La bestia desapareció en un parpadeo, y en el mismo instante una garra atravesó el lugar donde el cultivador estaba o debería estar.
Caín tiró del tiempo con todas sus fuerzas, y el filo de la garra quedó flotando a milímetros del cuello del hombre. El cultivador rodó, pero la garra le rozó el hombro, arrancando carne y dejando una línea carbonizada por la fricción del espacio.
Un zarpazo diagonal cortó el suelo y dejó una grieta negra que devoró la piedra antes de cerrarse. Si aquello le alcanzaba de lleno, no quedaría nada que enterrar.
La criatura reaparecía y desaparecía sin patrón, atacando desde ángulos ciegos, arrancando rocas del techo y triturándolas con la fuerza bruta de su mordida.
Cada esquive era más ajustado que el anterior.
Cada intervención de Caín exigía más concentración y más control para no romper la conexión con el altar.
Y entonces, tras otro golpe que lo estrelló contra una columna de piedra, el cultivador se levantó lentamente, arrastrando la espada por el suelo.
Su fuego azul ardía con una vibración distinta, más profunda, y con cada paso dejaba pequeñas brasas flotando en el aire, que no caían sino que permanecían suspendidas, danzando como estrellas atrapadas en la nada.
El cultivador cerró los ojos, inhaló y al exhalar, las brasas se encendieron todas a la vez.
—Dominio de Llamas.
Un anillo de fuego azul surgió desde su posición, expandiéndose por toda la cueva. Las llamas no se apagaban al tocar piedra; la cubrían, trepaban por las paredes y se extendían por el techo, hasta que el interior de la caverna se convirtió en un mar de fuego.
El calor era tal que incluso el aire parecía ondear como tela ardiente.
La bestia se teletransportó y reapareció en otro punto pero no pudo salir del dominio y a cada teletransportación se quemaba más y más.
Ya no había dónde esconderse.
Furiosa, dejó de huir. Sus músculos se tensaron, y con un rugido grave que hizo temblar la piedra, se lanzó de frente contra el cultivador.
Los ataques eran más rápidos debido a su furia pero dejaron de ser precisos: ahora eran embestidas frontales, zarpazos que podían partir rocas.
El cultivador apenas alcanzaba a bloquear, y cada impacto lo empujaba varios metros hacia atrás, las botas resbalando sobre la roca ardiente.
Caín aprovechaba cada apertura, estirando o comprimiendo los instantes justos para que la espada conectara, pero la fuerza de la bestia era tan abrumadora que incluso los golpes certeros parecían que apenas lo dañaban.
La pelea se volvió una guerra de desgaste: paso a paso, segundo a segundo, la bestia retrocedía pero también ellos se acercaban al límite de su resistencia.
Y sin embargo, dentro de ese mar de fuego y tiempo distorsionado, había una certeza silenciosa.
Por primera vez, no era la presa quien huía.
Era el depredador que podía ser cazado.
El aire en la cueva ya no era aire. Era fuego, vibración y grietas en el espacio que se abrían y cerraban con chasquidos agudos.
La bestia rugió con una ferocidad casi desesperada.
El cultivador respiraba con dificultad; cada inhalación quemaba sus pulmones. Caín sentía sus propios segundos escaparse, su conexión con el flujo del tiempo hecha jirones.
Solo quedaba un margen de un puñado de instantes.
La bestia dio un salto, teletransportandose a su espalda. Caín tiró del tiempo con todo lo que le quedaba, ralentizando el instante en que la garra descendía.
<¡AHORA! > rugió en su mente.
El cultivador giró la espada en alto, y la estocada se convirtió en una llamarada azul que atravesó el pecho de la criatura.
Las llamas del Dominio se concentraron en el filo, y en un estallido se extendieron dentro de su pecho, incendiando a la bestia desde el interior.
La criatura aulló, pero no cayó.
Con un último acto de rabia, lanzó un zarpazo que partió el aire y empujó al cultivador varios metros, casi derribándolo.
Caín sintió que el último hilo de energía temporal se le escapaba. El mundo volvió a fluir sin su control.
Ambos se lanzaron al mismo tiempo.
La espada descendió en un corte diagonal, y las llamas azules devoraron el cuerpo de la bestia. Esta se tambaleó, el pecho ardiendo, su silueta deformándose por el calor.
Un silencio pesado llenó la cueva.
La criatura dio un paso, otro, un tercero.
Y entonces, toda la tensión en su cuerpo se rompió. Cayó de rodillas, un charco de sangre extrañamente densa extendiéndose bajo ella.
En el último momento, un torrente oscuro y líquido emergió de su herida, pero antes de tocar el suelo se evaporó. Solo quedó el olor a carne quemada y el sonido del fuego lamiendo las paredes.
El cultivador dejó caer la espada, jadeando, mientras Caín, agotado, apenas podía mantener los ojos abiertos.
Las llamas azules se apagaban lentamente, como brasas que cedían al paso del viento.
El altar, que hasta ahora latía con un pulso de energía constante, comenzó a perder su brillo. Los símbolos grabados en la piedra se fueron apagando uno a uno, hasta que solo quedó un silencio profundo, roto por el goteo distante de agua en alguna grieta de la cueva.
Y entonces, justo en el centro del altar, apareció una luz dorada, pura y cálida.
Era una pequeña esfera, una perla del tamaño de una nuez, que flotaba en el aire sin emitir calor, pero con una presencia que casi podía sentirse en el pecho.
Giraba lentamente sobre sí misma, como si esperara.
Caín se puso de pie, todavía sintiendo la fatiga en cada músculo, y extendió la mano. La perla descendió hasta su palma con una suavidad casi reverente. La miró durante un largo momento y una sonrisa, leve pero sincera, se dibujó en su rostro.
Luego volvió la vista hacia el cultivador, que yacía apenas consciente, la espada caída a su lado y el cuerpo cubierto de cortes y quemaduras.
Caín se arrodilló junto a él. Rompió parte de su propia ropa para improvisar vendas, deteniendo como pudo el sangrado de las heridas más graves. Cada nudo, cada vuelta de tela, lo hacía con precisión, sin prisa, como si la calma fuera la única herramienta que aún tuviera.
Pasaron unos minutos antes de que el cultivador abriera los ojos. Tardó en enfocar la mirada, y cuando lo hizo, encontró el rostro de Caín observándolo con una mezcla de atención y fatiga.
—Vaya… —murmuró el hombre, su voz áspera—. Pensé que estaba muerto.
—Estuviste cerca —respondió Caín con serenidad, retirando la mano tras ajustar la última venda—. Pero no hoy.
Ambos guardaron silencio un instante. Luego, el cultivador hizo un pequeño gesto, un saludo formal con la cabeza.
—Soy Xian Huo. Te debo la vida.
—Caín —respondió él, devolviendo el gesto—. Lo mismo digo.
Caín abrió la mano, revelando la perla dorada. El fulgor bañó los rostros de ambos, y durante unos segundos, solo el brillo dorado ocupó la atención de los dos.
—Esto es lo que conseguí en el altar —dijo con calma—. No sé todavía qué es pero no parece algo común.
Xian Huo observó la esfera con un respeto silencioso, como si entendiera que aquello no era solo una recompensa, era un legado para entrar en el camino del dao del tiempo.
Caín cerró la mano con la perla y la guardó con cuidado en el interior de su túnica.
—Bebe un poco, te ayudará a recuperar fuerzas —dijo, girándose hacia la mochila de Xian Huo. Encontró una cantimplora metálica, abollada por algún golpe, pero aún útil.
Mientras destapaba el recipiente, no notó cómo el rostro de Xian cambiaba. Su expresión, antes agradecida, se endureció, los ojos oscureciéndose con una frialdad cortante. Sus dedos se cerraron en torno al mango de su espada, que yacía a su lado.
El sonido metálico del filo saliendo de la vaina rompió el silencio.
Caín apenas tuvo tiempo de girar la cabeza antes de ver la hoja descendiendo hacia él, dirigida a partirle el cráneo en dos.
Pero la muerte no llegó.
La espada se detuvo a escasos centímetros de su frente, vibrando levemente… y Xian Huo estaba completamente inmóvil. No respiraba, no parpadeaba. Solo sus pupilas, dilatadas, mostraban un terror súbito.
Caín miró a su alrededor. El aire estaba extraño, como si se hubiera vuelto espeso. Una gota de agua que caía desde el techo quedó suspendida en medio del descenso. El fuego de las brasas no oscilaba. El tiempo mismo había dejado de fluir.
—Ese impulso tuyo, qué desagradable. —La voz, grave y pausada, resonó detrás de él.
Caín giró lentamente.
De la penumbra surgió un anciano de barba larga y blanca, vestido con una túnica igualmente blanca que parecía resistir el polvo y la suciedad de la cueva. Sus pasos no hacían eco, y sus ojos, de un gris plateado, miraban directamente a Caín como si pudiera ver cada rincón de su alma.
El anciano pasó junto al cultivador congelado, sin siquiera mirarlo, y con un movimiento leve de su mano, la espada cayó al suelo, como si se desvaneciera la fuerza que la sostenía.
—No temas —dijo, sin apartar la vista de Caín— No soy el malo.
El anciano permanecía inmóvil, observando con calma mientras Caín avanzaba.
—Has pasado la prueba —dijo con voz grave—. Ahora te dejaré decidir qué hacer con ese hombre.
Caín lo miró un instante, respirando con fuerza, y tomó su decisión.
Con mano firme, cogió su espada. Se acercó a Xian, que apenas se mantenía consciente, y clavó la hoja directamente en el corazón. La fuerza del impulso fue tal que, al retirarla, desgarró la piel, los músculos y órganos más allá de lo imaginable, perforando también un pulmón, dejando al cultivador completamente abatido sobre la fría piedra de la cueva.
El anciano frunció el ceño, visiblemente sorprendido por la violencia del acto.
—Niño… —dijo con voz grave—. Eres más vengativo de lo que esperaba. No, espera, no eres un niño.
Caín se quedó rígido, como si cada palabra del anciano lo atravesara. Una oleada de dudas y miedo lo embargó, haciendo que su respiración se acelerara. ¿Cómo podía saberlo? ¿Cómo alguien podía percibirlo tan claramente?
El anciano continuó, con voz más calmada pero firme.
—No me importa de dónde vengas. He visto tu vida pasada y no vi nada peligroso.
Esas palabras chocaron contra Caín como un vendaval. Por un instante, el miedo se mezcló con la incredulidad. Entonces, sin poder contenerse, lanzó sus preguntas, atropelladamente.
—¿Cómo sabe que tuve otra vida? —su voz temblaba— ¿cómo es que el texto en la pared está en un idioma de otro mundo? —señaló con la mano temblorosa— ¿Y el meteorito… fue cosa suya? —y otras tantas que nacían de su confusión y sorpresa.
El anciano lo miró, entre sorprendido y agobiado, y cerró los ojos un instante como si contuviera la paciencia. Luego habló con firmeza.
—Basta. Solo podrás hacer tres preguntas, y nada más. Escoge bien.
Caín tragó saliva, con el corazón latiendo con fuerza. La tensión era palpable. Ahora debía decidir cuáles eran las preguntas más importantes.