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Cap 4

Reino Infinito · por STERVEN · 20 de agosto de 2026

Caín permaneció inmóvil unos segundos. Su decisión no había cambiado. Los viejos poderosos siempre escondían intenciones ocultas; ya había sido traicionado una vez en su vida pasada y en esta, no permitiría que se repitiera.

 

Con el amanecer tomó una resolución práctica. Había ahorrado suficiente dinero durante meses. Al llegar al mercado de la ciudad contrató un carruaje compartido y, entre otros viajeros, emprendió camino hacia el norte. Tras medio día de trayecto, lo dejaron en una aldea modesta, perdida dentro del vasto territorio de la Secta del Norte.

 

La aldea no era más que un conjunto de casas de madera y caminos de tierra, pero estaba lo bastante alejada de grandes ciudades y sectas como para ofrecerle tranquilidad. Allí, en el silencio del campo, Caín encontró el lugar perfecto para continuar su camino.

 

Intentó asentarse en la aldea. Con las monedas que le quedaban buscó un lugar donde dormir, pero pronto descubrió que aquel poblado carecía de posadas o casas de huéspedes. Era un lugar pequeño, pensado solo para quienes habían nacido allí. Los aldeanos lo miraban con curiosidad y algo de desconfianza, y aunque nadie le negó agua o comida, ninguno le ofreció techo.

 

Suspiró resignado. La idea de descansar en una cama caliente se desvaneció, y volvió a recorrer los alrededores hasta encontrar una cueva entre riscos. El interior estaba húmedo, con paredes oscuras y un aire pesado que lo hacía poco acogedor, pero era lo único disponible.

 

-De nuevo en una cueva... -murmuró, mientras extendía una simple manta sobre la roca fría. La incomodidad lo golpeó con crudeza, recordándole lo que significaba vivir apartado del mundo.

 

Esa noche, el sueño lo atrapó con brusquedad. Cuando abrió los ojos, ya no estaba en la cueva. El lugar era otro: un espacio oscuro, infinito, donde el suelo se extendía como barro negro y espeso, y más allá se alzaba un horizonte vasto, imposible, hecho de un poder sombrío que parecía respirar.

 

Entonces lo oyó.

 

La voz no venía de un solo punto. Era como un eco que flotaba en todas direcciones, pero no se repetía; lo envolvía, llenando cada rincón de aquel vacío. Era suave, casi afectuosa, como un murmullo que buscaba cercanía.

 

<Al fin me escuchas...> dijo, su tono cargado de un extraño alivio. <Todo el día he estado llamándote, pero tus oídos estaban cerrados. Y ahora... por fin respondes.>

 

Caín frunció el ceño, su respiración acelerada.

 

-¿Quién eres? -preguntó, aunque su voz sonó débil en ese mundo que no era suyo.

 

<No soy un extraño. Soy parte de ti. Estuve contigo desde el instante en que tomaste ese poder. Yo soy la sombra de lo que eres y tú eres el único capaz de darme forma.>

 

La voz se movía a su alrededor, como si se deslizara bajo el suelo, sobre el cielo negro, detrás de su nuca y frente a su pecho. Cada palabra era insistente, seductora, como un secreto compartido.

 

<No tienes por qué luchar solo. Unámonos. Deja de resistir lo que ya es tuyo. No soy amenaza, soy herencia. Conmigo, no habrá límites.>

 

Caín apretó los puños. Una parte de él quería aceptar aquello, pero otra, más silenciosa, se detuvo ante la tentación. Esa duda fue suficiente.

 

La figura se acercó, y a cada paso su silueta se definía más. No era un desconocido: era él mismo. Su cuerpo era idéntico en forma y proporción, pero todo hecho de un material negro y líquido, como barro vivo que nunca dejaba de ondular. Sus rasgos estaban borrados por completo, excepto los ojos: dos esferas blancas, fijas y penetrantes, que brillaban con intensidad antinatural.

 

Cuando sonreía, no lo hacía con boca visible, sino con una curva de grietas que se abrían en el rostro oscuro, mostrando un vacío que parecía tragar la luz. 

 

La voz surgió de esa figura directamente, suave, envolvente, convincente.

 

<¿Lo ves ahora? No soy extraño a ti... soy tú. El verdadero tú. El que no teme, el que no duda. No soy malo, ni soy enemigo. Soy la fuerza que tu alma ha llamado. Acéptame... y será lo mejor.>

 

Caín lo miraba con el ceño fruncido, la respiración acelerada. Durante un instante, aquella visión lo estremeció. Si esa sombra era él, ¿qué significaba rechazarla? ¿Qué significaba aceptarla?

 

Pero entonces recordó las palabras del viejo...

 

-Te niegas a mi enseñanza, pero tocas un Dao que no entiendes. -El viejo lo había dicho sin ira, pero con una certeza que pesaba más que cualquier grito-. Ese Dao Oscuro que acogiste... ¿acaso crees que no traerá un precio?

 

La sangre de Caín se heló.

 

Entonces comprendió, unirme a esta cosa no es un regalo. Es una trampa. Un precio que intenta ocultar.

 

La sombra lo sintió. Sus ojos blancos parpadearon, y su sonrisa se contrajo en un gesto de irritación. Dio un paso más, extendiendo su mano oscura hacia él.

 

<No dudes... acéptame, AHORA.>

 

-¡No! -la voz de Caín estalló con firmeza, quebrando el silencio.

 

El mundo tembló. El horizonte infinito de oscuridad se agitó como un mar en tormenta. La figura se irguió, más alta, más monstruosa, sus ojos blancos incendiados de furia.

 

<¡INSENSATO!> rugió, su voz ya no era suave, sino una voz deformada y rota. <¡Te ofrezco mi poder y lo rechazas! ¡Nada se niega a mí, NADA!>

 

El suelo negro se quebró bajo sus pies, rajándose en grietas luminosas. El cielo de penumbra se desgarró, dejando caer fragmentos de oscuridad líquida. Caín apenas pudo sostenerse en pie antes de sentir cómo una fuerza brutal lo arrancaba de ese lugar.

 

El rugido de la sombra lo persiguió mientras el espacio entero colapsaba sobre sí mismo.

 

Un tirón desgarrador lo expulsó de ese lugar, y Caín abrió los ojos de golpe en la cueva. Estaba empapado en sudor frío, su respiración desordenada, el corazón golpeando con fuerza en su pecho.

 

Caín salió de la cueva con el amanecer, el aire fresco golpeándole el rostro mientras sus ojos se acostumbraban a la luz del campo. La rutina era la misma de siempre: cultivar, buscar presas, vender parte de ellas en la aldea, conseguir unas pocas monedas para comida y algo de ropa nueva. Nada de eso era fácil; la vida lejos de la civilización tenía sus reglas, y Caín lo aprendía día a día con cada esfuerzo y tropiezo.

 

Pero, a cada paso que daba, sentía una presencia. Al principio eran apenas sonidos sutiles: un crujido detrás de un árbol, el roce de algo en la hierba, un susurro perdido que se desvanecía antes de poder identificarlo. Pensó que era su imaginación, el cansancio acumulado de meses de caza y supervivencia, pero no podía ignorarlo del todo.

 

A veces los sonidos eran más claros, como un grito lejano que no tenía origen visible. El corazón de Caín se aceleraba y su cuerpo se tensaba; giraba la cabeza buscando a alguien, pero no encontraba nada. Aun así, la sensación de ser observado no lo abandonaba.

 

Las noches eran peor. Cada intento de descanso se veía perturbado por los murmullos, que se infiltraban en sus sueños. Rugidos apagados, voces sin forma, respiraciones que se confundían con la suya. Despertaba sobresaltado, con el sudor frío empapando su espalda, sintiendo la presión de algo que no podía ver, pero que lo estudiaba, paciente y persistente.

 

Día tras día, el murmullo se volvió más insistente. Ya no podía ignorarlo mientras caminaba, cazaba o vendía la presa. Cada instante estaba marcado por esa sensación: un susurro en la brisa, un eco que lo rozaba, un grito apagado que lo hacía detenerse.

 

Entonces, un día, tras dos meses de esta presión constante, ocurrió algo distinto. Durante unos minutos no escuchó nada. Ni crujidos, ni gritos, ni susurros. El silencio era absoluto, tan perfecto que hizo que Caín se relajara por primera vez en mucho tiempo.

 

<Al fin me escuchas...>

 

El alivio se desvaneció de inmediato. El rostro de Caín palideció de terror, y un escalofrío helado le recorrió la espalda. 

 

Desde aquel día, las jornadas de Caín se volvieron un suplicio constante. Cada mañana dedicada al cultivo del Dao de la Oscuridad era más ardua que la anterior. La energía que antes lograba controlar con esfuerzo ahora se agitaba, rebelde, implacable.

 

La voz no desaparecía nunca. A veces era suave y seductora: <No temas... conmigo serás más fuerte...> Otras, un grito que desgarraba su mente: <¡Escúchame! ¡Acepta lo que eres!> Cada instante estaba cargado de presión.

 

El agotamiento no era solo físico; su mente se resentía. Sus pensamientos se dispersaban, su concentración se quebraba, y cada momento de silencio parecía imposible de sostener. Los aldeanos, preocupados, se le acercaban para ofrecer ayuda o simplemente preguntar si estaba bien.

 

Pero Caín los rechazaba todos. No por orgullo, sino por miedo: miedo de que aquella oscuridad lo dañara a él o a los demás si perdía el control. Con cada negativa se aislaba más, llevando solo la carga de su tormento.

 

Con el tiempo, Caín notó un patrón: cuanto más avanzaba en el cultivo y la comprensión del Dao Oscuro, más agresiva se volvía la voz. No era que lo guiara; al contrario, parecía enfadarse con cada logro suyo. La voz aumentaba su intensidad, sus gritos y susurros lo acosaban con más fuerza, como si quisiera obligarlo a detenerse.

 

Al principio eso lo desconcertó y atemorizó. Pero poco a poco entendió que podía usar la furia de la sombra a su favor. Cada grito, cada ataque, cada palabra cargada de violencia o manipulación se convirtió en un marcador, una señal de qué camino debía tomar, de dónde concentrar su cultivo y hacia dónde avanzar.

 

Así, Caín trazó un camino entre los gritos, guiándose por la agresividad de la voz sin depender de ella. 

 

Un día más, Caín se levantó al amanecer, como siempre, dispuesto a cultivar el Dao de la Oscuridad. Mientras manipulaba la energía, algo hizo clic: comprendió un aspecto más profundo de su poder, un detalle que hasta entonces había estado fuera de su alcance.

 

Directamente sobre la cueva, sobre él, un par de nubes gigantes y densas comenzaron a arremolinarse en lo alto, concentradas como una tormenta que parecía reaccionar solo a su avance.

 

La voz, al percibir lo que había logrado, explotó en su mente. Primero intentó seducirlo con insistencia:

<¡Te estás equivocando, Caín! Acepta de una vez, VAMOS, sabes que es lo mejor!>

 

Pero cuando vio que él no cedía, la paciencia se quebró. La voz se volvió feroz y despiadada. Cada palabra buscaba quebrarlo, humillarlo, aplastarlo psicológicamente:

 

<¡Maldito engreído! ¡Eres un puto gilipollas arrogante que cree que entiende algo! ¡Tu estúpida cabeza es un agujero lleno de mierda! ¡No vales nada, pedazo de basura inútil! ¡Cada respiración que tomas es un insulto al mundo! ¡Eres un desperdicio de espacio, un tonto demente que nunca servirá para nada! ¡Te voy a triturar mentalmente, te voy a hacer desear morir y aun así seguirás siendo un inútil estúpido!>

 

El rayo morado descendió desde el centro de la tormenta concentrada. Su luz absorbía todo alrededor, directa hacia él, mientras la voz continuaba:

 

<¡Acepta ya, miserable! ¡No seas un retrasado inútil! ¡Eres un puto perdedor que nunca comprenderá la fuerza que tiene delante! ¡Te estás condenando por tu propia estupidez! ¡Cobarde de mierda! ¡Tonto hijo de puta, idiota inútil, maldito enfermo mental que ni siquiera sabe lo que es poder!>

 

Cada insulto golpeaba su mente como látigos afilados. Cada grito se mezclaba con el rugido del rayo que se aproximaba, cargando dolor y claridad al mismo tiempo.

 

Finalmente, el rayo impactó de lleno sobre Caín. La energía lo atravesó de pies a cabeza. La voz, que había explotado en furia y malicia, comenzó a desvanecerse lentamente, dejando un silencio absoluto. Solo el calor y la vibración del rayo permanecían, junto con la comprensión recién adquirida del Dao Oscuro, grabada en lo más profundo de su ser.

 

Por un instante, sintió que perdería el control, que la energía lo aplastaría y destruiría su mente antes de que pudiera asimilar siquiera una fracción de lo que acababa de recibir. Entonces, de manera instintiva, activó su Dao del Tiempo.

 

Concentrando todo su poder, creó un área a su alrededor donde el tiempo sufría un ligero desfase. Apenas unos segundos más rápido que el flujo normal, pero suficiente. La energía del rayo, intensa y violenta, se desaceleró en su efecto sobre él, como si golpeara a un cuerpo suspendido en la fricción del tiempo.

 

Dentro de ese breve desfase, Caín pudo respirar y estabilizarse. Cada segundo le permitió organizar sus pensamientos, analizar el flujo del Dao Oscuro que corría por su interior y comprender los principios fundamentales que hasta ese momento se le habían escapado. Cada chispa de energía que antes lo habría destruido ahora podía ser procesada, comprendida y absorbida sin que lo devorara.

 

El sudor recorría su frente, su cuerpo temblaba, pero la claridad aumentaba. Cada instante que pasaba dentro de aquel pequeño desfase temporal era un regalo.

 

Su cuerpo ya no pudo más. Exhausto, débil y temblando, Caín cayó desplomado sobre el suelo. Se desmayó al instante y permaneció dormido el resto del día, completamente incapaz de moverse, mientras su cuerpo procesaba lentamente la energía.

 

Caín abrió los ojos con lentitud. La luz del amanecer entraba débil por la entrada de la cueva, y por primera vez en meses no escuchó susurros ni gritos en su mente. Un llanto silencioso brotó de él, una mezcla de alivio, agotamiento y liberación: no había nada. Solo el silencio absoluto, puro y tranquilo. Durante meses había vivido acosado, y ahora, por primera vez, podía respirar sin sentir la presión de aquella voz que lo perseguía día y noche.

 

Se levantó con cuidado, todavía débil, y decidió salir de la cueva. Caminó hasta un río cercano para asearse, el agua fría chocando contra su piel cansada. Mientras se observaba en el reflejo, notó algo diferente: su cabello, que antes era negro intenso, ahora brillaba con un tono morado oscuro.

 

Caín se permitió sonreír. Debía ser una secuela de aquel poder que había recibido, una marca de lo que había atravesado. Por un instante temió que fuera algo más peligroso, algo que lo cambiara de manera irreversible. Pero al ver que solo era ese matiz oscuro en su cabello, sintió un alivio increíble: al menos no había efectos peores.

 

Al volver a la cueva, un pensamiento le recorrió la mente: el desfase temporal que había creado durante el impacto del rayo. Se detuvo un momento, recordando cómo había sentido que el tiempo a su alrededor se aceleraba apenas unos segundos, dándole la oportunidad de procesar la energía sin ser consumido.

 

-Era algo así... concentrar el Dao del Tiempo, formar un área a mi alrededor, apenas unos segundos de diferencia -murmuró, hablando consigo mismo mientras intentaba replicar la sensación-. ¿Y si solo fue un sueño?

 

Con cautela, juntó su energía, concentrandolo en un pequeño radio alrededor de él. Apenas un metro. Un ligero desfase comenzó a manifestarse: dentro de ese espacio, el tiempo fluía un poco más rápido.

 

Caín sonrió con alivio, comprobando que aquello no había sido un sueño ni una alucinación. Podía manipular el tiempo de manera consciente, aunque de forma limitada.

 

-Esto es increíble... debo ponerle un nombre -dijo, mientras la energía vibraba a su alrededor con suavidad, estable-. Lo llamaré "Area Temporal".

 

El pequeño espacio temporal le dio una sensación de seguridad y control que hacía meses no sentía. Por primera vez desde aquel rayo, podía respirar y organizar sus pensamientos sin la presencia constante de la voz. Aunque débil, se sentía más fuerte que antes, con la certeza de que esa habilidad sería clave para avanzar en su camino.

 

Se dejó caer sobre la roca fría de la cueva. La fatiga física y mental era abrumadora; cada músculo aún estaban fatigados y su mente necesitaba descansar. Cerró los ojos, dejando que el silencio absoluto lo envolviera, y se durmió casi de inmediato, entregándose al sueño profundo.

 

Cuando volvió a abrir los ojos, el sol ya se acercaba al horizonte, teñiendo el cielo de tonos naranjas y rojizos. La luz entraba oblicua por la cueva, iluminando tenuemente su rostro cansado. Había dormido todo el día, y aunque aún se sentía débil, la claridad en su mente era más evidente que nunca.

 

Se levantó despacio, estirando los músculos adoloridos, y decidió que era hora de bajar a la aldea. Necesitaba algo de comida y reposar su cuerpo de manera más adecuada. Con pasos cuidadosos, pero firmes, salió de la cueva y comenzó a descender hacia el poblado, preparado para cenar algo y recuperar fuerzas antes de que la noche avanzara demasiado.

 

El aire fresco de la tarde le devolvía un poco de vitalidad, y cada paso reafirmaba que, pese al cansancio extremo, había sobrevivido a lo imposible y estaba listo para retomar su rutina con más control sobre su poder que nunca.

 

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