Saltar al contenido
Explorar novelas

Cap 0

Reino Infinito · por STERVEN · 20 de agosto de 2026

Caín se despertó sobresaltado por el crujido seco de la vara contra su espalda. No gritó. Ya no lo hacía.

 

-¡Te dije que barrieras antes del amanecer, parásito! -escupió el cuidador, un hombre regordete con más dientes podridos que sanos.

 

El frío del suelo de madera le calaba los pies descalzos. Otro día más en el Orfanato del Loto Marchito, otro amanecer en este nuevo mundo.

 

-¿Cuánto más vas a arrastrarte? -gruñó el cuidador. -Si no aprendes a moverte rápido, nunca serás nada.

 

Caín solo bajó la mirada.

 

Por lo que sabía, su madre biológica lo había abandonado allí hace 3 años, envuelto en harapos, sin una palabra. Los cuidadores le pusieron un nombre común de la región: "Shan Mu". Pero él nunca lo aceptó.

 

-No soy Shan Mu -se decía en silencio-. Soy Caín.

 

Él recordaba perfectamente su otra vida, en un mundo donde la magia no existía y el cultivo era solo un cuento. Hasta ese día, pensaba que aquí tampoco era real.

 

Pero esa mañana, mientras barría con desgana el frío suelo, una figura apareció en la puerta.

 

Un hombre alto, de túnica blanca, con un bordado de loto en la espalda y otro más pequeño el pecho. Su cabello largo y negro caía sobre su espalda, cubriendo gran parte del bordado, y una espada larga colgaba de su cintura sin llegar el suelo.

 

Sin decir palabra, hizo un gesto con la mano y una llama surgió, pequeña al principio, que se dividió en varias llamas de un tamaño menor, encendiendo las velas del dormitorio una a una.

 

Los niños miraron sobresaltados y curiosos.

 

-¿Queréis ver el poder del cultivo? -dijo el hombre con voz firme-. Este es solo el comienzo.

 

Caín sintió por primera vez algo que jamás había sentido. Tal vez, ese mundo de cultivadores, sectas e inmortalidad no fuera solo un cuento, tal vez este mundo no era solo un mundo mediebal cutre donde debía pudrirse el resto de su nueva vida.

 

El cultivador se acercó al centro del dormitorio mientras los niños se agrupaban con torpeza y aún asombrados por las velas encendidas.

 

Sacó un artefacto del interior de su túnica: era cuadrado, del tamaño de una mano adulta, hecho de un cristal transparente, tan limpio y claro que pareciera que no existiera. En su centro flotaba un pequeña esfera blanca giratoria, no tocaba el borde, como si se suspendiera por fuerzas invisibles.

 

-Este instrumento revelará si alguno de ustedes tiene afinidad con el cultivo -dijo el hombre, alzando la voz para que todos lo oyeran-. Uno por uno, tocarán el núcleo con la palma.

 

El primer niño se acercó, tembloroso. Apenas posó la mano, el anillo de jade comenzó a girar más rápido, emitiendo un leve resplandor azul. El cultivador asintió con seriedad.

 

-Aceptable.

 

Siguieron otros. Algunos hacían brillar el artefacto con colores distintos; otros apenas provocaban un leve zumbido. Cuatro de ellos causaron una reacción notable.

 

Cuando le tocó el turno a Caín, sintió que todos lo miraban. Dio un paso al frente, levantó la mano y la apoyó sobre el núcleo.

 

Nada.

 

Ni luz, ni sonido. El artefacto permaneció inmóvil.

 

Silencio.

 

-No siente nada -murmuró uno de los niños, conteniendo la risa.

 

-Ni siquiera zumbó...

 

Caín apretó los dientes, sin apartar la mano.

 

El cultivador lo observó un momento más y luego, con voz neutra, dijo:

 

-Siguiente.

 

Caín bajó la mirada. Algo en su pecho se cerró con fuerza.

 

Al final, el cultivador se llevó consigo a los cuatro niños con mayor reacción. Prometió entrenamiento, comida y ropa nueva. Desapareció tan rápido como había llegado, dejando atrás el olor de las velas encendidas y el silencio amargo de los que se quedaron.

 

Esa noche, Caín se acostó sin decir palabra, con la espalda aún adolorida por el golpe de la mañana.

 

<No tengo energía. No tengo talento. No soy nadie> Pensó acostado en su cama.

 

Sin embargo, algo en él se negaba a rendirse, había visto el fuego y algún día lo tendría en sus propias manos.

 

Desde aquel día, Caín quedó marcado.

 

Los cuatro elegidos no volvieron, pero los que sí reaccionaron al artefacto, aunque en menor medida, empezaron a cultivar bajo la guía de un viejo manual que alguien consiguió robando en el mercado. A los pocos meses, sus cuerpos mostraban cambios: más resistencia, más agilidad. No podían hacer frente a un adulto, pero entre ellos la diferencia era clara.

 

Caín, en cambio, seguía igual.

 

-¡Eh, Shan Mu! -gritaban algunos- ¿Por qué no haces que el suelo tiemble con tu poder invisible?

 

-¡Tal vez su talento sea volverse más débil cada año!

 

Las risas dolían más que los golpes.

 

A veces lo empujaban mientras comía, le escondían las mantas, o le hacían tropezar cuando cargaba cubos de agua. Pequeñas crueldades, repetidas con precisión infantil.

 

Y él nunca respondía, sabía que sin poder, jamás podría hacerles frente.

 

<No tienen ni idea de lo que están diciendo>.

 

Pensaba eso muchas noches, con los dientes apretados.

 

<Yo sé lo que es el cultivo. Sé hasta dónde puede llegar. Y si alguna vez lo alcanzo, no me detendré>.

 

A los 5 años, aún sin poder canalizar una pizca de energía, seguía entrenando solo por las noches. Imitaba posturas que recordaba de su otra vida, imitaba técnicas básicas para ver si podía despertar ese poder dormido creía que tenía. Aunque nunca funcionó, lo seguía haciendo igual.

 

De pronto sonó un estruendo.

 

El estallido no fue como un trueno, ni como un temblor. Fue un rugido seco, opresivo, como si el mismísimo cielo hubiera sido aplastado contra la tierra.

 

Caín apenas tuvo tiempo de alzar la cabeza cuando la onda expansiva lo golpeó como un látigo invisible. El aire se volvió pesado, vibrante, y el estallido quebró los cristales podridos del orfanato como si fueran papel. Afuera, se escucharon gritos. Vigas cayeron. En algún lugar del pueblo, una casa entera se vino abajo.

 

El estruendo provenía de cerca. Muy cerca. A poco más de trescientos metros del borde del pueblo, por el lado del bosque.

 

Y el caos fue inmediato.

 

-¡Fuera, fuera! ¡Salgan del edificio! -gritó uno de los cuidadores.

 

Pero no con tono protector. Fue el primero en huir.

 

Detrás de él, otro adulto se empujaba con los niños para llegar a la salida. Codazos, pisotones, portazos. El instinto de cada uno por salvar su pellejo.

 

Caín fue arrastrado entre la masa. Empujado. Golpeado en el hombro. Un puñetazo involuntario le rozó la mandíbula. Ni siquiera sabía de quién.

 

-¡Muévete, basura! -escuchó detrás de él.

 

Se tambaleó, tropezó y cayó. El resto siguió corriendo pero nadie miró atrás.

 

Caín se quedó en el suelo, el polvo en su rostro, los pulmones aún palpitando por el impacto del aire. Se levantó lentamente, sin prisa. Ya no había gritos dentro. Todos habían huido. Nadie lo llamó. Nadie lo esperó. Nadie lo necesitaba.

 

Miró al suelo.

 

<¿Así que otra vez me quedo atrás? Siempre es igual para ellos solo soy un estorbo, alguien contra quien desquitarse. Si los sigo, solo volveré a ser empujado, golpeado, olvidado. ¿Para qué?>

 

<En las historias que leía, siempre era en momentos como este donde aparecían las verdaderas oportunidades. Una explosión no ocurre por nada: podría significar una cueva oculta, una mazmorra, un tesoro o incluso un poder oculto. Riesgo y oportunidad siempre van juntos. ¿Y si este es mi momento?>

 

<Si hay peligro, huiré. Con el caos que provocó esa explosión, pronto vendrán adultos a quedarse con lo que sea que haya aparecido. Si no me muevo ahora, perderé la única ventaja que tengo. ¿Seguirlos a ellos o buscar mi propio camino?>

 

Caín apretó los puños. Esta vez, decidió probar suerte.

 

El humo se alzaba como una columna negra, distorsionando la luz del amanecer. Parecía una herida en el aire.

 

El bosque estaba en silencio. Pero no era un silencio natural.

 

Cada paso que Caín daba sobre ramas y hojas secas parecía no llegar a su destino. El eco, cuando lo había, venía con retraso, como si el sonido mismo vacilara. El aire se sentía denso, detenido. Una quietud que no venía del miedo, sino de algo más profundo... como si el mundo hubiera dejado de girar por un momento.

 

Al fin llegó al borde del cráter.

 

La tierra estaba resquebrajada en círculos irregulares, con trozos de piedra aún humeantes y árboles cercanos doblados como juncos. Algunos parecían haber sido arrancados de raíz, y otros... simplemente estaban detenidos. Literalmente. Las hojas de uno de ellos flotaban a medio caer, suspendidas en el aire como si el otoño hubiera sido interrumpido por un capricho divino.

 

Caín tragó saliva. Dio un paso más. Luego otro.

 

El cráter, de al menos el tamaño del orfanato de diámetro, descendía en espiral hacia un centro perfectamente esculpido por el impacto. Allí, incrustado en la tierra aún humeante, se alzaba el meteorito.

 

Era más grande de lo que esperaba, de forma irregular, como una gema que alguien intentó pulir y luego abandonó a medio terminar. Su superficie era negra, brillante como obsidiana líquida, pero atravesada por fisuras que resplandecían en tonos dorados y azul profundo. Runas antiguas se encendían y apagaban con ritmo propio, como si respiraran.

 

Y entonces lo sintió.

 

Una presión sutil, como una cuerda invisible tirando de su pecho.

 

-¿Qué... eres? -susurró sin pensar.

 

El meteorito latía. No con sonido, sino con presencia. Cada pulso parecía sacudir el suelo bajo sus pies. El sol se mantenía fijo en el cielo, pero las sombras se deslizaban de un lado a otro, como si dudaran de su lugar. El tiempo no funcionaba bien aquí. O quizás... funcionaba demasiado bien.

 

Caín dio otro paso.

 

-¿Por qué me llamas?

 

Y lo sentía, claramente ahora. No era solo curiosidad. Era atracción. Profunda, directa, casi íntima. Como si el meteorito supiera quién era. Como si hubiese venido a buscarlo.

 

-Es ridículo... -murmuró. Pero su voz sonaba lejana, como si hablase desde un recuerdo.

 

No se detuvo.

 

Sus pies avanzaban sin necesidad de voluntad. Un paso tras otro, más cerca del centro, más cerca del calor, del pulso. Más cerca de algo que no entendía, pero necesitaba.

 

Extendió la mano.

 

El calor aumentó, pero no quemaba. Las runas en la superficie del meteorito se encendieron más fuerte al sentirlo cerca. Vibraban, como si lo reconocieran.

 

-Si estás aquí por mí, que así sea.

 

Caín apoyó las manos sobre el meteorito y, sin poder evitarlo, quedó atrapado en un extraño trance. El tiempo a su alrededor empezó a doblarse y distorsionarse; los segundos se alargaban y se comprimían, el aire se sentía pesado y el sol parecía oscilar entre el amanecer y el atardecer.

 

No podía moverse ni hablar. Su mente se sumergía en una corriente invisible, intentando comprender algo que apenas entendía: la esencia misma del tiempo, presente, pasado y futuro parecían uno mismo. Un poder comenzaba a despertarse dentro de él.

 

La luz del meteorito se atenuaba poco a poco, las runas que habían brillado con fuerza comenzaban a apagarse, y el aire que vibraba con energía temporal volvía a su ritmo normal. Caín permanecía inmóvil, con las manos aún apoyadas en la roca, inmerso en un trance profundo. Su mente absorbía y procesaba el flujo del tiempo, entendiendo sus capas, sus reglas básicas, como si por primera vez pudiera tocar la estructura misma del universo.

 

Desde la distancia, una figura apareció en el borde del cráter. Era un cultivador vestido con túnica negra, con el emblema de un cuervo negro bordado en el pecho, el pelo negro cubría su espalda pero la cinta blanca en su cabeza impedía que le cubriera la vista. Observó la escena con cautela, sus ojos recorriendo el campo de distorsión temporal que aún vibraba alrededor del meteorito.

 

-No entiendo este poder -murmuró para sí-. No es del Dao que conozco. Si entro, podría perder la vida o peor, quedar atrapado en una distorsión sin fin.

 

Decidió esperar, mantenerse fuera del área mientras el joven absorbía la energía. Paciente, midió cada movimiento de Caín, quien seguía concentrado, como ajeno a la realidad que le rodeaba.

 

Finalmente, la distorsión se disipó. Caín retiró las manos y abrió los ojos, ya no un niño perdido sino alguien que comenzaba a dominar un poder ancestral. El cultivador, sin dudar, avanzó con rapidez y desenfundó su espada.

 

-¡Ven conmigo! -ordenó, lanzándose hacia Caín con intención de incapacitarlo y llevarlo a su secta para estudiar ese fenómeno.

 

Pero Caín, aún conectado a la energía del meteorito, reaccionó instintivamente. Levantó las manos, liberando una oleada de poder temporal que paralizó el ataque. El cultivador quedó atrapado en un flujo ralentizado, sus movimientos se hicieron torpes y pesados.

 

Caín lo observó, respirando con dificultad. La decisión se formó en su mente con claridad: no podía dejar que aquel hombre le hiciera daño ni que se llevara su poder.

 

El cultivador quedó atrapado en el poder de Caín y su cuerpo comenzó a retroceder en el tiempo de forma vertiginosa. En apenas segundos, su apariencia de hombre de unos treinta años se transformó rápidamente: primero en un joven de veinte, luego un adolescente, después un niño pequeño.

 

Su ropa, incapaz de seguir el cambio, se deshizo y cayó al suelo en harapos mientras su cuerpo menguaba a cada instante. En un parpadeo, el niño se volvió un bebé, y finalmente un feto

 diminuto y frágil, enroscado y sin defensa.

 

Caín soltó su control y dejó que el feto cayera al suelo con un golpe seco. Sin dudar, levantó el pie y lo aplastó con fuerza contra la tierra.

 

Comenta este capítulo, guarda la novela y sigue a STERVEN en el lector de Culto de Papel. Es gratis.

Otras novelas: Noches blancas (Fedor Dostoiewski) · Huesos · El escandaloso castigo de Feme a la cotillera Abby o cuántas bocas puedo abrirte hasta que empieces a callar