intermedios, allí donde las órdenes descendían sin explicación y se cumplían sin preguntas, donde la obediencia no era una virtud sino el único instinto que garantizaba la supervivencia. Cazaba lo que le indicaban, custodiaba lo que le ordenaban proteger, y cuando terminaba, regresaba a su puesto y se fundía con las sombras hasta recibir una nueva instrucción. No ambicionaba. No conspiraba. Observaba, recordaba y actuaba cuando la disciplina lo exigía.

Cada ciclo infernal lo situaba en el puesto de vigilancia central del cuadrante sur, dentro de los niveles de juicio. Desde allí contemplaba los corredores por los que los demonios de rango inferior arrastraban a los condenados; los patios donde los Señores menores administraban castigos con una crueldad metódica; las cámaras en las que la disolución se ejecutaba sin ceremonia ni despedidas. Nada ocurría dentro de su área sin que él lo supiera.

Había sido moldeado para esa función, aunque ya no recordaba si el Averno lo había forjado así o si él mismo había aprendido a borrarse para sobrevivir. El resultado era el mismo: útil, predecible y fácil de ignorar. Una herramienta eficaz que ningún Señor consideraba digna de recordar..

Quienes se cruzaban con él en los pasillos rara vez encontraban algo digno de atención en su rostro, y aquellos que lo hacían olvidaban sus rasgos al doblar la siguiente esquina. Los Señores recibían sus informes, asentían y olvidaban su nombre antes de que abandonara la sala. Muchos demonios habrían considerado esa existencia una forma de muerte, una lenta disolución de la identidad. Para Varek, era seguridad. Ser visto significaba ser evaluado; ser recordado significaba convertirse en una amenaza. Y las amenazas, tarde o temprano, acababan disueltas, sus nombres tachados de los registros, sus esencias dispersadas en el vacío.

Fue durante una de esas misiones rutinarias cuando vio por primera vez a Kael.

La orden era sencilla: escoltar a varios demonios de alto rango hasta la cámara donde un Señor menor sería juzgado por traición. Varek había cumplido tareas semejantes en incontables ocasiones, y el procedimiento apenas variaba: formación cerrada, protección de los flancos y neutralización inmediata de cualquier alteración en el perímetro. No se requería iniciativa. Solo obediencia. La misma obediencia que había definido su existencia durante siglos.

El acusado fue arrastrado hasta el centro de la cámara con una indiferencia que rozaba la crueldad. Tenía la piel cubierta de escamas oscuras y los ojos encendidos como carbones. Dos guardianes lo sostenían por los brazos, aunque ya no intentaba liberarse. Sabía que la sentencia había sido pronunciada mucho antes de que lo llevaran allí, que el juicio era solo una formalidad destinada a demostrar el poder de quienes lo juzgaban.

Los Señores Supremos no asistían a juicios de tan poca importancia; su ausencia era en sí misma una declaración de desdén. Delegaban esa tarea en subordinados que ejercían la justicia con la misma frialdad con la que un herrero golpeaba el metal, sin pasión ni remordimiento. La ceremonia no pretendía determinar la culpabilidad del acusado, pues esa decisión ya estaba tomada. Su única función era recordar a los presentes qué ocurría cuando la ambición superaba a la prudencia, cuando un demonio olvidaba su lugar en la jerarquía y osaba desear más de lo que le correspondía.

Varek ocupó su lugar en la periferia, protegido por las sombras de las columnas de obsidiana. Desde allí podía observar la cámara completa sin llamar la atención, un espectro más entre la multitud. Era su única habilidad verdaderamente excepcional: parecer insignificante, fundirse con el entorno hasta ser indistinguible de la oscuridad que lo envolvía.

Entonces reparó en Kael.

No fue el lugar que ocupaba lo que llamó su atención. Se encontraba en las gradas intermedias, ni demasiado cerca de los jueces ni demasiado lejos de ellos, exactamente donde debía situarse un demonio de rango medio que comprendiera las reglas y supiera moverse dentro de los límites que el poder imponía.

Lo que lo distinguió fue su forma de mirar cuando comenzó la disolución.

Algunos apartaron los ojos, incapaces de soportar el espectáculo de una esencia siendo desgarrada. Otros fingieron indiferencia. Incluso entre los demonios, contemplar la destrucción absoluta de una esencia provocaba una inquietud que pocos se atrevían a reconocer, algo que todos sabían que podía sucederles a ellos.

Kael no se movió. Observó cómo el cuerpo del acusado se quebraba desde dentro, cómo las escamas se convertían en ceniza, cómo la carne perdía consistencia y se deshacía en humo oscuro que ascendía hacia el techo. No parpadeó cuando los gritos dejaron de ser sonidos y se transformaron en una vibración que recorrió las paredes.

No había placer en su rostro. Tampoco compasión. Había cálculo.

Kael examinaba el procedimiento como si registrara cada movimiento, cada acierto y cada error, como si estuviera tomando notas mentales de un proceso que algún día podría necesitar comprender o replicar. Cuando el último fragmento del condenado desapareció y el centro de la cámara quedó reducido a un espacio vacío donde antes había existido un ser, fue el primero en inclinar la cabeza. No lo hizo ante los jueces, no lo hizo ante quienes habían pronunciado la sentencia. Se inclinó ante el vacío, como si ya estuviera calculando cuánto tardaría en ocuparlo.

Varek no se acercó a él esa noche. Regresó a su puesto, cumplió las órdenes pendientes y esperó. Sin embargo, no olvidó esa mirada. Algo en la forma en que Kael había observado la disolución permaneció grabado en su memoria, un recordatorio de que existían demonios que veían el poder no como un fin sino como un medio, que comprendían que la verdadera fuerza no residía en la violencia sino en la paciencia.

La segunda vez que coincidieron fue en los pozos de lamento.

Kael había reunido a un grupo reducido para internarse en una de las capas más inestables del Averno, donde los restos de antiguas herejías deformaban la realidad y abrían heridas que nunca terminaban de cerrarse. Allí, las leyes que regían el Infierno se desdibujaban, y lo que era posible en un momento podía volverse imposible al siguiente. Esas distorsiones no solo eran impredecibles; en ocasiones contenían fragmentos de esencias que se habían resistido a la disolución, residuos de demonios que intentaron desafiar las leyes del Infierno y acabaron convertidos en ecos de sí mismos, atrapados en un ciclo eterno de sufrimiento.

Varek fue asignado como apoyo, no como líder, nunca como tal. Su función consistía en eliminar cualquier amenaza y garantizar el regreso del grupo, una tarea que desempeñaba con la eficiencia mecánica de quien ha aprendido a no preguntarse por qué.

Cuando un espectro residual emergió por el flanco, Varek abandonó la formación sin emitir una advertencia. La criatura avanzaba a sacudidas, como si varias voluntades intentaran controlar a la vez un cuerpo que ya no existía, sus extremidades abriéndose y cerrándose dentro de la distorsión, incapaces de decidir qué forma conservar. Era una imagen perturbadora, la de una identidad fragmentada que se debatía en su propia agonía.

Varek no atacó con fuerza. No era necesario. Sus manos encontraron el punto exacto donde la esencia residual se unía al tejido deformado del Averno. Introdujo los dedos en esa unión, tiró una sola vez y el espectro se desvaneció en una nube de partículas que la oscuridad devoró.

Después regresó a su lugar. Los demás apenas advirtieron que se había marchado. Kael sí, sintió su mirada posarse sobre él.

Al finalizar la incursión, el grupo se dispersó por los corredores superiores, cada demonio ansioso por abandonar de los pozos. Varek se disponía a volver a su puesto cuando Kael lo encontró al borde de un precipicio de ceniza. Varek se disponía a volver a su puesto cuando Kael lo encontró al borde de un precipicio de ceniza. Bajo ellos, los pozos de lamento despedían un resplandor pálido que parecía surgir de las profundidades mismas del sufrimiento acumulado durante milenios.

—Tú no buscas reconocimiento —dijo Kael.

Varek no respondió. No era necesario.

Kael se situó a su lado sin mirarlo directamente, sus ojos fijos en el abismo que se extendía ante ellos.

—La mayoría de quienes sobreviven aquí lo hacen porque desean algo. Poder, territorio, venganza. Tú sobrevives porque no quieres nada.

Varek observó el abismo. La verdad era más simple y más peligrosa de lo que Kael imaginaba. Había aprendido que desear era el primer paso hacia la destrucción, que cada anhelo era una grieta por la que el dolor podía filtrarse. Los demonios que ascendían con demasiada rapidez terminaban aplastados por los Señores; quienes conspiraban en las sombras acababan convertidos en humo; quienes amaban corrían un destino todavía peor: entregaban a otros el instrumento preciso con el que destruirlos. El deseo volvía visible a quien lo padecía, lo convertía en un blanco. Varek prefería la invisibilidad. Prefería el deber.

—Cumplo lo que se me ordena —respondió.

Kael sonrió apenas. Fue una expresión contenida, sin calidez.

—Entonces ordenaré bien.

Esas palabras despertaron en Varek algo que no había sentido en siglos: la posibilidad de someterse a una estructura más firme que la que había construido para sí mismo. Una voluntad capaz de indicarle el siguiente paso sin exigirle que deseara nada, que lo mantuviera a salvo dentro de los límites de la obediencia. Era una oferta que no requería compromiso emocional, solo aceptación.

• • •

“A VECES, LO QUE NOS SALVA NO ES LA FUERZA, SINO LA CAPACIDAD DE NO SER VISTOS.” 
Porque lo invisible también decide el destino.

 

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