Caín respiró hondo y eligió sus preguntas con cuidado, aún con el pulso acelerado:
-Primera... -dijo con voz temblorosa-, ¿cómo sabe que tuve otra vida?
El anciano fijó su mirada en Caín, y respondió con serenidad.
-Me fijé más de lo habitual. Pude ver tu pasado, cada detalle. No fue difícil de hacer, no viviste mucho.
-Segunda -continuó Caín, señalando la pared con los caracteres extraños-, ¿cómo es que el texto está en un idioma de otro mundo?
El anciano asintió levemente:
-Es solo una formación de lectura. Cada ser lo percibe en el idioma que mejor entiende, siempre y cuando sepa leer. Tú lo ves asi, otros lo verán de otro forma.
Caín tragó saliva y lanzó la tercera pregunta, con un nudo en la garganta.
-¿El meteorito tuvo algo que ver con usted?
El anciano cerró los ojos un instante y luego habló con gravedad.
-Sí, fue cosa mía pero no salió bien y no llegó a su destino. En cambio, obtuve algo que no esperaba: a alguien como tú. Un joven capaz, con fuerza y potencial, que ni siquiera yo anticipé encontrar.
El anciano lo miró fijamente, con los ojos serenos pero llenos de gravedad.
-Ya que has acabado, Caín -dijo- Es mi turno. Sé mi discípulo. Puedo enseñarte mucho más de lo que el mundo ordinario ofrece.
Caín se quedó en silencio, sintiendo cómo el peso de sus experiencias recientes lo apretaba por dentro. Pensó en la traición de Xian, en la brutalidad de la bestia, en cómo él mismo había tenido que lidiar con muerte y dolor. ¿Podría confiar en alguien que parecía tan poderoso, incluso sabiendo su pasado? ¿Y si, como Xian, algún día lo traicionaba?
No puedo -se dijo-. No puedo ceder mi camino a alguien más, no después de todo lo que vi, no después de todo lo que he perdido. No sé si sus intenciones son puras o si un día terminaré siendo otra víctima.
-No -respondió finalmente, con voz firme-. No puedo ser tu discípulo. Me iré por mi propio camino.
El anciano asintió, sin sorpresa ni reproche, solo con una tristeza ligera en su mirada.
-Lo entiendo, Caín. No me sorprende que dudes. No todos confían con facilidad, y menos después de lo que acabas de vivir. Está bien, ve por tu propio camino. Pero recuerda algo: nos volveremos a ver. Cuando agotes el Qi de la perla del tiempo, volveré a ti. Será la última vez que te haga esta misma propuesta.
Caín sintió un nudo en la garganta. Era difícil apartarse de alguien que ofrecía tanto conocimiento, pero su corazón le decía que debía seguir solo, que su camino aún no estaba definido por otros.
-Lo recordaré -dijo finalmente-. Gracias por todo.
El anciano inclinó la cabeza, respetuoso, mientras Caín se daba la vuelta y caminaba hacia la salida de la cueva. La luz de la perla dorada se apagaba lentamente detrás de él, como un recordatorio silencioso de lo que había logrado y de lo que aún le esperaba.
Afuera, el aire fresco lo golpeó suavemente. Caín respiró hondo, cargando consigo la certeza de que su viaje apenas comenzaba.
Cuatro años después.
El tiempo había pasado rápido, pero para Caín, cada día había sido una lucha constante.
Tras dejar atrás aquella cueva del altar, sus pasos lo llevaron a una pequeña ciudad encajada entre montañas y rodeada por varias sectas. Años atrás, ese lugar había sido un campo de batalla entre clanes y facciones, sus calles manchadas de sangre y el cielo cubierto por humo. Ahora, sin embargo, su mera existencia intacta era un símbolo de la paz que reinaba desde entonces.
Cada año, cultivadores de todas partes cruzaban la ciudad rumbo a las pruebas de ingreso de alguna de las sectas cercanas. Al norte, la Secta Tormenta del Cielo, dedicada al Dao del viento y todas sus ramificaciones. Al este, la Secta Niebla venenosa, expertos en venenos y medicina. Al sur, la imponente Secta de la Tierra Unida, centrada en el Dao de la tierra y sus derivados.
Caín venía de la afueras del territorio de la Secta Tormenta del Cielo, pero aquello ya era solo un recuerdo.
Cuando llegó, apenas era un niño de seis años, demasiado joven para alquilar una habitación. Los dueños de las posadas se reían o lo echaban sin miramientos. Por eso, tuvo que buscar una cueva en los riscos cercanos, convirtiéndola en su hogar improvisado. Desde entonces, vivía cazando bestias menores en los bosques y vendiendo parte de la carne en el mercado. La piel, siempre entera, la entregaba a curtidores que pagaban mejor que los carniceros.
El tiempo lo había cambiado. Su rostro infantil se había afilado, con facciones más marcadas y una mirada mucho más firme que la de un niño corriente. Ahora tenía diez años y su cuerpo, aunque delgado, mostraba la definición de alguien acostumbrado a cazar y sobrevivir. El cabello le llegaba hasta los hombros, siempre recogido para no estorbarle. No lo cortaba: si lo hacía perdería dinero y solo ganabal suficiente para vivir al día.
En cuanto a su cultivo, Caín había aprendido algo crucial: sin un cultivo base sólido, avanzar en el Dao era casi imposible. Durante estos años estabilizó su Dao, mientras que su cultivo base se encontraba en solo un paso por debajo, a punto de avanzar al siguiente nivel. Sabía que con cada aumento del cultivo base, su cuerpo generaría más energía y le permitiría ejecutar técnicas de mayor poder.
Por eso había dedicado casi todo su entrenamiento a absorber energía del entorno, intentando refinarla en su núcleo. Sin maestro que lo guiara, su avance era dolorosamente lento y requería una paciencia inquebrantable.
Una noche, mientras meditaba, sintió una perturbación en el aire. Salió de la cueva y lo vio, una bestia oscura que se asemejaba a un hombre lobo, a dos patas y con brazos peludos con todo su pelaje negro que estaba compuesto de energía oscura. Sus ojos brillaban con una luz rojiza, y su presencia emanaba una fuerza palpable.
La bestia le observa fijamente, y su rugido resuena a través del bosque.
-Sangre, muerte, sangre, muerte - dice con voz gutural, el poder espiritual que emite parece oscurecer el entorno.
Sintió la presión de la bestia acercándose, pero en lugar de enfrentarse directamente a ella, decidió usar el Dao del Tiempo para intentar detenerlo. Con una profunda respiración, comenzó a manipular el flujo temporal a su alrededor, poco a poco redujo el área de efecto y lo controló hasta solo afectar a la bestia, probó a en vez de relentizar, invertir el tiempo con ayuda de la perla del tiempo.
Y así fue, con una cantidad de energía gastada, la bestia comenzó a retroceder y Caín decidió seguirlo, llegó hasta una cueva no muy lejos, la bestia quedó inmóvil delante de un altar, en la mesa improvisada que había, había una copa con unos adornos de unas calaveras, a los extremos de la mesa había una especie de símbolos que se asemejaba a tinta negra esparcida como un río.
Tras el paso de las horas la bestia empezó a cambiar.
Originalmente era una persona sin cultivo, sin embargo se adentro en una cueva, tocó algo que no debería haber tocado y fue corrompido por las energías oscuras que trató de controlar.
Lo que antes era un humano normal se transformó en una Bestia Oscura, atrapada en un ciclo de sufrimiento y rabia, sin la capacidad de regresar a su forma original. El intento de manipular las fuerzas oscuras lo corrompió, y ahora, busca matar a todo lo que se pone en su camino.
Tras los últimos momentos, la unión que tenía el humano con la energía empezaba a desvincularse hasta que retrocedió lo suficiente como para que se separase de la energía, antes de que está vuelva a la copa, dejo de retroceder y dejó de manipularlo.
Esta quedó suspendida en el aire como si tuviera su propia gravedad.
Su rostro, antes lleno de furia, ahora muestra una expresión de confusión y sufrimiento.
-¿Qué has hecho?- gruñe, su voz temblando con un atisbo de desesperación. -¿Por qué me separaste? ¿Sabes lo que esperé hasta tener poder?, al fin tengo el poder para matar al bastardo que me arrebató a mi mujer, mi vida, mi futuro.
Al ver su futuro arrebatado otra vez, el hombre atacó a Caín pero al tener cultivo, se le hizo imposible ganar.
La rabia lo cegó. Viendo su meta arrebatada una vez más, se lanzó contra Caín con un grito de furia.
En el instante en que el hombre levantó el brazo para golpear, Caín ya había tomado una decisión.
Giró la muñeca, canalizando un trazo limpio y perfecto. La hoja atravesó el pecho del hombre de lado a lado, cortando carne, hueso y la débil conexión espiritual que aún lo mantenía en pie.
El impacto fue tan rápido que el cuerpo apenas reaccionó: solo un parpadeo después, un hilo de sangre brotó de su boca y sus rodillas cedieron.
-Demasiado lento -susurró Caín, retirando la espada con un suave giro para evitar que la sangre manchara el filo.
El hombre cayó de espaldas, sus ojos aún abiertos, congelados entre la incredulidad y la rabia. Un último suspiro escapó de sus labios antes de que la vida lo abandonara.
Con el cuerpo del hombre yaciendo inerte en el suelo, Caín caminó despacio hacia el altar.
La energía oscura, liberada de su anterior huésped, flotaba suspendida en el aire como una masa viscosa, girando lentamente sobre sí misma. Su mera presencia hacía que el ambiente se enfriara y que las sombras parecieran alargarse.
Sin apartar la vista, alargó la mano y tocó directamente el núcleo del Dao Oscuro.
En el instante en que sus dedos lo rozaron, la energía reaccionó como un depredador encontrando nueva presa: se precipitó sobre él con violencia, penetrando por cada poro, cada orificio de su cuerpo. Entraba por la piel como agujas heladas, por la boca como un humo espeso, por los oídos como un rugido distante, e incluso por los ojos, nublando su visión con un velo negro.
Su corazón se aceleró de golpe. El flujo de energía era tan brutal que amenazaba con destrozar sus meridianos desde dentro. Sin embargo, Caín no retrocedió. Activó la técnica que había perfeccionado entrenando en soledad: una aceleración precisa de sus funciones internas, manipulando el flujo temporal de su propio cuerpo para que cada latido, cada respiración, cada impulso espiritual fuera lo suficientemente rápido como para adaptarse al ritmo frenético de la energía oscura.
Sintió como si sus músculos se tensaran y relajaran en fracciones de segundo, como si su sangre ardiera y se enfriara al mismo tiempo. La energía, en lugar de desgarrarlo, comenzó a sincronizarse con él, fluyendo como un torrente que se veía obligado a seguir el cauce que él mismo imponía.
Con cada segundo, el negro absoluto que lo envolvía parecía impregnar su piel, su aliento y hasta su sombra. El bosque, silencioso, presenciaba cómo la figura de Caín adquiría un matiz más oscuro en su cabello.
Fuera de la mina, Caín se detuvo al fin. Se apoyó en una roca, jadeando, con el pulso acelerado. El aire fresco de la noche apenas lograba disipar el sudor frío que recorría su espalda. Había escapado... o al menos eso quería creer.
-Hiciste bien en no confiar del todo.
El corazón de Caín dio un vuelco. La voz surgió a centímetros de su oído, tranquila, profunda... sin que hubiese precedido ningún sonido, ninguna fluctuación de energía. No había rastro de aura, ni de presión temporal, ni siquiera de la mínima vibración que delatara una llegada.
Lentamente, giró la cabeza. Allí estaba el viejo encapuchado, a su lado, como si hubiera estado de pie en ese lugar desde el inicio. Una presencia imposible de percibir hasta el mismo momento en que decidió hacerse notar.
La figura lo observaba en silencio, y tras un instante, habló:
-Te niegas a mi enseñanza, pero tocas un Dao que no entiendes. -Su voz era firme, sin enojo, pero cargada de algo más peligroso: certeza absoluta-. Ese Dao Oscuro que acogiste... ¿acaso crees que no traerá un precio?
Caín tragó saliva. El recuerdo de cómo la energía oscura lo había invadido aún ardía en su piel, aunque había logrado resistirla con el tiempo acelerado de su cuerpo. Pero el viejo había visto a través de él, sin necesidad de explicación.
-¿Por qué eliges lo incierto y peligroso en lugar de mi guía? -preguntó el anciano, inclinando apenas la cabeza.
El silencio pesó entre ambos, más sofocante que cualquier batalla. Caín apretó los puños, consciente de que ni siquiera había sentido cuando el viejo había cruzado la frontera de su espacio personal.
Caín lo miró fijamente, apretando la mandíbula. Aún podía sentir el eco de esa energía oscura retorciéndose dentro de él, y ahora tenía frente a sí a un anciano que aparecía y desaparecía a voluntad, sin dejar huella en el mundo.
-Sigo sin confiar en ti -dijo al fin, su voz firme, aunque por dentro un mar de dudas lo golpeaba-. No has hecho nada para ganarte mi confianza. Ni siquiera sé si tus palabras vienen de un interés sincero... o de un simple egoísmo disfrazado. Tal vez ni te importe mi vida y solo quieras probar algo contigo mismo.
El anciano encapuchado no se inmutó. Sus labios se curvaron en una leve sonrisa, aunque sus ojos seguían insondables.
-Entonces devolveré las restricciones a la perla del tiempo, no te será fácil obtener poder de ella como antes-murmuró-. Tú terquedad puede ser un lastre pero así es como eres.
Caín no respondió. No le debía explicaciones, y menos aún a alguien que irrumpía en su camino sin mostrar sus verdaderas intenciones.
El viejo dio un paso hacia atrás, como si retrocediera en un tiempo distinto, y su silueta comenzó a desvanecerse.
-Muy bien. No forzaré tu decisión. Pero recuerda mis palabras.