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Cap 1

Reino Infinito · por STERVEN · 20 de agosto de 2026

Caín retiró lentamente la mano del meteorito. El calor que había sentido durante todo ese tiempo se desvanecía, reemplazado por un eco tibio que aún recorría sus venas. Como si su cuerpo se hubiera convertido en un reloj que, por primera vez, aprendía a marcar el tiempo correctamente. El mundo se sentía más lento… más claro. Más peligroso.

 

Bajó la vista. Frente a él, el suelo todavía estaba húmedo con los restos del hombre al que había devuelto al principio de su existencia. Lo que quedaba de su ropa formaba un círculo desordenado en la tierra, desbordado por una bolsa pequeña de cuero y una espada de hoja larga, aún envainada.

 

Caín se acercó sin apuro. Su rostro era una máscara de calma, pero dentro, su corazón palpitaba con fuerza. No por miedo. Por lo que había hecho.

 

Se agachó, recogió la espada primero. Tenía un diseño sobrio, sin grabados, sin florituras, pero con buen peso. Al probar sujetarla con una sola mano, sintió que era suya. La ató al cinturón improvisado. Luego, tomó la pequeña bolsa. Era del tamaño de una mano adulta, sin marcas visibles ni energía aparente. No la abrió.

 

Volvió a mirar el meteorito. Ya no brillaba. Su superficie estaba más opaca, como si hubiese entregado todo lo que tenía que ofrecer. Caín lo rodeó, tanteó una vez más si podía moverlo, empujarlo, siquiera hacer que rodara. Nada. Era como si estuviera incrustado en la realidad misma.

 

Intentó concentrarse, usar ese nuevo vínculo con el tiempo, forzarlo a moverse con él. Pero fue inútil. Si alguna vez se podía llevar… no era ahora.

 

—Supongo que quieres quedarte aquí —susurró al meteorito.

 

El cielo estaba clareando, el humo de la explosión había comenzado a disiparse. No quedaba tiempo. Pronto alguien más llegaría. Otro como ese hombre. O alguien peor.

 

Con un último vistazo al cráter, Caín dio media vuelta y se internó en el bosque.

 

Caminó sin detenerse durante horas, abriéndose paso entre ramas, raíces y maleza venenosa, siguiendo el instinto de quien ya había vivido un infierno en la tierra. No buscaba camino. Solo un lugar donde esconderse, respirar, entender.

 

Finalmente, tras casi cuatro horas, halló una cueva entre unas rocas, oculta por las raíces colgantes de un árbol retorcido. No era profunda, pero lo suficiente para refugiarse por un tiempo.

 

Entró, dejó la espada a un lado y se sentó contra la pared, con la bolsa aún sin abrir en la mano.

 

Respiró hondo. Cerró los ojos.

 

El tiempo ya no era el mismo. Y él… tampoco.

 

Caín se dejó caer al suelo de la cueva, exhausto. Su cuerpo aún vibraba con los restos del poder que había absorbido del meteorito, pero su mente necesitaba descanso. Apoyó la espalda contra la pared húmeda y rugosa, respirando hondo. Había sobrevivido. Había ganado. Pero todavía no sabía exactamente qué tenía entre manos.

 

Metió la mano en su ropa y sacó la pequeña bolsa de cuero que le había quitado al cultivador. No pesaba nada. Era del tamaño de su palma, simple y oscura, sin hebilla ni cordón. La observó con curiosidad, dándole vueltas entre los dedos.

 

—¿Y esto? —murmuró.

 

Intentó abrirla con los dedos, buscando algún pliegue, pero no cedía. Frunció el ceño, apretó los bordes y tiró con algo de fuerza. Nada. Probó con un poco de su energía recién ganada, canalizándola hacia la bolsa como había hecho con el meteorito. La respuesta fue inmediata: una ligera chispa lo repelió, como si la bolsa rechazara su toque.

 

Caín retrocedió un poco, sorprendido.

 

—¿Está… sellada? —susurró, alzando una ceja.

 

Probó otra vez, esta vez con más concentración, tratando de deslizar su energía con suavidad, buscando alguna grieta, alguna forma de forzar la apertura. Pero la superficie de la bolsa seguía tensa, cerrada, indiferente. Incluso parecía calentarse por momentos, como si lo advirtiera de no insistir demasiado.

 

Frustrado, la dejó en el suelo y la observó en silencio.

 

—¿Cómo se supone que se abre esto?

 

Se cruzó de brazos, pensando. Había enfrentado a un cultivador más fuerte y ahora una simple bolsa le ganaba la partida.

 

Intentó una última vez, pero al tocarla sintió un leve zumbido de rechazo, y comprendió, aunque no supiera explicarlo con precisión.

 

—Me falta poder… —admitió en voz baja, con una mezcla de rabia y resignación.

 

Guardó la bolsa otra vez. No podía hacer nada con ella. No todavía.

 

Entonces, sintió algo. Una vibración sutil bajo el suelo de la cueva. Se puso en pie lentamente, siguiendo el rastro de esa energía apenas perceptible. Más adelante, oculta tras una saliente rocosa, encontró algo que no esperaba: un altar de piedra, cubierto de inscripciones antiguas que brillaban débilmente bajo la tenue luz que se colaba desde una grieta en el techo.

 

—¿Será por este altar que el meteorito cayó tan cerca?— parecía una pregunta tonta pero posible, era demasiada casualidad tanta suerte en el mismo día.

 

Se acerca al altar con cautela, tocando las antiguas inscripciones que lo adornan. La piedra parece vibrar bajo sus dedos, y una suave energía fluye desde las marcas grabadas, como si estuvieran esperando que alguien con potencial las desentrañara. Después de un momento de concentración, un resplandor dorado comienza a emanar del altar, y el tiempo parece ralentizarse alrededor de Caín.

 

Al examinar las inscripciones, Caín descubrió que aquel altar había pertenecido a un cultivador de gran nivel, alguien que dominaba el Dao del Tiempo. Para su sorpresa, el grabado estaba escrito en perfecto español, legible como si acabara de ser tallado.

 

—¿Cómo es posible? —murmuró, con el asombro pintado en el rostro.

 

Nunca había visto nada semejante. Desde su llegada a este mundo, todo lo que había encontrado eran lenguas extrañas que había tenido que aprender a la fuerza. Y sin embargo, aquí estaba, ante un idioma que no existía en este lugar.

 

Lo más inquietante era lo que revelaban las inscripciones: el altar custodiaba un artefacto ligado al tiempo, accesible solo para quien lograra comprender esa energía y superar las pruebas que imponía.

 

Respiró hondo, cerró los ojos y se sentó en su centro, cruzando las piernas. Dejó la espada a su lado, con la mano apoyada sobre la empuñadura. El pulso de la piedra se acompasó con el suyo, y una corriente de energía temporal comenzó a fluir hacia él. Cada inhalación le permitía absorber fragmentos del Dao del Tiempo, que se condensaban en su núcleo como hilos de luz plateada.

 

El altar reaccionó. Las inscripciones se iluminaron, formando un círculo de runas giratorias que flotaban en el aire. Una campana invisible resonó, y el tiempo dentro de la cueva se deformó: las gotas de agua suspendidas en el aire parecían colgar como cristales inmóviles.

 

En ese instante, un sonido distinto rompió la quietud: el crujir de roca, como si algo arañara la piedra desde dentro.

 

Desde varios túneles oscuros, al fondo de la cueva, emergió la primera silueta: una bestia del tamaño de un caballo, piel negra moteada de destellos púrpuras, ojos como grietas en el firmamento. Sus garras no dejaban huellas sobre el suelo sino cicatrices en el espacio, abriendo fisuras que mostraban fragmentos distorsionados de la cueva desde ángulos imposibles.

 

Tras ella, otras nueve  bestias espaciales salieron a la luz. Cada una era distinta: una más esbelta y de movimientos serpenteantes, otra con extremidades largas y afiladas como lanzas, cada una era única en su forma y actitud pero todas tenían algo en común, todas irradiaban una hostilidad pura en Caín.

 

Avanzaron en silencio, deformando el espacio a su paso, dispuestas a desgarrarlo antes de que pudiera alzar la vista del altar.

 

Entonces, una voz grave resonó en la entrada.

 

—Mierda, llegué tarde.

 

Un hombre de túnica oscura, cabello recogido y mirada aguda se recortó contra la luz. El símbolo en su pecho de un dragón negro, el peso de su aura lo decía todo: era un cultivador. Las bestias, al notarlo, giraron sus cuerpos con un movimiento casi coordinado. No querían que nadie interfiriera en la prueba del altar. Y aunque Caín era su objetivo original, el recién llegado era ahora el obstáculo más inmediato.

 

El cultivador desenfundó su espada. Un fuego azul intenso, tan vivo que parecía líquido, envolvió la hoja, proyectando destellos helados sobre las paredes de la cueva.

 

—Si quieren pelear, vengan.

 

La primera bestia cargó. El fuego azul cortó el aire en un arco ascendente, dividiendo la criatura en dos, pero no sin antes rasgar el hombro con una garra que dejó su ropa chamuscada y la piel marcada.

 

No hubo tiempo para respirar. Dos bestias atacaron juntas. El cultivador giró sobre sí mismo, liberando una llamarada circular que forzó a las criaturas a teletransportarse para esquivar. Con un golpe descendente golpeo a la segunda sin matarla, pero un latigazo de la tercera bestia le abrió un corte sangrante en el costado.

 

El fuego azul iluminaba la cueva, chocando contra las distorsiones espaciales que intentaban deformar su trayectoria. Las fisuras en el aire explotaban en destellos violetas cuando el fuego azul se cruzaba con la energía espacial.

 

Mientras tanto, Caín permanecía inmóvil en el altar. Su respiración era un hilo constante, absorbiendo el flujo del tiempo que el círculo de runas liberaba. Veía cómo los segundos se abrían ante él como pétalos de luz dorada, cada uno revelando matices de un Dao que hasta ahora solo había rozado. Sus manos reposaban sobre las rodillas, pero su conciencia tejía y moldeaba la energía, refinando capa por capa.

 

Las paredes de la cueva vibraban bajo los choques del Dao. El fuego azul trazaba arcos letales que dejaban cicatrices luminosas en la roca, mientras que las bestias espaciales abrían grietas que distorsionaban la realidad, haciendo que el terreno pareciera plegarse sobre sí mismo.

 

La primera ya yacía muerta, su cuerpo consumido por brasas azules que seguían ardiendo incluso sin carne que devorar. Las otras nueve se dispersaron, abriendo portales irregulares para aparecer desde ángulos imposibles.

 

El cultivador bloqueó un zarpazo que vino desde el techo; el fuego azul recorrió su hoja y se lanzó hacia arriba, partiendo a la bestia en dos. Pero al hacerlo, una segunda surgió desde su espalda, atravesando una grieta espacial y clavando sus garras en su omóplato izquierdo. El sonido del hueso cediendo se perdió bajo un rugido.

 

—¡Tch…! —apretó los dientes, girando con violencia. El fuego azul se encendió en un destello, reduciendo a cenizas a su atacante, pero el hombro le colgaba parcialmente inutilizado.

 

Caín, desde el centro del altar, observaba todo a través de un velo temporal. El círculo de runas giraba más rápido, y cada rotación le revelaba un patrón más complejo. Sus pensamientos fluían sin esfuerzo; podía sentir dónde y cuándo cada grieta espacial se formaría, como si el tiempo se lo susurrara.

 

Un parpadeo. Una tercera bestia apareció frente al cultivador, lanzando un ataque vertical con sus garras. Caín hizo un pequeño gesto con los dedos, apenas un roce de intención, y el instante se estiró lo suficiente para que el hombre diera un paso lateral. El fuego azul cortó limpiamente, y otra criatura cayó, su cadáver absorbido por las llamas cerúleas.

 

Pero no hubo victoria sin precio. Una cuarta bestia surgió del suelo a través de una fisura, alcanzando a rasguñarle el abdomen antes de que pudiera girarse. La sangre manó oscura, manchando la piedra.

 

Caín seguía absorbiendo la esencia temporal. Su respiración era un metrónomo perfecto. Visualizaba las corrientes de tiempo como hebras doradas flotando alrededor del altar, y una a una, las iba trenzando en su núcleo. El mundo exterior no lo distraía, pero cada tanto, inclinaba la balanza: ralentizar el instante en que un zarpazo casi alcanzaba la garganta del cultivador; estirar el momento en que una bestia surgía para que su enemigo pudiera contraatacar.

 

Quedaban seis.

 

El cultivador jadeaba, su espada aún envuelta en fuego azul pero su brazo izquierdo temblaba. Atacó de frente a la séptima bestia, atravesando la grieta por la que intentaba huir y reduciéndola a un borrón de luz y ceniza. Sin embargo, al salir del corte, una distorsión se abrió a sus pies: la octava apareció en un ángulo lateral y lo embistió, lanzándolo contra la pared con un golpe seco. La piedra se agrietó bajo su espalda.

 

Caín apretó los ojos un instante. El altar lo estaba absorbiendo todo, pero podía sentir la tensión del combate.

 

La vida de ese hombre estaba en sus manos.

 

El altar brillaba con un fulgor cada vez más intenso. Las runas giraban a un ritmo frenético, y Caín, sentado en el centro, respiraba con una calma antinatural. Sus ojos no se movían, pero dentro de su visión, todo era diferente: las bestias ya no aparecían al azar, sino que sus intenciones se dibujaban como ecos en el flujo temporal.

 

—Ahora… —murmuró sin levantar la voz.

 

El cultivador, con el hombro sangrante y el abdomen abierto, se lanzó hacia un punto vacío de la cueva justo antes de que una grieta espacial se formara allí. Cuando la bestia emergió, su cuello ya estaba atravesado por la espada de fuego azul. Caín había estirado una fracción de segundo para que el corte llegara antes de que la criatura pudiera reaccionar.

 

Así fue la tónica del combate.

Una bestia tras otra caía bajo una combinación invisible: el instinto curtido del cultivador y el ojo omnipresente de Caín sobre el tiempo. A veces, el fuego azul trazaba un corte diagonal que se alineaba con una distorsión temporal, haciendo que la bestia pareciera quedarse suspendida en el aire antes de partirse en dos. Otras, el zarpazo que debería atravesar la garganta del hombre se quedaba a un suspiro de distancia porque Caín ralentizaba la realidad en torno a él.

 

La octava murió atravesada por un tajo ascendente que dejó un surco ardiente en el aire. La novena intentó abrir un portal para huir, pero Caín condensó ese instante en un bucle de microsegundos, dejándola atrapada a medio salir justo lo suficiente para que la espada la partiera por la mitad.

 

Quedaba una.

 

La décima bestia emergió desde el centro mismo de la cueva, como si el espacio se hubiera desgarrado para dejarla pasar. Su cuerpo era más grande que el de las demás juntas, su pelaje negro parecía absorber la luz, y en su lomo se abrían grietas espaciales que se movían como si fueran organismos vivos. Sus ojos, dos pozos plateados, reflejaban el fuego azul del cultivador y lo devolvía multiplicado, como si fueran a consumirlo.

 

El cultivador apretó la empuñadura con ambas manos, su brazo izquierdo temblando de dolor pero todavía aferrado a la hoja. El fuego azul se avivó, más denso y más profundo, mientras Caín alzaba la mano desde el altar.

 

El aire entre ellos se distorsionó. El fuego del Dao y el flujo del tiempo se entrelazaron, formando una espiral que unía altar y espada. Cada respiración era medida, cada movimiento previsto. No había palabras, pero ambos sabían que aquel ataque conjunto sería decisivo.

 

La bestia dio un paso, y el espacio entero se plegó con ella.

 

El cultivador cargó hacia adelante.

 

 

Caín tiró del tiempo para que ese instante se alargara y, al mismo tiempo, lo comprimió en el filo de la espada.

 

Este era el fin de la batalla.

 

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