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CAPÍTULO 2: INSTRUMENTO PERFECTO

SIETE NOCHES DE SANGRE · por 「NERY DESIGN」 · 20 de agosto de 2026

Desde ese día empezó a aparecer allí donde Kael lo necesitaba. No como consejero, no como amigo, sino como una prolongación silenciosa de su voluntad, un instrumento que se movía sin ser visto. Cuando Kael requería información de los archivos intermedios, Varek la conseguía sin dejar rastro, deslizándose entre los registros como una sombra. Cuando un rival intentaba actuar desde las sombras, Varek se adelantaba a su movimiento. No siempre hacía falta la violencia; a veces bastaba con alterar una ruta, cambiar un nombre en un registro o hacer llegar una información a los oídos adecuados. Otras veces, el rival desaparecía, y nadie preguntaba por qué.

Nadie podía culpar a Varek porque nadie recordaba haberlo visto. Era el vacío en la memoria de los demás.

Kael ascendía con una lentitud deliberada que desafiaba la impaciencia de quienes lo rodeaban. No desafiaba a los Señores de frente ni intentaba conquistar territorios mediante demostraciones inútiles de poder. Los observaba, descubría qué deseaban, qué temían y dónde escondían sus debilidades. Después los aislaba, debilitaba sus alianzas y permitía que sus enemigos se convencieran de que aún conservaban el control, que su caída era producto de sus propios errores y no de una mano invisible que los empujaba al abismo.

Cuando por fin caían, Kael no ocupaba su lugar de inmediato. Esperaba a que el vacío provocara desorden, a que el desorden despertara miedo y a que el miedo llevara a los supervivientes a suplicar estabilidad. Solo entonces se presentaba como la solución, la figura que traía orden al caos.

Varek permanecía siempre cerca. No delante de él, nunca a su lado. Justo detrás. Lo bastante próximo para actuar y lo bastante lejos para que toda mirada se dirigiera hacia Kael, para que ningún ojo reparara en la sombra que lo acompañaba.

Con el paso de los siglos, se convirtió en la sombra de su sombra, en el ejecutor que nadie veía y en el asistente cuyo rostro se borraba de la memoria. Extrañamente, esa invisibilidad le proporcionó algo que la obediencia ciega nunca le había dado: un propósito. Una razón para existir más allá del mero cumplimiento de órdenes. No era devoción, no era afecto. Era la convicción de que, al servir a Kael, formaba parte de un orden comprensible, de una estructura que tenía sentido aunque él mismo no ocupara un lugar visible en ella.

Hubo una noche en que Kael le ofreció algo que nadie le había ofrecido antes.

Se encontraban en una cámara secreta bajo los niveles de juicio, un espacio que Kael había descubierto en sus años de observación y que mantenía oculto incluso de sus aliados más cercanos. El techo, excavado en la roca del Averno, rezumaba un líquido oscuro que brillaba al caer. Sobre una mesa de obsidiana descansaban mapas de territorios que Kael todavía no controlaba.

Varek aguardaba junto a la entrada mientras Kael estudiaba las fronteras, sus dedos recorriendo los límites de dominios que aún no le pertenecían.

—Podrías tener más —dijo Kael sin apartar la vista de los mapas. —Un territorio propio. Un rango superior. Un nombre que los demás no pudieran olvidar.

Varek permaneció inmóvil. La oferta no despertó interés en él. Despertó desconfianza. Había visto lo que el poder hacía con quienes lo perseguían, cómo los convertía en objetivos, cómo los obligaba a vigilar cada alianza y cada gesto, a sospechar incluso de sus propias sombras. Cuanto más alto ascendían, más criaturas esperaban su caída, más cuchillas se afilaban en la oscuridad.

Varek no quería que lo recordaran. Los nombres importantes terminaban inscritos en los registros de las disoluciones, y él había visto demasiados nombres borrados para desear que el suyo figurara en alguna lista.

—No te lo estoy ordenando —añadió Kael—. Te lo ofrezco.

—Prefiero mi puesto —respondió. Las palabras surgieron sin vacilación, sin arrepentimiento. Era la decisión correcta, y lo sabía.

Kael lo observó durante un instante más largo de lo necesario, sus ojos recorriendo el rostro de Varek como si buscara algo, algún indicio de duda o deseo. Esa mirada era la misma que había dirigido al vacío de la cámara de juicio, una mirada que no se limitaba a contemplar, sino que medía y clasificaba, que pesaba cada respuesta y la archivaba para referencia futura. Comparó esa negativa con todo lo que sabía de él, sus acciones, sus silencios, eso en lo que podría convertirse si alguna vez empezaba a desear. Después asintió, como si la negativa confirmara una sospecha que había albergado durante mucho tiempo.

—Entonces quédate en él.

Apoyó una mano sobre el borde de la mesa, y sus dedos trazaron un arco sobre los mapas.

—Y asegúrate de que nadie se interponga entre el trono y yo.

Varek inclinó la cabeza, un gesto que era a la vez sumisión y aceptación.

—Así será.

Kael no le pidió lealtad. Le dio una función. Y Varek la aceptó.

Los siglos se acumularon, si es que el tiempo podía medirse de esa forma en el Infierno, donde los ciclos se superponían sin orden ni propósito. Kael eliminó rivales, consolidó alianzas y absorbió territorios, cada movimiento tan calculado que parecía inevitable solo después de haberse completado. Cuando un Señor caía, los demás descubrían demasiado tarde que llevaban años participando en su destrucción, que cada favor concedido, cada información compartida, había sido un paso en un plan que solo Kael comprendía en su totalidad.

Varek estuvo presente en cada etapa. Cuando Kael necesitaba que alguien desapareciera, él se ocupaba, y no quedaba rastro del desaparecido, ni siquiera en la memoria de quienes lo habían conocido. Cuando necesitaba descubrir lo que se decía en cámaras cerradas, Varek escuchaba. Cuando una traición empezaba a tomar forma, la deshacía antes de que sus responsables comprendieran que habían sido descubiertos, sembrando la discordia entre los conspiradores y volviendo sus propias armas contra ellos.

Se convirtió en la memoria de Kael, en el archivo viviente de todo cuanto el futuro gobernante no podía permitirse olvidar. Cada nombre, cada alianza, cada deuda pendiente estaba grabado en su mente con la precisión de un escriba.

Nunca exigió reconocimiento. Nunca pidió una recompensa. Eso era precisamente lo que lo volvía indispensable.

El día en que cayó el último Señor Supremo que se oponía al ascenso de Kael, Varek no asistió al comienzo de la ceremonia.

Había sido enviado a asegurar los corredores exteriores y a eliminar cualquier resistencia antes de que pudiera organizarse. Durante horas recorrió los sectores olvidados del Averno, interceptando mensajeros, desarticulando alianzas y silenciando a quienes planeaban aprovechar el cambio de poder.

Cuando regresó a la cámara del trono, todo había terminado.

Kael se encontraba sentado sobre el trono de huesos y humo. A sus pies, los demonios inclinaban la cabeza y proclamaban una lealtad que, apenas unos ciclos antes, habían ofrecido a sus enemigos.

Kael aceptaba cada juramento con expresión serena. No había triunfo en su rostro, no había orgullo en su postura. Parecía quien simplemente hubiera llegado al lugar que siempre le había pertenecido, como si el trono lo hubiera estado esperando y él solo hubiera cumplido con el destino que le correspondía.

Varek entró sin ser anunciado y ocupó su posición habitual en las sombras del perímetro, entre las columnas de obsidiana que habían presenciado tantos juicios. Nadie reparó en él. Nadie se preguntó cuántos cuerpos habían desaparecido para que esa ceremonia pudiera celebrarse sin interrupciones, cuántas ambiciones habían sido aplastadas en la oscuridad.

Kael sí lo vio. No hizo ningún gesto, no pronunció su nombre. Pero durante un instante, sus miradas se encontraron a través de la multitud. Fue suficiente.

Horas después, cuando los cortesanos se retiraron y las proclamaciones se apagaron, Kael ordenó que Varek acudiera a la cámara del trono.

Estaban solos. Kael seguía sentado, aunque su postura había perdido la rigidez ceremonial. 

—Cumpliste —dijo.

Varek inclinó la cabeza. No sintió orgullo, tampoco alivio. Había realizado la tarea para la que había sido elegido. Nada más.

—Ahora regresa a tu puesto —continuó Kael—. Y permanece.

Varek no preguntó durante cuánto tiempo. No preguntó qué ocurriría cuando ya no hubiera enemigos a quienes eliminar ni conspiraciones que sofocar. No preguntó si su función había terminado. Esas preguntas eran para quienes deseaban algo más, para quienes buscaban respuestas que él no necesitaba.

—Sí, mi señor.

Se retiró sin volver la espalda hasta alcanzar las puertas, cada paso medido, cada movimiento calculado para no perturbar el silencio de la cámara.

Cuando salió, seguía siendo el mismo demonio que había entrado. La misma sombra silenciosa, la misma herramienta exacta y predecible. Había servido a Kael durante siglos, había contribuido a forjar su dominio y había protegido su ascenso sin reclamar una parte de lo conquistado. Ahora regresaba a su puesto, a su rutina, a su invisibilidad.

• • •

“NO TODOS LOS QUE RENUNCIAN AL PODER PIERDEN ALGO; ALGUNOS GANAN LA LIBERTAD DE NO SER UN BLANCO.”
La invisibilidad también es una forma de fuerza.

 

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