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PRÓLOGO

SIETE NOCHES DE SANGRE · por 「NERY DESIGN」 · 19 de agosto de 2026

Desde los albores del Fuego Primigenio, el Averno llevaba cuenta de los suyos. Cada caída, cada ascenso y cada nombre quedaban inscritos en pergaminos de piel curtida que sobrevivían a eras enteras. Eran los anales del Averno, y apenas dedicaban un párrafo a su figura. Un demonio más, decían: uno que cometió el error de enamorarse y que, por aquel pecado demasiado humano, intentó desgarrar la barrera que separaba la esencia infernal de la carne mortal.

Fracasó, por supuesto.

Todos fracasaban.

Sin embargo, su recuerdo perduró en los susurros de los condenados, en las grietas de los archivos prohibidos y en el aliento tembloroso de los demonios demasiado antiguos para seguir temiendo a los Señores del Averno. Mucho antes de que estos aprendieran a estremecerse ante el nombre de la Desposesión, existió aquel demonio. Los registros más recientes lo llamaban el Errante de Azram, aunque la historia era anterior incluso a él. Quienes intentaron repetir el ritual comprendieron demasiado tarde el verdadero peso de su elección.

La Desposesión no era una transformación. No ofrecía una metamorfosis elegante ni un despertar glorioso bajo la luz de un sol desconocido. Era un desollamiento del alma. Un desgarro de la identidad. El acto desesperado de quien se arrancaba la piel a tiras convencido de que, debajo, encontraría algo distinto. Pero debajo solo había huesos. Y los huesos, en el Infierno, siempre terminaban en polvo.

Los heraldos del Humo habían traído el conocimiento en una época anterior a los Señores, cuando el Averno aún era un caos de fuego, ceniza y materia sin nombre. Aquellos seres de niebla descendieron de ninguna parte y susurraron sus secretos al oído de los primeros demonios que aprendieron a escuchar. Les enseñaron a fragmentar la esencia, a vaciarse de poder, a dejar de ser aquello para lo que habían sido creados. No lo hicieron por bondad. Lo hicieron porque el Infierno necesitaba historias de fracaso. Relatos que recordaran a sus habitantes que la jaula era todo cuanto existía, que la libertad no era más que un espejismo y que cualquier intento de escapar terminaría alimentando los mismos muros que pretendía derribar.

El primer demonio que trató de ejecutar el ritual era tan antiguo que su verdadero nombre se había perdido. Los registros lo mencionaban únicamente como aquel que quiso ser viento. No deseaba convertirse en humano. Los humanos todavía no existían en la Tierra. Quería ser algo más leve, algo sin cuerpo, sin cadenas, sin una forma que el Averno pudiera reclamar. Reunió los tres elementos exigidos por los heraldos: un recipiente, un testigo y un sacrificio. Pero eligió mal.

El demonio que aceptó recibir su esencia no pretendía actuar como un conducto. Deseaba retenerla, apoderarse de ella y sumar aquel poder al suyo. En el instante de la transferencia, ambas voluntades se enfrentaron. Ninguna quiso ceder. Las dos esencias comenzaron a devorarse mutuamente en un ciclo de agonía que se prolongó durante trescientos años. Los Señores que surgieron después llamaron al desastre la Danza de los Vacíos. Sus restos aún flotaban en alguna capa olvidada del Infierno, demasiado unidos para separarse y demasiado destruidos para volver a existir.

Después llegó Azram.

Su nombre sí se conservaba, aunque deformado por los siglos. Era un demonio de rango medio, uno de tantos seres atrapados en la periferia del poder: lo suficientemente fuerte para evitar ser aplastado, pero no lo bastante para aspirar a un trono. Todo cambió durante una incursión a la superficie. Allí conoció a una humana.

Se llamaba Lyra.

Su única particularidad era haber nacido con lo que los mortales llamaban vista: la capacidad de contemplar las formas ocultas tras el velo y percibir la presencia de criaturas pertenecientes a otros planos. Lyra vio a Azram cuando ningún otro humano podía hacerlo. Y, en lugar de huir, permaneció frente a él.

Nadie sabía cuánto duró su amor. El tiempo no transcurría del mismo modo en el Infierno y en la Tierra. Pero cuando Azram decidió abandonar su esencia para convertirse en hombre, casi una vida humana había pasado para ella.

Lyra envejecía.

Él no.

La desesperación terminó por consumirlo. Buscó en archivos olvidados, descendió hasta cámaras que ningún demonio sensato se atrevía a visitar y reunió fragmentos del conocimiento transmitido por los heraldos del Humo. Así descubrió la Desposesión. Fue el único que estuvo cerca de completarla.

Lyra aceptó convertirse en su recipiente. Lo hizo consciente, sabiendo que durante unos instantes la esencia de Azram atravesaría su cuerpo antes de dispersarse. El testigo fue un demonio anciano que, a cambio de una promesa de poder, juró observar el proceso sin intervenir. El sacrificio fue la sangre de Azram, derramada durante siete noches mientras el calor del Averno se filtraba en sus venas y arrancaba, gota a gota, todo cuanto lo convertía en demonio.

Sin embargo, Azram había ignorado una advertencia esencial. La esencia infernal podía atravesar un cuerpo humano, pero nunca lo hacía sin dejar una huella.

A medida que el ritual avanzaba, Lyra comenzó a transformarse.

No se convirtió en demonio. Se convirtió en algo peor.

Su cuerpo se abrió entre ambos mundos hasta transformarse en una grieta viviente. Empezó a absorber no solo la esencia de Azram, sino también el fuego, las sombras y todo cuanto existía a su alrededor. El testigo, aterrorizado, rompió su juramento e intentó intervenir.

Para entonces, ya era tarde.

La energía liberada por Azram se volvió incontrolable. Una marea de fuego negro atravesó la frontera entre los planos y se derramó sobre la Tierra. Lyra desapareció. Azram se desintegró. El testigo fue ejecutado por los Señores del Averno.

Su muerte no bastó para cerrar la herida.

Durante tres generaciones humanas, la región donde se había realizado el ritual fue conocida como la Tierra de los Sueños Rotos: un lugar donde la frontera entre el Infierno y el mundo mortal se volvió tan frágil que los vivos podían escuchar a los condenados mientras dormían.

Entonces los Señores hicieron lo que siempre hacían ante aquello que no podían controlar.

Enterraron el conocimiento.

No lo destruyeron, porque nada desaparecía realmente en el Infierno. Lo ocultaron en los archivos más profundos, tras puertas que solo podían abrirse con llaves de sombra y sangre. Cámaras custodiadas por silencios más antiguos que cualquier demonio vivo. Después prohibieron, bajo pena de disolución eterna, toda mención de la Desposesión, de los heraldos del Humo, de Azram, de Lyra y de la Tierra de los Sueños Rotos.

Pero los demonios, como los humanos, eran criaturas de curiosidad insaciable.

Otros intentaron seguir los pasos de Azram. Algunos lo hicieron por amor. Otros, por ambición. La mayoría fueron descubiertos antes de reunir los elementos necesarios. Algunos lograron comenzar el sacrificio, pero su propia sangre los consumió antes de alcanzar la séptima noche. Uno llegó hasta el instante final y se enfrentó a la arrancadura. Su esencia se derramó, pero el recipiente que había elegido se arrepintió antes de recibirla.

El demonio quedó atrapado entre el Infierno y la nada. Durante siglos vagó por las galerías del Averno como un espectro incapaz de morir, hasta que los Señores ordenaron arrojarlo a los pozos de lamento.

Nunca hubo un éxito.

Quienes sobrevivieron a sus intentos fallidos sufrieron un destino peor que la muerte. Les arrancaron los recuerdos, los redujeron a bestias sin nombre y los condenaron a arrastrarse por los escalones más bajos de la jerarquía. Olvidaron quiénes habían sido, aquello que habían amado y que alguna vez quisieron ser algo distinto.

El Averno, paciente como siempre, siguió devorando a los suyos, convencido de que ninguno volvería a atreverse a intentar escapar.

Así, el ritual permaneció enterrado durante siglos, fragmentado en leyendas que solo se atrevían a pronunciar quienes ya no temían la disolución. Quien quisiera ejecutarlo necesitaba tres elementos: un recipiente consciente y voluntario, dispuesto a recibir la esencia sin tratar de retenerla; un testigo inmortal que observara el proceso sin intervenir; y siete noches de sangre propia, vertida gota a gota mientras el cuerpo se vaciaba de fuerza y la esencia era arrancada.

Pero al final, lo que aguardaba no era la libertad.

Era un cuerpo frágil, una vida finita, un alma que no regresaría al Averno ni encontraría trono, fosa o condena que la reclamara. Solo el vacío de haber dejado de ser aquello que fue.

Siglos después, cuando el nombre de Azram no era más que una sombra en los registros y la Tierra de los Sueños Rotos había sido olvidada por todos excepto la tierra misma, un demonio llamado Varek descendería hasta los pozos de lamento en busca de un anciano llamado Morven. Allí formularía la misma pregunta que otros habían pronunciado antes que él en la oscuridad:

—¿Cómo puede un demonio dejar de serlo?

La respuesta seguiría siendo la misma:

—Existe una manera. Pero no querrás conocerla.

Porque aquella era otra historia.

Y empezaba, como todas las caídas, con un demonio que creía no desear nada.

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